|POV Susan
Unos meses antes
Un mes había pasado desde la llegada de Ashton y aún me dolía verlo cada día salir con una mujer diferente de la oficina.
Había aprendido a disimular, a entrenar mis gestos frente al espejo para no delatarme, pero por dentro… joder, por dentro ardía. Era como si cada sonrisa que él regalaba, cada mirada que no era para mí, me arrancara un pedazo de piel.
¿Por qué me había enamorado del único hombre que no me miraba?
El problema no era que no me miraba, el problema era que sí lo hacía… pero lo hacía mientras besaba a cualquiera que entraba en su oficina. Y ese era el golpe más cruel.
—Deja de mirarlos —dijo Pamela, mi secretaria, con ese tono despreocupado que tanto me irritaba.
—No los estaba mirando —gruñí, apretando los dientes—. Estaba pensando en por qué mi padre no le dice nada mientras Ashton se acuesta con la mitad de la oficina.
Pamela rió bajo, con esa ironía que le encantaba usar conmigo.
—No creo que se acueste con todas…
Le lancé una mirada que podría haber quemado papeles.
—¿En serio, Pam?
—Bueno, al menos no contigo.
Eso me atravesó como un dardo envenenado. No me atreví a admitirlo, pero esa era la herida más grande: yo era la excepción. La intocable. La hija del mejor amigo de su socio.
—Ni me tocará. —intenté sonar firme, aunque la voz me tembló—. Olvidas quién soy.
—No, Susan. La que lo olvida eres tú cada vez que lo miras como si fuera un pedazo de carne.
Tenía razón. Y lo odiaba. Lo odiaba porque Ashton era exactamente eso: carne prohibida, tentación disfrazada de hombre.
—Es que lo es —susurré con rabia, bajando la voz—. Eso es lo que más me molesta. No parece de 55. Mi padre a su lado parece… una momia.
La confesión me dejó sin aire. Hablar de él en voz alta me hacía sentir débil, como si mis pensamientos dejaran de ser un secreto y se volvieran prueba en mi contra.
Yo era la abogada fría, implacable, la que nunca dejaba ver grietas. Pero frente a Ashton… cada grieta sangraba.
—Ya me voy. ¿Algo para el fin de semana? —pregunté, queriendo escapar de esa conversación antes de que Pamela siguiera desarmándome con verdades que no quería escuchar.
—No… bueno, sí. Yo quería saber si tú… de repente… —se cubrió el rostro con las manos, nerviosa.
—Pam, suéltalo ya, no tengo todo el día.
—¿Y la noche? ¿Estarás libre en la noche? —preguntó tímida, con voz de niña que pide un favor demasiado grande.
—¿Tu despedida de soltera? Pensé que la pasarías con tus amigas.
—Sí, pero nadie va a ir…
La miré incrédula.
—¿Cómo que nadie? ¿Mary, Lola y Karina?
—Ya no. Ellas estaban enamoradas de Edward… y yo se los “robé”. —bajó la mirada con vergüenza—. No quieren saber nada de mí.
Suspiré, cansada. A mí no me dolía el rechazo de unas amigas superficiales. Lo que me dolía era otra cosa. Yo solo quería llegar a casa, cerrar las cortinas, poner música triste y llorar leyendo un libro. Era el único espacio donde podía ser yo, sin la máscara de abogada implacable. Donde podía permitirme sentir lo que negaba cada día.
Pero verla así… no podía dejarla sola. Casarse era importante, era su sueño, el que en algún momento todas confesamos tener. Quizá también había sido el mío. Pero yo lo había enterrado. Sabía que nunca sería yo la que vistiera de blanco. Mientras siguiera enamorada de Ashton, mi corazón sería un terreno baldío, incapaz de florecer para alguien más. Y aceptar eso era aceptar la soledad como destino.
A mis treinta años fingía que no me importaba, fingía que la independencia era suficiente. Pero la verdad era que sí importaba. Había días, como este, en que dolía tanto que apenas podía respirar.
Sus ojos me miraban suplicantes, como un cachorro abandonado.
