Apenas el avión aterrizó y salimos del aeropuerto, mi estómago era un nudo de nervios. James caminaba delante de mí con esa postura arrogante que parecía marcar territorio en cada paso.
En la salida nos esperaba una mujer alta, de cabello rubio recogido en una cola perfecta, con un uniforme elegante que le quedaba como pintado.
—Señor Cooper —saludó con una reverencia ligera—, bienvenida señorita. Soy Clara, su familia me envió por ustedes.
James asintió sin demasiada emoción. Yo, en cambio, le dediqué una sonrisa tímida. Clara me devolvió una sonrisa enorme y, para mi sorpresa, hasta me guiñó un ojo como si intentara hacerme sentir más cómoda. Me sonrojé sin remedio.
Ella abrió la puerta trasera del auto con un gesto impecable. Primero subió James y luego yo. Clara cerró la puerta suavemente y ocupó el asiento del conductor.
—¿Un viaje agradable? —preguntó amablemente mientras arrancaba.
—Podría haber sido peor —replicó James con tono seco.
—Fue mi primer viaje en avión —confesé, intentando romper el hielo—, así que… para mí fue emocionante.
Clara me miró por el retrovisor y sonrió de nuevo.
—Me alegra escuchar eso, señorita.
El trayecto duró unos cuarenta minutos. Yo iba pegada a la ventana, observando cada detalle de Londres, como si quisiera grabarlo todo en mi memoria.
James, en cambio, revisaba documentos en su tablet sin prestarme atención. Cuando por fin doblamos por un largo camino de piedra, mi boca se quedó abierta.
Frente a nosotros se levantaba una enorme mansión, de esas que parecen sacadas de una revista de arquitectura.
Todo estaba en perfecto orden: el césped recién cortado, los rosales en flor, las ventanas impecables. Era un lugar que imponía respeto.
El auto se detuvo frente a la entrada principal. Apenas abrimos las puertas, escuché pasos apresurados y vi a una mujer salir corriendo de la mansión.
Era elegante, llevaba un vestido de tela suave un poco holgado, su cabello rubio perfectamente peinado y los ojos llenos de lágrimas.
—¡James! —exclamó, y su voz sonó quebrada—. ¡Querido mío!
James dejó el portafolio en el asiento y salió del auto. Por un instante, su expresión dura se suavizó y permitió que su madre lo envolviera en un abrazo. Ella temblaba de emoción, como si hubiera esperado ese momento por años.
—Mamá —murmuró él, devolviéndole el abrazo con torpeza.
Yo observaba en silencio, sintiéndome una intrusa en algo demasiado íntimo. La mujer se apartó para mirarlo de pies a cabeza.
—Hijo, estás más delgado… —dijo con un dejo de preocupación y luego me miró a mí—. Y tú debes ser su novia.
Tragué saliva, mi corazón martillando fuerte.
—S-sí, señora, soy Bree, mucho gusto —balbuceé.
Ella me tomó de la mano sin darme tiempo a reaccionar y me abrazó con un calor que me desarmó.
—Bienvenida, querida. Gracias por haber logrado conquistar el corazón de mi obstinado hijo —susurró, apretándome suavemente.
Sentí que la garganta se me cerraba. No quería engañarla, esa mujer era pura dulzura, irradiaba amor sincero.
Tragué saliva y forcé una sonrisa, aunque por dentro me sentía sucia, como si estuviera usurpando un lugar que no me correspondía.
—Es un placer conocerla —logré decir.
Ella me miró con ojos llenos de gratitud, sin sospechar que la historia que me unía a su hijo era una mentira bien construida.
Mientras nos conducía al interior de la casa, yo solo podía pensar que esa mujer no merecía ser engañada. Y sin embargo, debía seguir fingiendo, al menos hasta que terminara este maldito mes.
Apenas crucé el umbral de la mansión, sentí que todo el aire de Londres se quedaba afuera. Era como entrar a un museo: los pisos brillaban, los muebles parecían sacados de una subasta de lujo y cada detalle estaba en su lugar. Susana me llevaba de la mano, cálida y sonriente, cuando de pronto un hombre alto, de cabello gris cuidadosamente peinado y un porte elegante, apareció en la sala.
—Vaya, vaya, así que esta es la hermosa novia de mi hijo —dijo con voz profunda mientras avanzaba hacia mí.
Yo tragué saliva y, antes de poder responder, él tomó mi mano y la besó con delicadeza.
—Encantado de conocerte, preciosa —añadió con una sonrisa encantadora que me hizo sonrojar.
—Gracias, señor… —respondí tímida, sin saber exactamente cómo llamarlo.
—Llámame Richard —replicó de inmediato—. Eres más hermosa de lo que imaginaba.
Mi sonrisa se amplió por cortesía. Debo admitir que el cumplido me tomó por sorpresa, y por un momento me sentí bien recibida. Pero entonces escuché el ruido de los pasos detrás de mí.
James acababa de entrar.
