Capítulo 6.

1512 Words
Jacinta no recordaba haberse sentido más nerviosa en su vida. Se había encontrado sentada en el patio, viendo partir al abogado y al administrador, cuando don Íñigo la observa con una mirada ensoñadora y luego sube a su habitación. Doña Matilde le pide entonces que se prepare para hacer la limpieza del despacho. Minutos más tarde, Jacinta pasaba suavemente la tela de franela húmeda por los muebles, ya que el polvo entraba por las ventanas, ella se distraía imaginando aquellos ojos verdes contemplativos, que le parecían mirar en su alma. Se abochorna al pensar que leyeran sus pensamientos, ciertamente los que dedicaba al nuevo señor no eran propios de una muchacha. En un intento por despejar su mente mira alrededor, recordando las pláticas con don Francisco, los libros que le enseñó a analizar y las bromas sobre casarse con Joaquín y él con doña Matilde, ambos se divertían con aquellos escenarios. Se acerca a darle una pasada a la gran silla, a pesar de que aún le causaban risa sus comentarios, no pudo evitar extrañarlo, él fue su única familia, ligeras lágrimas le comienzan a caer por las mejillas, solloza un momento y sigue con la limpieza. Íñigo baja lentamente hacia el despacho, las líneas de su abuelo aún rondan sus pensamientos, era obvio que él deseaba que se acercara a Jacinta en más de un modo. Se detiene en el umbral de la estancia, pues la puerta estaba abierta, observa adentro a una familiar muchacha dando pasadas con una tela en los muebles, sin prisa y con esmero, entra despacio para no asustarla y toma asiento en el sillón de junto a la ventana. Ella tarareaba una melodía muy triste, tan bajo que era difícil de notar, recuerda que su abuelo la había criado y comprende su tristeza. - No tengo muchos recuerdos de mi abuelo, pero al conocerlos a todos aquí, puedo imaginar el tipo de persona que era. Jacinta casi da un traspié, al darse cuenta de su presencia, se voltea lentamente para mirarlo. Él miraba por la ventana, como si apreciara una escena. - Cuando era muy pequeño, discutió con mi madre y nos fuimos, al parecer el problema era irreconciliable. - ¿Sabe usted qué problema era? - No, según mi madre el abuelo quería que ella permaneciera aquí con él y ella no accedió y jamás volvió a hablarme de eso. Jacinta tenía que hacer un gran esfuerzo por concentrarse, pues la voz del señor era baja y calmada, casi susurraba. Ella estaba teniendo que luchar con las distintas emociones que aquella voz le causaba. Si don Íñigo supiera lo que le hacía sentir… - … por lo que nunca lo conocí. Él sonríe al ver que ella estaba distraída, era la primera vez que la observaba de esta forma. Ella nota, con su rostro enrojecido, los pequeños hoyuelos que se le formaban al reír. Su risa era demasiado divertida y la hace sonreír también, siente que algo revolotea en su estómago, había olvidado la tristeza que hacía minutos mostraba. Él la mira sonreír y siente que su corazón se detiene un momento, para luego latir desbocadamente. Pronto, las palabras de la carta se cuelan entre ellos, “ella es portadora de una magia antigua, deberás protegerla a toda costa”, su rostro vuelve a la seriedad de siempre y su mirada se clava en sus asombrosos ojos café. - Niña… Jacinta lo mira y siente sus rodillas temblar… - ¿Podrías leer esto y decirme lo que significa? Le entrega la hoja, cuidadosamente doblada y al notar la caligrafía de don Francisco, sus ojos nuevamente se llenan de lágrimas, tomó asiento en una silla frente a él. Al terminar de leer, su mirada se dirige a él, quien espera pacientemente a que se exprese, pero al notar sus lágrimas corre a cerrar la puerta, para que no fueran interrumpidos y ella se sintiera en confianza. Regresa y observa que llora abundantemente. Él hinca una rodilla ante ella y le toma el rostro entre sus manos, con sus pulgares limpia sus mejillas. Él sin duda comparte su dolor. - Él fue como mi padre y se ocupó de mí como tal, a pesar de no tener padres ni de saber de dónde venía yo. Él tenía contacto con el brujo del pueblo, así que cuando me trajeron y vio mi marca, supo que debía llevarme con el brujo, él sabía quién era yo, me amó cuando los demás me temían, incluso cuando llegaron a lastimarme. Ahora él se fue y estoy sola... Jacinta se sostiene de un brazo de Íñigo, nota su