—Está bien. Nos vemos en la noche. ¿Tienes algo planeado? Puedo hacer una reservación o algo.
Sus labios se curvaron en una sonrisa emocionada.
—¿De verdad vendrás a mi despedida de soltera?
—No hagas que me arrepienta —susurré, pero ya estaba condenada a aceptar su abrazo.
Pamela me rodeó con los brazos, con esa calidez que siempre me desarmaba.
—La pasaremos increíble. Vienes a mi departamento… bueno, al de Edward, ya nos mudamos juntos.
—No me digas que pasarás tu despedida de soltera con él. ¿O peor, que estaremos los tres juntos?
—¡No, Susan! —rió, nerviosa—. Él tendrá su despedida con sus amigos. Créeme, nadie le envidia haberse casado con la secretaria.
Su inseguridad me golpeó fuerte. Le levanté el rostro con suavidad, algo poco común en mí.
—La mejor secretaria. Y claro que sí le tienen envidia. Él te ama, se aman. Y créeme… el dinero no garantiza amor.
Lo dije casi en un murmullo, pero sentí que las palabras quemaban. Porque yo sabía lo que era amar sin ser correspondida. Lo sabía demasiado bien.
De reojo miré hacia la oficina de Ashton. La puerta estaba cerrada. Y mi pecho se cerró con ella. No quería imaginar qué estaba haciendo detrás de esa maldita puerta. No quería, pero lo hacía igual.
—Gracias, Susan. A pesar de ser una amargada, siempre sabes qué decir.
Rodé los ojos para ocultar el nudo en la garganta.
—No te olvides que soy tu jefa. Estaré en tu departamento a las once. ¿Vino, vodka o tequila?
—Vino está bien. —sonrió, con las mejillas encendidas.
Tomé mi cartera y las carpetas de su escritorio. Caminé hacia el parqueo sin mirar atrás.
—¡No olvides tu pijama! —gritó desde lejos—. ¡Es para que te quedes a dormir!
Levanté la mano en señal de afirmación, aunque mi mente estaba en otro lugar.
Un pijama.
¿Para qué necesitaría un pijama?
Llegué a casa y me metí directo a la ducha. El agua tibia recorría mi piel mientras enjuagaba mi cabello y cerraba los ojos. Error. Cada vez que lo hacía, su mirada volvía a mí como un castigo inevitable. No sabía cómo escapar de lo que sentía. Llevaba enamorada de Ashton desde que entendí lo que significaba esa palabra, pero para él yo siempre había sido una niña. Y tarde o temprano tenía que aceptarlo.
Había pensado más de una vez en escapar a Estados Unidos. Mi ex prometido había sido el único capaz de hacerme olvidar a Ashton… aunque solo un poco. Nunca llegué a amar a Ares, pero él era un sueño de hombre y en la cama nos entendíamos de maravilla. Quizás ese era el camino, distraerme, perderme en alguien más.
Inventar un negocio, cualquier excusa que me saque de aquí. Porque Ashton nunca se queda. Nunca lo hace.
Al salir de la ducha me vestí con un vestido ajustado que abrazaba mi figura. No planeaba cazar esta noche, pero divertirme un poco no hacía daño. Coquetear era parte del juego, y a mis dos últimos clientes los había conocido en una fiesta. Sus contratos me habían llenado la cuenta bancaria. Sí, eso haría.
Ya estaba lista para salir cuando recordé lo que me dijo Pam: “no olvides tu pijama”.
¿Una pijama? No pensaba quedarme a dormir en su departamento. Después de todo, era una despedida de soltera, no una pijamada.
Suspiré, resignada. Terminé eligiendo la más recatada y la guardé en el bolso.
Manejé treinta minutos hasta comprar un buen vino, el mejor que encontré, y luego seguí directo al departamento de Edward. Él era uno de los asociados de la firma: guapo, inteligente, con el tipo de futuro asegurado que muchas desearían. A mí nunca me gustó, pero teníamos buena química laboral, y eso siempre valía más que arruinar la amistad por una noche de locura.
Toqué la puerta con el vino en la mano y cuando Pamela me abrió, entendí de inmediato por qué me había pedido que trajera pijama.
