Antonella no sabía cómo describir lo que pasaba dentro suyo. Habían pasado días desde que la verdad de Alejandro la golpeó como una bofetada. Saber que había estado con otra la dejó devastada, pero lo peor era la forma en que todo se mezclaba en su corazón. Alejandro la había lastimado, sí, pero también había un fuego incontrolable cuando Sebastián la miraba.
Esa mañana, Anto llegó temprano al colegio. Todavía no se animaba a compartir todo lo que sentía con sus amigos. Ni siquiera con Martina, que siempre había sido su confidente más cercana. Había algo en el aire, una carga que no podía quitarse de encima.
Cuando entró al aula, Sebastián ya estaba allí. Sentado en su pupitre, con los pies apoyados en la silla de adelante y esa sonrisa de medio lado que siempre la descolocaba. La miró con un brillo peligroso en los ojos, como si supiera que ella no podía ignorarlo.
—Buen día, Anto —dijo, con voz grave.
—Buen día —respondió ella, intentando sonar firme.
Él la siguió con la mirada mientras caminaba hasta su banco. Sentía su atención quemándole la espalda. Cada paso que daba, era como si él la invitara a rendirse, a acercarse de nuevo a ese abismo que la atraía y la aterrorizaba.
Cuando sonó el timbre y la profesora entró, Anto intentó concentrarse en las clases. Pero cada vez que giraba la cabeza, ahí estaba Sebastián. Sonriendo, como si el mundo girara solo para provocarla. Era exasperante. Y era tentador.
Después de la segunda hora, salieron al recreo. Sus amigos estaban en su mesa habitual: Ernesto hablando sin parar, Simón haciendo chistes tontos, Maia y Matías compartiendo miradas cómplices. Martina notó que Anto estaba rara.
—¿Estás bien? —preguntó, acercándose.
—Sí —murmuró Anto—. Solo... no dormí bien.
Martina arqueó una ceja.
—¿O es Sebastián? —insistió en voz baja.
Antonella la miró sorprendida, como si su amiga pudiera leerle la mente.
—No es nada —dijo al final—. No quiero hablar de eso ahora.
Pero sabía que no podía seguir escondiéndose. Esa tarde, cuando se fue a sentar a un rincón del patio para tomar un poco de aire, lo vio acercarse. Sebastián caminaba con la confianza de siempre, el uniforme un poco desordenado y esa mirada que la desarmaba.
—¿Otra vez sola, Anto? —preguntó, inclinándose hacia ella.
—Necesito espacio —dijo, intentando sonar segura.
—¿Espacio? —repitió él, con una sonrisa burlona—. ¿Para olvidarme?
—Para pensar —corrigió ella.
—¿Pensar en mí?
Anto lo fulminó con la mirada.
—No todo gira alrededor tuyo.
Él se rió suavemente y se sentó a su lado.
—¿Te dolió lo de Alejandro? —preguntó, sin rodeos.
Ella se tensó.
—No es tu asunto —dijo, levantando la barbilla.
—Claro que es mi asunto —respondió Sebastián, su voz suave pero firme—. Porque ahora él no está y yo sí.
Antonella sintió que su corazón latía más rápido. Su respiración se aceleró. Quería decirle que no, que él no tenía ningún derecho a meterse. Pero la verdad era que parte de ella quería escucharlo. Parte de ella quería rendirse a esa voz.
—No quiero que juegues conmigo —dijo finalmente, su voz apenas un susurro.
—No estoy jugando —respondió Sebastián, acercándose más—. ¿Y vos? ¿Qué es lo que querés?
El calor de su cuerpo, la cercanía de sus labios... era demasiado. Ella bajó la mirada, incapaz de sostener esa tensión.
—No sé —dijo honestamente—. No sé qué quiero.
Sebastián sonrió con ternura, pero también con un toque de desafío.
—Entonces dejame mostrarte lo que querés —dijo, su mano rozando apenas su brazo.
Anto se apartó bruscamente.
—No, Sebastián. No puedo.
Él suspiró, pero no perdió la calma.
—No voy a obligarte, Anto —dijo, mirándola fijamente—. Pero no voy a dejar que sigas mintiéndote.
La campana sonó, anunciando el final del recreo. Ella se levantó rápido, queriendo huir de la intensidad de sus palabras. Pero cuando entró al aula, sentía su mirada ardiendo en su nuca.
Durante la última clase, apenas pudo concentrarse. Las palabras de Sebastián la perseguían como un eco. No era solo el beso, no era solo lo físico. Era la forma en que él la miraba, como si viera dentro de ella. Como si supiera que estaba rota y no le importara.
Cuando sonó el timbre final, Anto salió rápido, buscando aire fresco. Pero Sebastián no tardó en alcanzarla. La tomó suavemente del brazo y la detuvo.
—Anto —dijo, serio—. Esperá.
Ella se giró, sus ojos brillando de rabia y deseo.
—¿Qué querés?
—Saber lo que vos querés —dijo él, con una calma que la desarmaba.
—Quiero... —empezó, pero las palabras no salían.
—¿Querés que me aleje? —preguntó, su voz grave, sus ojos tan oscuros como la noche—. Decilo y me voy.
Ella lo miró, la respiración entrecortada. Podía oler su perfume, sentir su calor.
—Decilo, Anto —susurró él, su mano subiendo por su brazo, rozándola apenas.
Ella tragó saliva, con el corazón a punto de salirse del pecho.
—No sé —dijo al final, con la voz temblorosa.
—Entonces no me pidas que me aleje —dijo él, su voz tan suave que dolía—. Porque no voy a hacerlo.
Sin decir más, él la soltó y se fue caminando despacio, dejándola allí con sus pensamientos hechos un caos.
Anto sintió las lágrimas amenazando sus ojos. No podía permitirse sentir todo eso por él. No después de Alejandro, no después de todo. Pero su cuerpo no entendía de razones. Su corazón latía solo por Sebastián.
Esa noche, cuando llegó a su casa, se encerró en su habitación. Se tumbó en la cama y dejó que las lágrimas cayeran. No lloraba por Alejandro. Lloraba porque estaba asustada. Porque Sebastián había abierto algo dentro de ella que no sabía cómo cerrar.
Sacó su celular y escribió un mensaje a Ignacio:
"Necesito hablar con vos. Siento que me estoy perdiendo."
Él respondió enseguida:
"Estoy para vos, prima. Mañana hablamos."
Anto cerró los ojos, abrazando la almohada. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió admitir que lo que sentía por Sebastián no era solo un capricho. Era algo que la consumía, algo que la hacía sentir viva. Y eso la aterrorizaba más que cualquier cosa.