Capítulo 18: Bajo la mirada de la familia

1174 Words
El lunes por la mañana amaneció con un cielo gris y un aire pesado que parecía reflejar el ánimo de Antonella. Desde que había compartido con Martina lo ocurrido en aquella fiesta, la tensión con Sebastián la perseguía como una sombra imposible de ignorar. Cada vez que sus miradas se cruzaban, sentía ese cosquilleo eléctrico en la piel, esa mezcla de deseo y peligro que la descolocaba. Pero esa mañana todo era aún más denso. Llegó a la escuela acompañada por Mauricio y Gonzalo. Sus primos, siempre protectores, notaron enseguida su semblante serio, la forma en que evitaba sus preguntas sobre cómo había dormido o si había terminado la tarea. Sabían que algo la inquietaba, aunque ella insistiera en negarlo. Al entrar al edificio, la multitud de estudiantes llenaba los pasillos con risas, charlas y carreras apresuradas. Antonella caminaba con la cabeza baja, pero en cuanto alzó la vista, sus ojos se cruzaron con los de Sebastián, que estaba apoyado contra la pared con sus amigos. Él la miró como si todo lo demás desapareciera a su alrededor. Le dedicó esa sonrisa ladeada que la desarmaba y que a la vez la enfurecía. Mauricio siguió el intercambio de miradas con el ceño fruncido. Gonzalo, por su parte, se detuvo a medio paso, cruzándose de brazos. -¿Ese es Sebastián, no? -preguntó en voz baja, apenas para que la oyera Antonella. Ella asintió, incómoda, y Gonzalo notó el leve temblor en su labio inferior. No le gustó nada lo que vio: la forma en que ella tragaba saliva, los ojos grandes y brillosos que no podían sostener la mirada del otro chico. -¿Qué pasa con él? -insistió Mauricio, sin apartar la vista de Sebastián. -Nada -dijo Antonella rápido-. No es asunto de ustedes. -¿Cómo que no? -la desafió Mauricio, dando un paso adelante-. Sos nuestra prima. Si ese idiota te está molestando, no me voy a quedar mirando. -No está molestándome... -empezó ella, pero Gonzalo la interrumpió. -¿Entonces por qué lo mirás como si no supieras si querés besarlo o matarlo? Ella abrió la boca para replicar, pero no encontró las palabras. Mauricio la tomó suavemente del brazo y la llevó a un costado del pasillo, lejos de los oídos curiosos. -Anto -dijo con calma, aunque la tensión se notaba en su mandíbula-. Decime la verdad. ¿Qué está pasando entre vos y ese pibe? Antonella bajó la vista. Sabía que sus primos solo querían protegerla, pero el peso de sus miradas la hacía sentirse vulnerable. Se mordió el labio, buscando las palabras. -No sé -admitió al fin, con voz temblorosa-. No sé qué está pasando. Solo... hay algo entre nosotros. Pero no quiero que se metan. -¿Algo? -repitió Gonzalo con incredulidad-. ¿Te gusta o no? Ella no respondió. Y ese silencio fue todo lo que necesitaban para saberlo. -Mirá, Anto -dijo Mauricio, con un tono serio que rara vez usaba con ella-. No me importa si te gusta o no. Si él juega con vos, no lo vamos a permitir. Antonella levantó la vista, encontrándose con los ojos grises de su primo. Su expresión firme, casi dura, le hizo temblar el corazón. Pero también le dio fuerzas. -No estoy segura de nada -confesó-. Solo sé que me confunde. Y no quiero hablar de esto todo el tiempo. No quiero que se enteren todos. Gonzalo suspiró, pasándose una mano por el pelo. -Te entiendo, Anto. Pero también entendé que nosotros no podemos mirar para otro lado si ese pibe te hace daño. -No me está haciendo daño -dijo ella, más firme esta vez-. No todavía. -¿Y por qué ese "todavía"? -replicó Gonzalo, mirándola con intensidad-. ¿Te da miedo que te haga daño? Ella no contestó. Se limitó a mirar al piso, y ese silencio bastó. -Bueno -dijo Mauricio con un suspiro, cruzando los brazos-. Vamos a hacer algo. Vamos a observarlo. Vamos a ver cómo se comporta con vos. Pero si vemos que te está lastimando o jugando con vos, no vamos a quedarnos quietos, Anto. ¿Está claro? Ella asintió. Sus primos la conocían demasiado bien para que pudiera seguir fingiendo. Pero en el fondo, una parte de ella agradecía su apoyo. Mientras tanto, Sebastián seguía charlando con su grupo de amigos en el otro extremo del pasillo. Sus risas llenaban el aire, pero su mirada no se apartaba de Antonella. Y cuando vio a Mauricio y Gonzalo tan cerca de ella, algo cambió en su expresión. Su sonrisa se ensanchó apenas, pero en sus ojos apareció un brillo distinto: uno más oscuro, más desafiante. Cuando la campana sonó, los tres primos entraron al aula juntos. Tomaron asiento mientras los demás llegaban. Antonella intentó concentrarse en las clases, pero era imposible. Cada vez que pasaba la página del cuaderno, cada vez que escuchaba la voz del profesor, su mente se desviaba hacia Sebastián. Durante el recreo, salió al patio a tomar aire. Pensaba que quizás estaría sola por unos minutos, pero no tardó en verlo aparecer a lo lejos. Él caminaba con paso tranquilo, las manos en los bolsillos, con esa seguridad que la volvía loca y la exasperaba al mismo tiempo. Mauricio y Gonzalo, que estaban cerca, también lo vieron. Se miraron entre sí, compartiendo un entendimiento silencioso. Cuando Sebastián estuvo lo bastante cerca, Mauricio le salió al paso. -Che, Sebastián -dijo con voz neutra, pero firme-. Necesitamos hablar. Él levantó una ceja, divertido. -¿Sobre qué? -Sobre Anto -dijo Gonzalo directamente, sin rodeos-. Vos sabés de qué estamos hablando. La sonrisa de Sebastián no desapareció, pero su mirada se volvió más fría. -¿Y por qué sería asunto de ustedes? -Porque es nuestra prima -dijo Mauricio, con calma-. Y vos la estás mirando como si fuera un trofeo. Sebastián se cruzó de brazos, sin perder la sonrisa. -No es un trofeo -dijo-. Pero tampoco es asunto de ustedes lo que pase entre ella y yo. -Claro que lo es -dijo Gonzalo, con los ojos entornados-. Porque si vos la lastimás, no vas a tener que vértelas solo con ella. Hubo un momento de silencio. Sebastián los miró a los dos, como midiendo sus palabras. Después sonrió, pero esa sonrisa no llegó a sus ojos. -No la voy a lastimar -dijo, en un tono suave-. Pero lo que pase entre nosotros, es entre ella y yo. Ustedes no tienen por qué meterse. -Eso lo decidirá ella -replicó Mauricio, con una calma peligrosa. Sebastián no contestó. Solo los miró unos segundos más, y luego dio media vuelta para irse. Pero antes de alejarse del todo, se giró apenas para mirar a Antonella. Ella lo estaba observando desde lejos, con el corazón en un puño. Ese cruce de miradas fue breve, pero lo dijo todo. Ella entendió que Sebastián no pensaba ceder. Y Mauricio y Gonzalo, aunque no lo admitieran en voz alta, también lo sabían. Cuando volvieron a clase, Antonella se sintió más vulnerable que nunca. Pero también, por primera vez en mucho tiempo, supo que no estaba sola.
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