fuerza y se permite confiar en ella. Entonces se pone de pie rápidamente y sigue con el trabajo que debía estar haciendo, sin limpiarse las lágrimas. Íñigo la mira detenidamente, se pone de pie y se acerca a ella. - Yo estaré para ti, en la forma que desees, no permitiré que nada te lastime, lloraremos juntos la pérdida de mi abuelo, reiremos con sus recuerdos, sólo déjame estar cerca de ti, no soportaría que estés sola con esta carga. Jacinta lo mira de lado, gira y toma una de sus manos, más grandes que las de ella, que temblaban un poco. - Nada me gustaría más, pero temo que se hable a sus espaldas, suficiente es que se hablen cosas de mí, no soportaría que usted saliera afectado por eso, señor. - Por favor, me gustaría que me llames por mi nombre, al menos cuando compartamos algo en soledad, como ahora. Él la mira expectante, lo único que desea con esto era escucharla decir su nombre, al menos una vez. - Pero, don Íñigo, no podría… - Ella se ruboriza tan suavemente, que su rostro parecía aún más delicado a la vista del señor. Don Íñigo sonríe, en otra ocasión será entonces. Él regresa y toma la olvidada carta de la mesilla, y se retira de la habitación, había más documentos que debía revisar y ella debía cumplir con lo que se le pidió, pues de lo contrario la señora Matilde descargaría en ella un fuerte regaño. En su habitación, se permite ensoñar con la charla con Jacinta. Ella le hacía poner atención como no lo hizo con ninguna mujer que su madre le presentaba, buscando acomodarlo en alguna familia distinguida, pero todas en comparación eran desabridas y sin gracia, aún con su amplia educación, ellas sólo buscaban casarse. Jacinta había recibido conocimientos de su abuelo, un reconocido rebelde en la familia, pues de joven había decidido aprender por su cuenta lo que cada temporada le provocaba entusiasmo, en lugar de la prometedora carrera en leyes que sus padres le arreglaron, yéndose entonces a trabajar con boticarios, contadores, sastres, cocineros y lo que se encontraba, llevando una vida para nada holgada, luego llegando a un pequeño pueblo en el estado de Michoacán, llamado Pátzcuaro, donde aprendió a pescar, a arrear ganado, a atender caballos, a sembrar cosechas; a menudo recibía de sus padres cartas, donde le suplicaban volver y donde se lamentaban de lo que costaba localizarlo, pues se había ido sin decir ni media palabra. Hasta que un día, dejó de recibir cartas, tiempo después se enteró de que sus padres habían enfermado, luego recibió la visita de un abogado, que llevaba los documentos oficiales de la herencia de sus padres, como hijo único debía recibir los bienes que ellos poseían, sin la intención de mantenerlos ni de venderlos, los alquiló a un precio bastante accesible y con esas ganancias fue que consiguió lo que después tendría. Unos meses después, conoció a quién fuera su esposa, doña Carmen, la hija del dueño de la tequilera, quién también era hija única. Pero ella había nacido con problemas del corazón y murió joven. Los padres de ella arreglaron que los hijos nacidos serían educados con maestros en casa y a la niña, Margarita, una institutriz, razón por la cual ambos tenían educación para las relaciones sociales y no deseaban tener nada que ver con la hacienda, don Juan tenía asegurada la herencia de sus abuelos maternos, pues había sido estipulado que al fallecer su padre, esta pasaría a ser de él; y doña Margarita había crecido con los más altos estándares y desposó a un acomodado juez de noble cuna. Íñigo había nacido en la hacienda, en fechas en que su madre visitaba a don Francisco, a pesar de que se le prohibió realizar viajes en su avanzado estado de embarazo, poseía la terquedad de su padre, pero ahí terminaban las semejanzas. Íñigo comienza entonces a estudiar los libros que sólo él debía llenar, revisa lo que los diferentes encargados debían llenar y las diferentes actividades que llevaban a detalle, él deseaba mantener un seguimiento como el de su abuelo, quien podía sustituir a los trabajadores en casos de emergencia. Se quita varias ropas de encima buscando su comodidad, quedando en su pantalón y una camisa ligera, en ese momento la puerta de su alcoba se abre y recibe a una sorprendida Jacinta, con la cena en las manos.
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