La Primera Rendija

809 Words
Alejandro Cross La casa estaba inusualmente silenciosa para ser tan temprano. El sol apenas se filtraba por las ventanas altas del comedor, iluminando con matices dorados la madera pulida de la mesa principal. El café humeaba en mi taza, fuerte y amargo, tal como lo necesitaba después de la noche que habíamos compartido… o sufrido, según se mire. Porque Ivy me había rozado dormida. Porque había sentido su cuerpo blando y caliente contra el mío, su respiración errática, sus caderas buscándome incluso entre sueños. Y yo… yo había tenido que sujetarla. Fuerte. Detenerla. Porque si ella no estaba despierta, si no estaba consciente de lo que provocaba… no pensaba tocarla. Aún no. La imagen de ella en la cama, jadeando, envuelta en la sábana, como si eso pudiera protegerla de mí, aún estaba grabada en mi cabeza. Y su maldita ropa interior húmeda… Inspiré hondo, intentando disiparla. Le había dado una orden: «bajarás a desayunar las tres comidas, o no comerás.» Sabía que lucharía. Sabía que se resistiría hasta el último segundo. Pero también sabía que esa mujer, por más fiera que intentara parecer, tenía hambre. Y no solo de comida. Y entonces la oí. Tac, tac, tac. Los pasos eran leves, como si temiera que la casa misma la rechazara. Pero cada pisada era una victoria. La visualicé antes de verla: probablemente con esa camiseta vieja que usaba como pijama, las piernas descubiertas, el cabello suelto, rebelde, como ella. Cuando entró, me dejó sin palabras: llevaba sus vaqueros, una camiseta holgada, dejando a la vista su hombro, su cabello en un moño alto, imperfecto, caían a su costado del rostro unos mechones que daban ganas de ponerlo detrás de su oreja. Su mejillas estaban tintadas en un rosa que me encantaba verlo cuando se avergonzaba, se ponía nerviosa o... Estaba emputada. Adoraba que, casi siempre, fuese este último. Ivy avanzó con lentitud, sin mirarme directamente. Como si entrar a ese comedor fuera una humillación. Como si sentarse frente a mí la desarmara más que cualquier caricia. —Buenos días —dije con una sonrisa tranquila, como si fuera un día cualquiera. Como si no supiera lo que le hervía bajo la piel. Ella no respondió. Solo se sentó al otro extremo de la mesa, lo más lejos posible. Sola, en una silla que parecía demasiado grande para su cuerpo delgado. Levanté una ceja. —¿No vas a saludar? —Sus labios se apretaron. Me observó con esos ojos fríos, pero seguía un rastro de rubor en sus mejillas. —Estoy aquí. Eso debería bastar. —Contuve una risa. Tan orgullosa. Tan maldita y jodidamente orgullosa. —Puedes hablar. No voy a morderte. A menos que me lo pidas. La vi tensarse. Una empleada entró con una bandeja. Huevos, pan tostado, fruta fresca, café. Le hice señas de que se lo dejara a ella. Ella no se movió al principio, como si el desayuno fuera una trampa. Como si el pan escondiera dinamita. Tomó el tenedor, finalmente, con movimientos lentos y medidos. Mordió un trozo de fruta sin mirarme. Sus labios se cerraron alrededor de la fresa con una sensualidad que no buscaba, pero que era natural en ella. Involuntaria. Y jodidamente provocadora. —¿Siempre comes así de incómoda? —pregunté, dejando la taza sobre el plato con un leve sonido. —¿Siempre observas así? —me devolvió con veneno, sin levantar la vista. —Solo cuando algo me interesa —dije, directo. Ella alzó los ojos. Había fuego allí. El mismo que casi me incendia esta madrugada. —No te confundas, Cross. Estoy aquí por la comida, no por ti.—Apoyé los codos sobre la mesa, entrelacé los dedos. —Y, sin embargo, estás en mi casa. En mi mesa. Y hoy, finalmente en mi cama. En nuestra habitación. Sigo repasando lo de... —¡Fue un accidente! —espetó, con la voz baja pero furiosa. —Lo fue. Pero tu cuerpo no se comportó como si lo fuera.—La cucharilla cayó de su mano, rebotando en el plato. Sus pupilas se dilataron. Estaba furiosa. Humillada. Despertando. Y yo estaba malditamente fascinado. Me levanté despacio, rodeé la mesa sin prisas. Me detuve detrás de ella. Pude sentir cómo se tensaba al percibirme tan cerca. Incliné el rostro junto a su oído, sin tocarla. —Desayuna, Ivy. Vas a necesitar energía. Aún no hemos terminado con lo que empezaste anoche.—Me separé sin esperar respuesta, con una media sonrisa que sabía que la perseguiría todo el día. Ivy no respondió. Pero vi cómo sus dedos temblaban ligeramente cuando retomó el tenedor. Y supe, con certeza, que la batalla apenas comenzaba. —La comida la sirven a las dos de la tarde, ponte algo más agradable a la vista, por qué vendrá un par de amigos. —escuché que refunfuñó algo, pero solo sonreí.
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