Era un día templado, con las nubes deslizándose lentamente por el cielo, mientras en el patio de la secundaria los grupos de estudiantes aprovechaban el recreo para hablar, reír o simplemente mirar alrededor. Antonella estaba con sus amigos habituales —Maia, Martina, Matías, Ernesto y Simón— pero no lograba concentrarse. Su mente seguía dando vueltas con todo lo que había pasado con Alejandro y el dolor que no lograba disimular.
Y como si fuera poco, Sebastián no paraba de mirarla desde el banco más cercano, con esa sonrisa que tanto la exasperaba. Llevaba toda la semana lanzándole comentarios hirientes disfrazados de humor, empujando los límites como si fuera un juego más.
—Ey, Anto, ¿qué pasó? ¿Te dejaron por una de esas "amiguitas" de tu novio? —preguntó Sebastián con tono burlón, sin importarle la incomodidad de ella ni de sus amigos.
Antonella giró la cabeza con furia contenida.
—No te metas en lo que no te importa, Sebastián.
Él soltó una carcajada, exagerada y molesta.
—¿Y por qué no? Es divertido ver cómo la reina de hielo se derrite por un idiota.
Martina y Ernesto se pusieron tensos, listos para saltar a defenderla, pero antes de que pudieran reaccionar, la voz grave de Mauricio interrumpió la escena.
—¿Qué estás diciendo, Sebastián? —dijo con un tono que no dejaba lugar a dudas.
Sebastián se giró con sorpresa, encontrándose con la mirada seria de Mauricio y la postura desafiante de Gonzalo a su lado.
—Ah, los primitos vienen al rescate. Qué tierno —dijo con tono sarcástico, pero su sonrisa se borró ante el silencio incómodo que le devolvían.
Gonzalo dio un paso al frente, sus brazos cruzados y la mirada fija en Sebastián.
—Cortala ya. No es gracioso.
—¿Ahora son los defensores oficiales de Antonella? —se burló Sebastián, aunque su voz sonaba más insegura.
Mauricio no parpadeó.
—Si hace falta, sí. Porque la estás provocando solo porque pensás que podés. Y no lo vamos a permitir.
El silencio se volvió denso. Sebastián se quedó quieto, sopesando la reacción inesperada de los primos mayores de Antonella. Sus amigos lo miraban con atención, pero nadie se atrevía a meterse.
Finalmente, Sebastián levantó las manos con una sonrisa forzada.
—Tranquilos, no vale la pena discutir por esto —dijo, dando un paso atrás y alejándose con una última mirada cargada de ironía.
Cuando Sebastián se perdió entre la multitud, Antonella todavía estaba demasiado sorprendida como para decir algo. Ella estaba acostumbrada a pelear sola, a no contar con nadie, y de pronto sus primos —con los que apenas hablaba sin discutir— habían tomado partido por ella.
Martina la miró con curiosidad.
—¿Estás bien, Anto?
Antonella asintió lentamente, pero seguía mirando a Mauricio y Gonzalo, sin entender del todo qué había pasado.
—¿Por qué hicieron eso? —preguntó con voz más suave de lo que había planeado.
Gonzalo bajó la vista y se rascó la nuca, incómodo.
—Porque... no es justo lo que te está haciendo ese tipo. No nos caemos bien siempre, pero sos de la familia.
Mauricio suspiró, como si le costara admitirlo.
—Y porque nosotros también la cagamos. Pasamos mucho tiempo ignorándote o criticándote, pero... no nos dimos cuenta de lo que eso significaba para vos.
Antonella parpadeó, sintiendo una presión en el pecho que no supo cómo manejar.
—No esperaba eso de ustedes.
—Lo sabemos —dijo Gonzalo con una mueca de vergüenza—. Pero... Ignacio y las mellizas nos hicieron abrir los ojos. Dijeron que teníamos que dejar de comportarnos como idiotas, y tenían razón.
Antonella bajó la mirada, un poco abrumada. Parte de ella quería creerles, pero otra parte, la que se había vuelto tan desconfiada, dudaba.
—No sé qué decirles —admitió.
Mauricio la miró con sinceridad.
—No tenés que decir nada. Solo que sepas que no estamos acá para seguirte lastimando. No vamos a ser perfectos de un día para otro, pero no vamos a dejar que tipos como Sebastián te hagan sentir peor.
El aire pareció volverse un poco más liviano. Aunque Antonella no respondió con palabras, algo en sus hombros se relajó. Ella no los abrazó ni les dio las gracias; todavía era demasiado pronto para eso. Pero ese momento, con sus primos al lado, fue suficiente para encender una chispa de esperanza.
Cuando los amigos se fueron dispersando, Mauricio y Gonzalo se quedaron unos segundos más con ella.
—¿Necesitás que te llevemos a casa más tarde? —preguntó Gonzalo, intentando sonar casual.
—No hace falta —dijo Antonella—. Pero... gracias.
Mauricio asintió, serio pero con un atisbo de alivio en la mirada.
—Está bien. Cuando necesites algo, avisá.
Y con esas palabras, se marcharon. Antonella se quedó unos segundos mirando sus espaldas, sintiendo que, aunque todavía había heridas, también había algo nuevo: la sensación de que, por fin, sus primos mayores estaban dispuestos a dejar de ser parte del problema y a empezar a ser parte de la solución.