La mañana del martes arrancó con un clima denso, húmedo, como si el cielo estuviera conteniendo una tormenta que no se decidía a caer. Y Antonella se sentía igual. Con el corazón lleno de palabras no dichas, de preguntas sin respuesta, de emociones que se desbordaban cada vez que cruzaba una mirada con Sebastián. Llegó al colegio junto a Mauricio y Gonzalo, como venía siendo costumbre. Aunque ahora, más que por seguridad, lo hacía porque necesitaba esa compañía para no quebrarse. —Hoy tratá de evitar el contacto visual —le dijo Gonzalo, medio en broma, medio en serio—. El pibe te está desarmando con la mirada y vos no ayudás. —No empiecen —dijo ella, sin humor—. No quiero hablar de él. No hoy. —Nunca querés —agregó Mauricio—. Pero todo tu lenguaje corporal lo grita. Ella no respondió.

