La música retumbaba en las paredes de la casa de uno de los amigos de la secundaria. Las luces parpadeaban, mezclándose con las risas, los gritos y la atmósfera eléctrica que solo una fiesta grande podía provocar. Antonella estaba en un rincón, riendo con Maia y Martina, tratando de disfrutar de la noche mientras ignoraba la mirada fija que sentía sobre ella.
Era la de Sebastián. Lo había sentido desde el momento en que entró. Estaba sentado con su grupo, pero cada tanto, su mirada la buscaba, se detenía y la desarmaba. Antonella intentó concentrarse en sus amigas, en las bromas y los vasos que se llenaban sin pausa. Pero había algo en el aire que la obligaba a mirarlo de reojo, solo para encontrarse con sus ojos fijos en ella.
Unos tragos después, la música la arrastró a la pista. Antonella se dejó llevar, moviéndose al ritmo de las canciones, riendo con Martina mientras giraban y saltaban. Sentía el calor en las mejillas y el cosquilleo en la piel. Sabía que estaba un poco mareada, pero también sabía que esa noche había algo que la impulsaba a dejarse llevar.
Fue entonces cuando Sebastián apareció a su lado. No dijo nada. Solo la miró y sonrió, esa sonrisa confiada que parecía prometerle todo y nada a la vez. La tomó suavemente de la mano y la acercó hacia él. El contacto la estremeció.
—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro que apenas pudo oír entre la música.
—Sí —respondió, aunque su corazón latía demasiado rápido.
Él se acercó más, rozando su mejilla con la suya. El olor a su perfume la envolvió, mezclándose con la música y el alcohol en su cabeza.
—Te ves hermosa esta noche —murmuró.
Antonella sintió cómo su cuerpo se tensaba. Era como si todo a su alrededor se desdibujara y solo quedara él. Intentó decir algo, pero Sebastián ya la había rodeado con un brazo por la cintura, atrayéndola más.
—¿Por qué siempre te resistís a esto? —le preguntó, con voz suave pero cargada de algo más.
Ella lo miró a los ojos. Los suyos estaban brillantes, oscuros, llenos de deseo. Su mente gritaba que debía alejarse, que esto no podía pasar. Pero su cuerpo no reaccionaba.
—No sé —susurró.
Él sonrió y bajó la mirada hacia sus labios.
—Entonces dejá de pensar.
La besó. Primero suave, como probando si ella se apartaría. Pero cuando Anto no lo hizo —cuando sintió que sus manos se aferraban a su camisa—, Sebastián profundizó el beso. Fue un fuego lento que la envolvió por completo. Sus bocas se encontraron una y otra vez, como si no hubiera nadie más en esa habitación.
La música seguía golpeando alrededor, pero Antonella solo podía escuchar su propio corazón. Cuando se separaron, ella respiraba agitada, las mejillas encendidas, los ojos brillantes. Sebastián la miró con una intensidad que la dejó sin aire.
—¿Lo ves? —dijo, con voz ronca—. No podés negarlo más.
—No significa que esté bien —dijo ella, casi sin voz.
—No —admitió—. Pero es real.
La llevó de la mano a un rincón más apartado, lejos de las miradas de todos. Allí, con las luces parpadeando a lo lejos, la besó de nuevo. Sus manos la rodearon, y Antonella sintió que perdía el control de todo menos de lo que estaba sintiendo en ese momento. Las caricias se volvieron más atrevidas: las manos de Sebastián en su cintura, subiendo por su espalda, provocándola con la suavidad de sus dedos. Ella lo empujó suavemente cuando sintió que era demasiado, pero él la sujetó por la muñeca, mirándola a los ojos.
—No te asustes —dijo en un susurro—. No voy a hacer nada que no quieras.
Antonella lo miró, respirando rápido. Sabía que no iba a pasar de ese momento, que no estaba lista para más. Pero tampoco estaba lista para alejarse de él. Entonces lo besó de nuevo, más lento esta vez, como si quisiera memorizarlo. Y Sebastián la dejó, besándola con paciencia, acariciándola con una ternura inesperada.
Cuando por fin se separaron, Anto apoyó la frente en su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo y el tamborileo de su corazón. Él la abrazó, y por un instante, el mundo dejó de existir.
—¿Estás bien? —preguntó, acariciándole el cabello.
—Sí —respondió ella, con un susurro casi inaudible.
Sebastián sonrió, besándole la coronilla.
—No voy a dejar que esto quede acá, Anto. Lo sepas o no, ya empezamos algo.
Ella lo miró a los ojos, sin saber cómo contestar. Solo sabía que algo había cambiado. Algo dentro de ella, algo entre ellos.
Y aunque la noche siguió, y aunque ambos volvieron a mezclarse con la multitud, el momento quedó grabado en su piel y en su memoria. Una chispa que había encendido un fuego imposible de ignorar.