—Vamos Jada, tenemos que irnos —le dijo con voz suave y pausada, pero lo sintió como una orden que no pudo o no se atrevió a ignorar, después de todo él estaba haciéndose cargo de todo.
—¿Te veo allá? —le preguntó a Evan, mas que pregunta era una clara petición, le necesitaba.
—Claro que sí preciosa, voy a pasar con mi padre y estaré contigo enseguida.
Adam la tomó del brazo y la llevo hasta el auto, la miraba curioso, como intentando descifrar sus gestos, definitivamente estaba asustada, preocupada en exceso, pero le intrigaba saber quién era ese chico que apenas apareció y ella corrió a sus brazos ¿será que quizá sean novios?
—Gracias, de verdad le agradezco por todo, si me da el contrato lo firmaré ya mismo, y obviamente sin remuneración porque lo que me pagaría no creo que sea ni la mínima parte de lo que costará todo esto.
Se sintió un poco tenso, lo manifestó apretando la mandíbula pero no estaba molesto, volteó de reojo a mirarla y con serenidad le habló.
—Jada, no te cobraría ni un centavo, no tendrás que pagarme nada, ni tampoco trabajarás sin un pago.
La pobre chica volvió a soltar a llorar, Adam no era una persona que supiera lidiar con ello, siempre que miraba a alguien emocionarse hasta el llanto salía huyendo, hasta cierto punto le molestaba que las demás personas pudieran expresar sus emociones y a él le costara tanto hacerlo.
—Es que yo no tengo con que pagarle, puedo trabajar el tiempo que lo deseé sin cobrar un centavo, yo estaré en deuda con usted.
El pobre hombre perdió un poco los estribos y levantó la voz.
—Basta, niña, no quiero que trabajes gratis, solo firma tu contrato y ya, no se hable mas del tema y ya tranquila que no conviene que entres en ese estado al hospital, ya viste lo que sucedió hace rato, no quiero que vuelva a pasarte.
No respondió nada, solo se limitó a mirarlo, le causaba un poco de miedo ver a un completo extraño derrochando su dinero en ellos, y mas aún que no quisiera cobrar ni un quinto de ese dinero, y por otro lado no dejaba de pensar que era un hombre de gran corazón ¿qué habría hecho si él no apareciera en su vida? Probablemente no habría un lugar donde atendieran a su papá, aunque sabía que podría contar con George, no se comparaba en nada la fortuna que indudablemente amasaba este guapo hombre, porque aunque el momento no era el propicio para observarlo, lo hizo, no pudo dejar de admirar la belleza desmedida que tenía el individuo; alto, muy alto, como 1.90 quizá, de piel no morena, mas bien ligeramente bronceada, ojos oscuros y cejas abundantes pero muy bien delineadas ¿iría al salón? No, parecía muy masculino y no un metrosexual, luego el traje gris le daba un toque de sobriedad y abundante elegancia, una barba de varios días y cerrada, se juntaba con las patillas y le daba un aspecto rudo, pero una rudeza atractiva, y luego el cabello ligeramente largo del frente pero debidamente peinado hacia atrás.
Lo miró y se dijo a si misma que tenía mucha suerte de trabajar para alguien así, guapo y buena persona, eso, a pesar de la situación en que se encontraba la tranquilizaba un poco.
Guardaron silencio, cada uno por sus motivos; ella, estaba preocupada, tenía un mal presentimiento y quería ignorarlo. Él, por su parte, se sentía un tanto incómodo con una chiquilla sentimental sentada a su lado y él preocupado moviendo mar y cielo para que atendieran a un completo desconocido, si bien hacía obras benéficas nunca una así de manera personal, su reputación de hombre de hielo podía verse severamente dañada, apretó el gesto haciendo que su ceño se arrugara y tomó con fuerza el volante, estaba cerca del hospital y unas cuadras mas llegó, entró al estacionamiento y ayudó a Jada a bajar.
—Ven, vayamos a ver qué nos dicen, y por favor —le dice pasando su dedo pulgar por su mejilla con suavidad —ya no llores.
Entraron al ascensor y fueron directo al piso donde ya le había dicho su asistente que habían llevado a Bruce, apenas entrar dos doctores los esperaban para darles la información pertinente.
—Señor Carter.
—La señorita Jhonson, es la hija de Bruce.
Hizo caso omiso a las presentaciones y se limitó a preguntar por la salud de su padre.
—Está delicado, el diagnóstico que les dieron fue el correcto, su padre —le dice uno de ellos dirigiendo su mirada a ella —necesita con urgencia un trasplante de hígado y riñón…
Se llevó las manos al rostro y esta vez logró mantenerse en pie, quizá ya no era tan sorpresiva la noticia, o quizá se hizo fuerte en instantes para soportar lo que venía.
—…no disponemos de mucho tiempo, días solamente.
—Yo puedo darle lo que haga falta —dijo con desesperación.
—Hay que hacer una serie de estudios y cuanto antes mejor, si resulta compatible puede donar, al ser padre—hija la posibilidad es alta.
Les dio los pasos a seguir y lo primero era un examen de sangre, mientras iban al laboratorio ella no dejaba de pensar en esa mañana, su padre le dijo que sería la última vez, le aseguró que así sería y pensó que quizá él sabía ya de todo esto o si no al menos lo sospechaba ¿cómo pudo ella no notar lo que ocurría? Aunque con la vida que llevaba sería imposible que notara siquiera algo en ella ¿cómo era que vivía? Estudiaba, trabajaba en la cafetería, limpiaba casas por las noches, cuidaba un enfermo dos veces por semana, llegaba a casa a hacer tareas y los fines de semana era voluntaria en un centro de rehabilitación física ¿en qué momento iba a darse cuenta de algo?
—Listo, en un rato le mandamos los resultados al doctor.
Fue un pinchazo rápido, en realidad ni cuenta se dio, Adam la ayudó a incorporarse y salieron a la sala de espera, aún no podía ver a su papá, el médico le dijo que debían esperan y no agotarlo.