La abuela sí nos prestó la cabaña, no sin antes hacerme un millón de preguntas y comentarios con doble sentido que me ponían las mejillas tan rojas como un tomate, que llegué a pensar que iba a explorar en cualquier momento. La suerte de Martin era que no estaba allí para escuchar todas las cosas que ella decía y la caja de condones que metió en mi cartera. La abuela Lena, era todo un caso particular, aunque así, la amaba tanto. Después que terminara de hacerme preguntas incómodas, pasó a contarme para que ella y el abuelo Alejandro usaban la cabaña o para que la usaban las tías, que tanto le gustaba escaparse allí desde que tenían edad para eso. Quería que la tierra se abriera y me tragara en ese momento. Cuando Martin al fin volvió de hacer todos los recados de la abuela, vi la gloría po

