El despacho de Teología era una estancia pequeña, asfixiante, donde el olor a papel viejo y cera de abeja solía serme reconfortante. Esa tarde, sin embargo, se sentía como una jaula. Me senté tras el escritorio de caoba, entrelazando mis dedos con una fuerza que me blanqueaba los nudillos, esperando el sonido del golpe contra la madera.
Cuando la puerta se abrió, no hubo aviso. Aria entró sin llamar, cerrándola tras de sí con un golpe seco que hizo vibrar los cuadros de los santos en las paredes. Se quedó de pie, con la falda aún demasiado corta y esa expresión de hastío que parecía ser su uniforme permanente.
—Aquí me tienes, Kyler. ¿Vas a darme un sermón o vas a pasar directamente a los azotes? Porque tengo mejores cosas que hacer que escuchar citas en latín —soltó, dejándose caer en la silla frente a mí con una falta de elegancia deliberada.
Me puse de pie lentamente, apoyando las palmas sobre la mesa. La rabia que había contenido durante todo el día afloró con una fuerza que me sorprendió a mí mismo.
—Señorita Moretti, su insolencia ha cruzado todos los límites —comencé, mi voz vibrando con una severidad cortante—. No solo desprecia las normas de esta institución, sino que se comporta como si el mundo le debiera algo. Se pasea por los pasillos provocando a sus compañeros, exhibiéndose de una manera que solo busca atención de la forma más barata y vulgar posible.
Aria arqueó una ceja, pero no dijo nada. Su silencio me espoleó a seguir.
—¿Cree que es especial por ser rebelde? No lo es. Es predecible. Es la clásica niña rica y malcriada que, al no recibir el afecto de su familia, decide que la mejor forma de existir es siendo un estorbo para los demás —di un paso alrededor del escritorio, acercándome a ella—. Usted no es una "chica traviesa", Aria. Es una mujer joven que está desperdiciando su vida en pataletas absurdas mientras se viste como si estuviera en un club nocturno en lugar de un lugar de oración. Me avergüenza que alguien con su potencial se reduzca a ser simplemente... un objeto de distracción para chicos que sí quieren aprender.
Me detuve frente a ella, respirando agitado. Me había pasado de sincero. Había sido cruel. Esperaba que saltara, que me gritara, que me lanzara algún insulto mordaz. Pero Aria se quedó inmóvil.
Por un momento eterno, el fuego de sus ojos se apagó, dejando paso a una vacuidad gélida. Sus labios se apretaron en una línea fina y vi cómo tragaba saliva con dificultad. El silencio en el despacho se volvió pesado, asfixiante. Me di cuenta de que mis palabras habían dado en el blanco exacto de su herida: el rechazo de su familia y su lucha por ser algo más que una moneda de cambio.
Ella bajó la mirada a sus manos un segundo y luego volvió a subirla. Su rostro era una máscara de frialdad, pero sus ojos brillaban con una humedad que se esforfesaba por no dejar escapar.
—¿Ya terminaste? —preguntó ella. Su voz era baja, despojada de su habitual sarcasmo, lo cual fue mucho más inquietante—. ¿Ya te sientes más "santo" después de humillarme?
—Aria, yo no pretendía... —intenté retroceder, dándome cuenta del daño.
—No —me cortó ella, poniéndose de pie con una lentitud que me heló la sangre—. Escúchame bien, Kyler Lombardi. Me importa una mierda lo que pienses de mi falda, de mi actitud o de mi supuesta necesidad de atención. Nadie me va a cambiar. Ni tú como profesor, ni como futuro padre, ni como el demonio que llevas escondido bajo ese cuello blanco.
Se acercó a mí, quedando a escasos centímetros. Pude ver el temblor de su mandíbula, la furia contenida que amenazaba con estallar.
—¿Quieres que se acabe el problema? Es sencillo —siseó, señalándome con un dedo—. Deja de mirarme. Deja de buscarme en los pasillos, deja de fijarte en si mi uniforme está corto o largo. Ignórame como lo hace todo el mundo y yo te dejaré en paz con tus libritos y tus rezos. El problema no soy yo, Kyler. El problema es que no puedes dejar de observarme y eso te aterra.
—Eso no es cierto —mentí, sintiendo cómo el sudor frío recorría mi espalda.
—Es la verdad más grande que has escuchado en este despacho —respondió ella con una amargura que me partió el alma—. No me busques más. No intentes "arreglarme", porque no estoy rota. Solo estoy harta de hombres que creen que tienen el derecho de decirme cómo ser.
Se dio la vuelta con una violencia repentina, agarrando su bolso del suelo.
—Quédate con tu moral y tu templo vacío, Kyler —dijo desde la puerta, sin mirarme—. Pero no vuelvas a hablar de mi familia. No tienes ni la menor idea de lo que es ser yo.
La puerta se cerró con un estruendo que pareció sacudir los cimientos del internado. Me quedé allí, solo, en medio de la penumbra del despacho. Mis manos temblaban tanto que tuve que apoyarme en el respaldo de la silla. Había ganado la discusión desde un punto de vista disciplinario, pero me sentía como el pecador más grande de la tierra. Sus palabras finales se quedaron flotando en el aire como humo de incienso quemado. Deja de mirarme.
Cerré los ojos y, por primera vez, no vi a una alumna rebelde. Vi a una chica que luchaba por no ahogarse en un mar de desprecio. Y lo que más me dolía, lo que me hacía querer arrancarme el hábito en ese mismo instante, era saber que ella tenía razón: no podía dejar de mirarla. Y ese era el secreto que empezaba a devorarme por dentro.