El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Antonella se despertó sobresaltada. Había tenido un sueño tan vívido que le costó distinguir la realidad de la fantasía: la voz de Sebastián susurrándole al oído, la calidez de sus manos recorriendo su cintura, el latido de sus corazones entrelazados como un tambor salvaje. Cerró los ojos con fuerza, como queriendo expulsar ese recuerdo, pero era imposible. Estaba grabado en su piel.
Se levantó de la cama, descalza, y caminó hasta la ventana. Afuera, la noche estaba en calma. La luz de la luna bañaba la calle y las copas de los árboles se mecían suavemente con la brisa. Era todo tan distinto de lo que sentía dentro: un torbellino de emociones que la arrastraba sin remedio.
Sabía que no podía seguir así. La tensión con Sebastián era un fuego que no dejaba de arder. Cada vez que sus miradas se cruzaban en el pasillo, cada roce accidental, cada palabra cargada de dobles sentidos la desarmaba por dentro. Y lo peor era que una parte de ella —una parte que no podía controlar— lo deseaba.
Se dejó caer sobre la cama, con la cabeza en la almohada. Su corazón seguía latiendo rápido. Intentó distraerse con la música que sonaba desde su celular, pero la letra de la canción le recordaba lo mismo: la forma en que Sebastián la miraba, como si pudiera ver más allá de su máscara, como si supiera exactamente lo que ella no quería admitir.
Suspiró y tomó el celular, escribiendo un mensaje a Martina. Necesitaba desahogarse con alguien. Alguien que pudiera comprender lo que estaba sintiendo.
"Marti, no puedo más. Lo pienso todo el tiempo. Es como si estuviera en mi piel, ¿entendés? Estoy tan confundida..."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Calma, Anto. Te entiendo. Pero no te juzgues. Tenés que decidir vos lo que querés. Nadie más."
Antonella respiró hondo. Las palabras de su amiga la reconfortaban, pero también la enfrentaban a una verdad que le costaba asumir: tenía que decidir. Y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.
Recordó la forma en que Sebastián la había mirado ese día en el patio, cuando ella había intentado apartarse y él había insistido, rozándole la mejilla con un dedo, como si no pudiera resistirse. Recordó cómo su cuerpo había reaccionado, cómo un simple roce había sido suficiente para incendiarla por dentro. Y luego, la culpa: la culpa por dejarse llevar, por traicionarse a sí misma y a todo lo que creía que debía ser.
—¡Basta! —susurró en la oscuridad, como si las palabras pudieran aplacar el fuego que sentía.
Se levantó otra vez y fue hasta el baño, salpicándose la cara con agua fría. Se miró al espejo: el cabello revuelto, los ojos cargados de deseo y miedo. Era como si hubiera dos personas dentro de ella: una que quería entregarse a ese vértigo y otra que le suplicaba que huyera.
Volvió a la habitación y se sentó al borde de la cama, abrazándose las rodillas. Su mente la llevaba de vuelta a la fiesta, a ese instante en que Sebastián la había mirado como si fuera la única persona en el mundo. Y luego, el beso. Ese beso que la había dejado temblando, como si todos sus sentidos despertaran al mismo tiempo.
—¿Por qué me haces esto? —murmuró, como si él pudiera escucharla a través de la distancia.
Pero la respuesta no llegaba, porque en el fondo sabía que no era solo culpa de Sebastián. Ella también estaba dispuesta a jugar ese juego peligroso, aunque no lo admitiera.
El celular vibró con un nuevo mensaje. Era de Ignacio.
"¿Estás bien? Hoy estabas muy callada."
Sonrió con ternura. Ignacio siempre se preocupaba por ella, incluso cuando no se lo pedía.
"Estoy bien. Solo... cansada."
Él no insistió, pero Anto sabía que sus primos la conocían demasiado bien. Sobre todo Ignacio, que la miraba como un hermano y siempre notaba cuando algo no estaba bien.
Cerró los ojos y, por un instante, deseó poder contarle todo. Pero no podía. No todavía. Era demasiado confuso, demasiado íntimo. Sus primos eran su refugio, pero había cosas que ni siquiera ellos podían entender.
Se recostó, intentando dormir. Pero las imágenes seguían llegando: la sonrisa ladeada de Sebastián, el calor de sus manos, el murmullo de su voz cuando la provocaba. Y lo peor era que no podía odiarlo. No podía odiar lo que sentía. Era como un veneno dulce que la consumía desde adentro.
La noche avanzaba lentamente. Afuera, los ruidos de la ciudad eran un eco lejano, pero en su mente, todo estaba en ebullición. Se preguntó si Sebastián también estaría pensando en ella, si recordaba cada detalle de esa noche como ella lo hacía.
"Él lo recuerda todo", pensó con un estremecimiento. Y esa certeza la hizo temblar, porque significaba que no estaba sola en ese fuego.
La madrugada la encontró todavía despierta. Se obligó a escribir en su cuaderno, volcando sus pensamientos como una manera de desahogarse:
"Quisiera poder odiarlo. Quisiera poder mirarlo a los ojos y no sentir nada. Pero no puedo. Es como si cada vez que me mira, algo dentro de mí despertara. Y eso me da miedo, porque no sé cómo controlarlo."
Las palabras la aliviaron un poco, pero no podían borrar la verdad. La verdad de que lo deseaba. De que lo quería, aunque no supiera cómo enfrentarlo.
El celular volvió a vibrar. Esta vez era Sebastián.
"¿No podés dormir?"
Antonella dudó antes de contestar. No quería hablar con él. No quería abrir esa puerta otra vez. Pero sus dedos se movieron casi por instinto.
"No. Vos tampoco, parece."
"No puedo dejar de pensar en vos."
El corazón de Anto dio un vuelco. Cerró los ojos, con el celular temblando en su mano.
"Dejá de provocarme."
"No puedo. Vos me provocás, Anto. Siempre."
Quiso arrojar el celular lejos, pero no lo hizo. En lugar de eso, se recostó otra vez y lo sostuvo contra su pecho, como si pudiera contener la tormenta que sentía.
"Esto no puede seguir."
"Eso decís vos. Pero tu cuerpo dice otra cosa."
Las mejillas se le encendieron. Se tapó la cara con las manos, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor.
Sabía que él tenía razón. Que por más que lo negara, su cuerpo reaccionaba a su cercanía. Y lo odiaba por eso. Odiaba lo fácil que él podía descifrarla.
"Basta, Sebastián. Por favor."
"¿Querés que pare? Decímelo a la cara."
Cerró el chat. No podía más. Tiró el celular al otro lado de la cama y se abrazó a sí misma, como si pudiera protegerse de lo que sentía.
La noche la envolvió en su silencio, pero sus pensamientos seguían gritando. Y aunque se lo negara, sabía que lo que sentía por Sebastián no iba a desaparecer. Era como una llama que se alimentaba de cada palabra, cada mirada, cada roce. Una llama que ya no podía apagar.
—Mañana será otro día —murmuró, cerrando los ojos al fin.
Y con el corazón acelerado, se dejó llevar por el sueño, sabiendo que él e
staría ahí. Siempre, aunque ella no quisiera.