Capítulo 16: Ecos de una noche

1224 Words
El amanecer llegó demasiado rápido para Antonella. La cabeza le dolía levemente y la sensación de la noche anterior la perseguía como un susurro persistente. Se levantó con cuidado, como si el recuerdo del beso con Sebastián pudiera quebrarse con un movimiento brusco. Al mirarse al espejo, vio sus ojos aún cargados de la intensidad de aquella noche. Era como si la versión de sí misma que había besado a Sebastián no fuera la misma que ahora se enfrentaba al reflejo. Se cepilló el cabello, respiró hondo y se prometió a sí misma que esa noche no significaría nada. Que había sido solo un impulso, un momento de debilidad, un error que no podía repetirse. Pero las palabras no bastaban para aplacar lo que sentía. Bajó a desayunar y su madre la recibió con la calidez de siempre. Le sonrió, preguntándole cómo había estado la fiesta, si se había divertido. —Sí, estuvo bien —respondió, evitando dar detalles. Celeste no insistió, pero Antonella sintió el peso de lo no dicho flotando en el aire. Necesitaba hablar con alguien. Sabía que no podía confiar en cualquiera, pero tampoco quería que ese secreto la devorara por dentro. Apenas salió de su casa, escribió a Martina: "¿Podemos hablar? Necesito contarte algo." Martina respondió enseguida, quedando en verse en la esquina de la escuela antes de entrar. Cuando Antonella llegó, la vio esperándola, con la mochila colgando de un hombro y el gesto alerta. —¿Qué pasa, Anto? —preguntó en cuanto la vio. Antonella respiró hondo, apartándola un poco para que no las oyeran. —Anoche... —empezó, bajando la voz—. Pasó algo con Sebastián. Martina abrió mucho los ojos. —¿Sebastián? ¿Ese Sebastián? —Sí —murmuró, casi avergonzada—. Nos besamos. Fue... intenso. Pero no puedo dejar que esto siga, Marti. Su amiga la miró con asombro, pero también con una sonrisa pícara. —¿Te gustó? Antonella la miró, con un leve sonrojo en las mejillas. —No lo sé. Fue todo tan rápido, tan... confuso. Me gustó, pero no puedo confiar en él. No quiero que juegue conmigo. Martina asintió, poniéndole una mano en el hombro. —Entonces tenés que ponerle límites, Anto. Pero también tenés que ser honesta con vos misma. Si sentís algo, no lo niegues. Antonella suspiró. Las palabras de su amiga eran ciertas, pero el miedo seguía ahí, como una sombra. Entraron al colegio juntas y, como si el destino quisiera ponerla a prueba, Sebastián estaba en el pasillo, con su grupo de siempre. Cuando la vio, sonrió con ese aire confiado que la desarmaba. Pero ella le sostuvo la mirada. No iba a dejar que él la viera dudar. Él se acercó, separándose de sus amigos. —Buen día, Anto —dijo, con voz grave y una sonrisa ladeada. —Buen día, Sebastián —respondió con calma, aunque el corazón le palpitaba con fuerza. Él la miró, los ojos oscuros brillando de diversión. —¿Dormiste bien? —preguntó, con un tono cargado de doble sentido. Antonella lo fulminó con la mirada. —Perfecto —respondió—. Gracias por preguntar. La sonrisa de Sebastián se ensanchó. —Me alegro —dijo, bajando un poco la voz—. Yo también dormí pensando en vos. Antonella sintió un cosquilleo en la nuca, pero no dejó que él lo notara. —No empieces —dijo, con firmeza—. Lo de anoche... no va a repetirse. Sebastián levantó una ceja. —¿Estás segura? —Sí. Él dio un paso más cerca, inclinándose apenas para susurrarle: —¿Por qué me lo decís con esa voz temblorosa, Anto? ¿Por qué evitás mirarme a los ojos ahora? Ella lo miró, desafiante. —Porque sé lo que estás haciendo —dijo—. Y no pienso caer otra vez. Sebastián sonrió, pero sus ojos no perdieron esa intensidad oscura. —Te voy a demostrar que no es un juego —dijo suavemente—. Y que vos tampoco querés que lo sea. Antonella se apartó antes de que pudiera decir más, dejándolo allí con su sonrisa confiada. Se fue directo al aula, con la respiración agitada. Martina la alcanzó enseguida. —¿Estás bien? —le preguntó. —Sí —dijo Anto, aunque no estaba segura—. Solo... necesito un poco de aire. El resto del día transcurrió como una neblina para ella. No podía dejar de recordar la forma en que Sebastián la había besado, la manera en que su cuerpo había respondido sin que pudiera controlarlo. Y eso la asustaba, porque nunca antes había sentido algo tan poderoso, tan visceral. Al mediodía, salió al patio para almorzar con sus amigos. Estaban todos: Ernesto, Simón, Matías, Demian... y por supuesto, Martina y Maia. Todos hablaban y reían, pero Antonella estaba distraída. Se notaba en su mirada, en cómo apartaba la vista cada vez que recordaba el roce de los labios de Sebastián. Matías notó su distracción. —¿Qué te pasa, Anto? Estás ida —dijo, con curiosidad. —Nada, solo cansancio —respondió ella. Pero Martina la miró y supo que era mentira. Le dio un codazo suave y sonrió, como diciéndole "después hablamos". A la tarde, Anto se cruzó otra vez con Sebastián en el pasillo. Estaban solos por un momento y él aprovechó. —No puedo sacarte de mi cabeza —dijo, acercándose. Ella respiró hondo. —No quiero escucharte. Él le rozó el brazo con la punta de los dedos y le susurró al oído: —Entonces no escuches. Sentí. Antonella se apartó bruscamente, con el corazón acelerado. Pero la forma en que su piel hormigueaba por ese simple roce la traicionaba. No quería admitirlo, pero Sebastián la conocía demasiado bien. Sabía cómo derribar cada una de sus defensas. La última clase pasó volando. Cuando sonó el timbre, Antonella salió rápido, deseando perderse entre la multitud de estudiantes. Pero Sebastián la encontró antes de que pudiera huir. —No voy a rendirme —le dijo con una calma peligrosa. —Entonces te vas a cansar —respondió ella, intentando sonar firme. Él se inclinó un poco más, casi rozándole los labios. —Eso lo veremos, Anto. Ella lo miró, temblando por dentro, y sin decir nada más, se alejó. Cada paso que daba, sentía cómo su corazón latía desbocado. Pero lo que más la perturbaba era la certeza de que lo deseaba. De que la promesa de sus palabras la encendía más de lo que podía soportar. Al llegar a casa, se encerró en su habitación. Se sentó en la cama, llevó las manos a la cabeza y respiró profundamente. Estaba jugando con fuego y lo sabía. Pero también sabía que había algo entre ellos que no podía negar. Algo que la empujaba a volver a esos besos, a esa cercanía peligrosa. Esa noche, mientras se metía en la cama, Anto cerró los ojos y dejó que el recuerdo de Sebastián la invadiera. El calor de sus manos, la firmeza de sus labios, el susurro de su voz. Se prometió que sería la última vez que lo dejaría entrar en su cabeza. Pero en el fondo, sabía que mentía. Porque una parte de ella —una parte que no podía controlar— ya había empezado a quererlo. Y eso era lo más peligroso de todo.
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