Alejandro Cross La puerta de la camioneta se cerró de golpe, el sonido resonando en el espacio reducido, inmediatamente seguido por su llegada. Su perfume llenó el aire, un aroma característico que siempre la precedía, una mezcla compleja a la vez dulce y seca, anunciándola incluso antes de que la viera. Era el aroma de los secretos, de la rebelión, de la mismísima Ivy. Se acomodó en el asiento a mi lado, envuelta en un abrigo largo hasta los tobillos que la hacía parecer una condesa moderna, una imagen a la vez impactante y cuidadosamente elaborada. Sorprendentemente, se había logrado subir a la camioneta sin mostrar nada de piel, un inusual acto de moderación que me hizo sospechar. Se sentía deliberado, como un preludio a algo. Entonces, sin siquiera mirarme, se desabrochó lentamen

