Mamá:
No sé cómo empezar, asà que haré lo mismo que hiciste tú: con la verdad.
Leà tu carta bajo una parra vieja, con el sol colándose entre las hojas y los grillos cantando como si supieran que algo importante estaba pasando. Cuando terminé de leer, me quedé en silencio. No porque no supiera qué decirte, sino porque por fin me sentà escuchada… aunque fuera en papel.
No me fui de aquĂ porque quisiera alejarme de ustedes. Me mandaron a resolver quĂ© hacer con la finca y terminĂ© resolviendo algo en mĂ. No era lo que buscaba, pero fue lo que encontrĂ©. Este lugar tiene un ritmo distinto. AquĂ no se corre, se camina. AquĂ no se presume, se respira. AquĂ no hay prisa. Solo tiempo.
ÂżTe acuerdas de cĂłmo odiaba ensuciarme las manos de niña? Ahora me encanta meterlas en la tierra. Me siento más limpia que nunca. Siento que cada dĂa que pasa me va devolviendo algo que no sabĂa que habĂa perdido.
Y sĂ, Elija tiene mucho que ver. Pero esto no se trata solo de un chico ni de un romance. Se trata de mĂ. De sentirme capaz. De dejar de complacer a todos y empezar a preguntarme quĂ© quiero yo. Por primera vez, estoy viviendo sin seguir un guion que otros escribieron.
No te escribo esto para alejarme más de ti, mamá. Te lo escribo para invitarte a acercarte de otra forma. No como madre que espera, sino como mujer que entiende. Yo tambiĂ©n te extraño. Y sĂ, a veces lloro por las noches pensando si hice bien en quedarme más tiempo.
Pero te juro que cada vez que el viento sopla entre los viñedos, siento que mi abuelo está aquĂ. Y siento que tĂş tambiĂ©n podrĂas estarlo, aunque sea en pensamiento. Me gustarĂa que vinieras. No para convencerme de volver, sino para mirar lo que estoy viendo. Para entenderlo. Para que cuando te hable de estas cosas, no sientas que perdĂ el rumbo… sino que encontrĂ© otro.
Gracias por tu carta. Por tus miedos, pero sobre todo, por tu amor.
Te quiero mucho, mamá. Estoy bien. Estoy creciendo. Y sĂ, te extraño.
Tu hija,
Angie.