—¿Qué carajos traes puesto? —pregunté, incapaz de disimular la sorpresa.
Llevaba un conjunto entero de Winnie Pooh, con estampados amarillos y rojos, como una niña emocionada en la noche previa a Navidad.
—Es mi pijama, ¿no te gusta? —preguntó ilusionada, con esos malditos ojos de cachorro que parecían su arma secreta. Claro, con esa mirada seguramente había convencido a Edward de casarse con ella.
—Pam… —suspiré, sujetándole los hombros para que me mirara con seriedad—. Es tu despedida de soltera, tu última noche como Pamela Syer. Y ¿vas a pasarla… así?
—¡Es que planeé muchas actividades para nosotras! —respondió feliz, ignorando mi tono mientras me jalaba al interior del departamento.
Me dejé arrastrar, aunque por dentro rogaba que hubiera al menos música o alcohol fuerte. Pero lo que encontré me dejó sin aire.
Globos rosados y blancos pegados en las paredes, una mesa llena de esmaltes de uñas, mascarillas faciales con pepinos listos para usarse, y un par de tableros de juegos de mesa. Todo brillaba con una energía inocente que me resultaba casi dolorosa.
—¿Pam… qué demonios es esto?—murmuré, mirando alrededor como si hubiera entrado en la habitación equivocada.
—¡Mi despedida de soltera! Mira —dijo Pamela con orgullo—. Aquí podemos pintarnos las uñas, allá tengo mascarillas coreanas, y pedí varias pizzas. ¡Ah! También traje un par de películas románticas para hacer maratón.
Parpadeé varias veces.
—¿Películas?
—Sí, clásicos: El diario de Bridget Jones, 27 bodas, Legalmente rubia… —enumeró como si hablara de obras de arte.
Sentí un nudo en el estómago.
—Me quedé mirándola en silencio. Yo había esperado alcohol, música, un poco de descontrol. Algo que me distrajera de los pensamientos que me perseguían incluso en la ducha. Pero lo que tenía delante era una pijamada adolescente, no la despedida de una mujer que se iba a casar al día siguiente.
—Pam, cariño… —me froté las sienes—. Esta es tu despedida, no tu cumpleaños número doce.
Ella frunció el ceño, ofendida.
—¡Oye! Yo quería algo diferente. Estoy harta de esas despedidas con strippers y alcohol barato. Esto es más íntimo, más divertido.
—¿Divertido? —arqueé una ceja mientras me mostraba un tablero de Jenga y una caja de Twister. Serví una copa de vino y añadí con sarcasmo—. ¿Sabes que es muy probable que en este mismo momento a Edward le estén bailando en las piernas en algún club de strippers, no?
Su sonrisa se borró de golpe.o
—No… él dijo que había pedido a los chicos que fuese algo tranquilo.
Solté una risa sin humor.
—¿Tranquilo? Es sábado en la noche, Pam. Créeme, los hombres a esta hora solo piensan con la cabeza de abajo.
—¿Y si me engaña? —preguntó en un susurro, más para ella misma que para mí.
—Edward no te va a engañar —respondí firme—. Pero lo más seguro es que esté en algún club. Si quieres, puedo pedirle a mi padre que averigüe dónde están.
Ella negó con rapidez.
—No hace falta. Compartimos la localización de nuestros teléfonos. Voy a mirar.
Se sentó con el celular en la mano mientras yo me acomodaba en la mesa y bebía un sorbo largo de vino. El silencio se cargó de tensión hasta que la aplicación se actualizó.
—Tienes razón… —murmuró con los ojos muy abiertos—. Sí están en un club.
—¿Qué club? —pregunté de inmediato. Yo conocía casi todos, era mi pasatiempo de los sábados.
Cuando me dijo el nombre, abrí i********:. Nunca había estado ahí, pero era sencillo: busqué el lugar y entré a las historias. Gente bailando, luces de neón, el ambiente cargado de alcohol y diversión. Nada fuera de lo común… hasta que reconocí algunas caras.
Un grupo de chicas de la oficina.
No era casualidad.
Y entre ellas, Lola.
