—Dígame señor —expresó el sujeto al llegar a la cocina. —Necesito que me ubiques a tres hombres en el país donde está la hija del maldito, ofréceles dinero y que se la lleven a un lugar donde nadie los pueda rastrear, ese trabajo lo quiero para ayer —exigió Eiron en un tono de voz bastante determinante—. El maldito está a punto de morir, y antes necesito valerme de un mecanismo contundente para que termine de decirme lo que necesito saber. —De inmediato hago las llamadas necesarias —accedió el hombre y se fue nuevamente a su espacio. —Iré a mi habitación a recostarme un rato y a despojarme de esta ropa —le advirtió Eiron—. Ya sabes lo que deben hacer, no permitan que por nada del mundo el desgraciado se muera, no sin antes ver lo que me interesa que vea —agregó con frialdad—. Él debe se

