El murmullo del aula era casi hipnótico, con las voces mezclándose con el sonido de los pupitres y las risas de fondo. Antonella estaba sentada al lado de Martina y Maia, mientras sus amigos Ernesto, Simón y Matías charlaban animadamente. Pero ella seguía ensimismada, dándole vueltas a lo que había pasado en el patio con Sebastián... y lo que más la tenía confundida: la reacción de Mauricio y Gonzalo.
Cuando sonó el timbre para el segundo recreo, Martina no tardó en darse cuenta de que Anto no estaba del todo presente.
—¿Qué te pasa, Anto? —le preguntó, poniendo una mano sobre su brazo.
Antonella suspiró, como si de pronto ya no pudiera seguir guardándoselo.
—Necesito contarles algo —dijo en voz baja, mirando a su alrededor para asegurarse de que no había curiosos.
Salieron al patio y se apartaron un poco del resto, cerca de los bancos bajo los árboles. Maia, que la conocía desde hacía años, la miró con preocupación.
—¿Qué pasó?
Antonella respiró hondo antes de soltarlo todo.
—Hoy Sebastián me estuvo provocando... dijo cosas de Alejandro, de que me dejaron por otra y todo eso.
—¡Qué idiota! —exclamó Matías, indignado.
—Sí, ya lo sabemos —dijo Simón con una mueca—. Pero ese tipo siempre está buscando joder a la gente.
Antonella negó con la cabeza.
—No es solo eso. Mauricio y Gonzalo aparecieron de la nada y... lo frenaron.
Todos se quedaron en silencio, sorprendidos.
—¿Mauricio y Gonzalo? —repitió Ernesto, arqueando las cejas—. ¿Tus primos?
—Sí —dijo Antonella con un dejo de incredulidad—. Lo enfrentaron, le dijeron que dejara de molestarme.
Martina abrió la boca, asombrada.
—¿En serio? Pero si siempre te llevaste mal con ellos...
—Lo sé. —Anto se cruzó de brazos, su mirada perdida en el piso—. Nunca me habían defendido. Siempre fueron... los "perfectos", los que no me miraban ni me escuchaban. Y de repente... hoy sí.
Maia se inclinó hacia ella, con una sonrisa tierna.
—¿Y cómo te sentiste?
Antonella suspiró de nuevo, como si todavía no tuviera la respuesta.
—No sé. Parte de mí quiere creer que fue real, que de verdad quieren que esté bien. Pero otra parte... todavía desconfía.
Simón asintió, comprensivo.
—Es normal. Fue mucho tiempo sintiéndote sola con ellos. Pero... que hayan dado ese paso es importante.
Matías sonrió con complicidad.
—Al final, parece que tienen corazón.
—Sí —dijo Antonella, aunque sin demasiada convicción—. Igual... me sigue costando procesarlo.
—¿Te dijeron algo más después? —preguntó Martina.
—Sí —admitió Anto—. Que se dieron cuenta de que la estaban cagando conmigo, que Ignacio y las mellizas les hicieron ver que me estaban dejando sola. Me dijeron que no quieren que piense que están en contra mía.
—¿Y vos qué les dijiste? —preguntó Maia, con curiosidad.
—Nada. —Se encogió de hombros—. No sabía qué decirles. Solo les di las gracias.
Por un momento, se quedaron todos callados, dejando que el viento moviera las hojas de los árboles como una música suave. Luego, Martina le pasó un brazo por los hombros.
—Sea como sea, no estás sola. Nos tenés a nosotros.
Antonella sonrió, agradecida.
—Lo sé. Ustedes son mi familia elegida.
—Y si esos dos te quieren cuidar también —dijo Ernesto, con un tono más serio—, dejalos. A veces uno tiene que aprender a dejar entrar a la gente que se da cuenta de sus errores.
La conversación se llenó de un silencio reconfortante, como un abrazo invisible. Por primera vez en mucho tiempo, Antonella sintió que tenía no solo el apoyo de sus amigos, sino que tal vez, solo tal vez, Mauricio y Gonzalo no estaban tan lejos como había pensado.
El timbre volvió a sonar, y volvieron al aula. Mientras caminaban juntos, Antonella no pudo evitar sonreír. Había mucho por sanar todavía, muchas cuentas pendientes. Pero ese día, en medio de las dudas y las inseguridades, había algo nuevo en su corazón: la sensación de que ya no estaba tan sola.