Moira se sentía más viva que nunca desde que había llegado a la casa de Cristopher. Aunque eran extraños el uno para el otro, el hombre no la molestaba y le daba la libertad de hacer lo que quisiera. Aquella mañana en particular, Moira se levantó temprano, decidida a demostrar su gratitud por la hospitalidad que había recibido. Se arregló de la mejor manera posible con la limitada ropa que tenía y se dirigió a la cocina, decidida a prepararles un delicioso desayuno. En poco tiempo, Moira se encontraba ocupada en la cocina, revolviendo los huevos y colocando el tocino en la sartén caliente. El aroma tentador del desayuno impregnaba el aire, llenando la casa con su irresistible fragancia. Moira se sentía feliz, sabiendo que el aroma despertaría a Cristopher y le regalaría el primer indicio