Llevaba un disfraz de conejita, medio desnuda, igual a las strippers del local. Sentí la sangre hervirme. No era difícil imaginar qué intentaba. Y sabía exactamente a quién quería.
—Levántate —le dije a Pam, mostrándole la pantalla—. Vamos a buscar a Edward.
—No, Susan. Está bien. Ya le mandé un mensaje y me dijo que solo tomarían unos tragos y luego se irían a otro sitio. Yo confío en él.
—No entiendes… —apreté el celular entre mis manos—. Sé que Edward no va a hacer nada, pero mira.
Le enseñé el video donde Lola aparecía contoneándose frente a la cámara.
Los ojos de Pamela se llenaron de furia.
—Esa perra… vamos.
Se puso de pie con decisión, pero de pronto se detuvo.
—No así. Tengo que cambiarme.
Me arrastró hasta su habitación y al abrir el clóset, me quedé sin palabras. Decenas de disfraces colgaban de las perchas: encajes, látex, vinilos ajustados, orejitas, ligueros. Todo lo que jamás habría imaginado en la pequeña Pamela.
—¿Pam, qué es todo esto? —pregunté incrédula. Sentía como si hubiera descubierto un continente entero que no sabía que existía.
Ella sonrió mientras buscaba entre los colgadores.
—A Edward no solo lo conquisté con mis ojos de cachorro. —¡ah, entonces si sabía cómo hacer esos ojos! alzó un conjunto de conejita y lo sacudió frente a mí—. Aquí está.
—¿En serio? ¿Conejita? —pregunté, entre la risa y el desconcierto.
—Por supuesto. El fuego se combate con fuego. Hoy haré que me elija una vez más. —se sacó la pijama sin dudar.
Yo miraba todo a mi alrededor.
—¿Y por qué no usas algo como esto? —dije tomando un disfraz n***o de Gatubela. Látex n***o, muy sexy.
—No me queda, pero a ti sí. Te quedaría increíble.
—No, yo… ¿para qué usaría algo así? —me crucé de brazos.
—¿No viste la publicación? —me lanzó una mirada como si fuera obvio—. Es noche de disfraces. No te van a dejar entrar sin uno.
—Entonces me quedo —respondí tajante.
—No puedo ir sola, Susan. —se acercó y me tomó de las manos—. Relájate, no va a pasar nada. Y quién sabe… a lo mejor conoces a un hombre guapo esta noche.
Suspiré resignada y dejé que la tela del vestido cayera al suelo antes de ponerme el disfraz. Me miré en el espejo, el látex se ceñía a mis curvas como una segunda piel. Me sentía hermosa, poderosa, sexy…pero al mismo tiempo expuesta.
—No, qué vergüenza. No voy a usar esto frente a los demás empleados de la firma —dije, cruzándome de brazos.
—Uhmmm… —ella me evaluó con una sonrisa traviesa antes de dar media vuelta y revolver en su cajón—. Usa esto. —Me tendió una peluca oscura y una mascarilla.
—¿Y mis ojos? —pregunté, consciente de que mis grandes ojos verdes seguían delatándome.
—Maquíllalos un poco. Es de noche, todos han bebido… nadie lo notará, te lo aseguro. Nadie va a pensar que la seria e implacable abogada Robinson está de gatita en un club—Sus labios se curvaron en una sonrisa amplia
—¿Y si te despido? —pregunté
—Mira que eso ya no importa, me casaré con un hombre que puede mantenerme. Pero me gustaría conservar mi trabajo. Nos vamos a divertir, Susan. Estoy emocionada, nunca había hecho algo como esto.
—¿Cómo qué?
—Ir a un club. Solo una vez entré para dejar un documento —rió nerviosa. Aún con todo el disfraz y lo sexy que se veía yo solo podía verla como una niña loca. No podía evitar querer ir con ella, tenía que saber que le haría a Lola. La curiosidad me ganó—. Pero hoy es diferente. Mañana me casaré con el amor de mi vida. Esta será una noche inolvidable. Ya lo verás.
Y lo fue.
Solo que de un modo que ninguna de las dos habría podido imaginar.