Su mirada era tan intensa que sentí que me estaba acusando de algún delito. Me soltó una de esas miradas de advertencia que decía claramente: que había cometido un pecado.
El ambiente se tensó de golpe. Richard dejó de mirarme y fijó los ojos en su hijo.
—Bienvenido, hijo —dijo con una calma que parecía ensayada.
James no respondió de inmediato. Fue como si no lo hubiera escuchado. Se quedó de pie, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en él.
El silencio se hacía más pesado cada segundo. Finalmente, James murmuró:
—Gracias —pero lo dijo de un modo tan frío que fue peor que si se hubiera quedado callado.
Yo parpadeé varias veces, dándome cuenta de que la relación entre padre e hijo no era buena. Ni de cerca. Esa tensión se podía notar fácilmente, como electricidad antes de la tormenta.
—Vamos, hijo, quiero enseñarte mi nueva cocina —intervino Susana con voz suave, como queriendo apagar el fuego antes de que empezara.
Ella le tomó la mano a James y lo condujo hacia la cocina. Antes de desaparecer por el pasillo, se giró hacia mí.
—Querida, ponte cómoda. Puedes dejar tu bolso en el perchero y sentarte en la sala si quieres.
Asentí en silencio.
Me quedé allí, en medio del salón, con la mano todavía caliente por el beso de Richard y el corazón latiendo rápido.
Era evidente que ese hombre estaba feliz de verme, pero James… James parecía odiar cada segundo que pasaba bajo este techo.
Caminé hasta uno de los sofás y me senté, mirando alrededor. No podía dejar de pensar que estaba metida en medio de una guerra familiar que apenas estaba empezando.
No podía dejar de sentirme intimidada por el padre de James. Era como si sus ojos me desnudaran sin ningún tipo de pudor, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo con una calma calculada. Su mirada era pesada, casi sofocante.
Me acomodé en el sofá, apretando las rodillas entre sí para obligarme a mantener una postura decente. Por dentro, mi mente era un torbellino.
«Aunque sea una puta, sé perfectamente el papel que juego en esta familia». Me repetía a mí misma, como un mantra para no perder la compostura.
No podía cometer errores. Todo esto podía ser una trampa para desenmascarar a James, para humillarlo frente a todos, y yo no iba a permitir que eso sucediera.
Por nada del mundo podía darme el lujo de quedarme sin empleo.
Deslicé la mano hacia mi bolso y, con un movimiento disimulado, saqué el teléfono. Le envié un mensaje rápido a Valentina:
—Le compartiré mi ubicación, por si acaso —susurré para mí misma antes de apretar “enviar”.
Siempre nos apoyábamos mutuamente. Era nuestra regla número uno: nunca andar a ciegas.
En este mundo pasan demasiadas cosas, y tener una aliada era vital. Margareth jamás sería una opción; con tal de evitar un escándalo, ella firmaría los papeles para que me entierren en un pantano y asunto resuelto.
El teléfono vibró casi de inmediato. Valentina me estaba llamando. Me levanté un poco del sofá y caminé hacia una esquina del salón, intentando poner la mayor distancia posible entre mí y esos ojos que seguían fijos en mí.
—¿Cómo que estás en Londres, Bree? —su voz salió atropellada, cargada de preocupación—. ¿Estás loca? ¿Qué demonios haces allá?
—Tina, ahora no puedo explicarte nada —le susurré, mirando de reojo hacia el hombre que no dejaba de mirarme—. Estoy bien, de verdad.
—¿Bien? —su tono subió—. ¡Mujer, no sabes lo que puede pasar!
—Tina, baja la voz —le corté—. Solo… mantente atenta, ¿sí? Si algo raro pasa, ya sabes qué hacer.
—Por Dios, Bree, cuídate —dijo finalmente, y pude escuchar cómo exhalaba con fuerza al otro lado de la línea.
Colgué despacio y me giré. El padre de James seguía allí, sentado frente a mí, observándome con una sonrisa que me erizó la piel.
—¿Problemas? —preguntó, con un tono de voz que parecía demasiado casual para ser real.
Tragué saliva.
—Nada grave —respondí, intentando sonar tranquila—. Solo mi amiga, asegurándose de que todo esté bien.
Él asintió lentamente, sin apartar los ojos de mí.
—Eso es bueno —dijo al fin, inclinándose apenas hacia adelante—. Siempre es importante que alguien se preocupe por ti… aunque a veces uno preferiría tener toda tu atención para sí mismo.
Sentí que el estómago se me encogía. Sabía coquetear, era casi mi trabajo, pero aquello no era coqueteo. Era algo más, algo que me hacía sentir en peligro.
«Respira, Bree, respira» Me repetí en silencio, sentándome de nuevo, clavando la mirada en mis propias manos. Tenía que resistir, no podía permitir que me notaran débil.
En ese momento, escuché pasos en el pasillo. Era James, riendo suavemente con su madre.
Me sentí aliviada.
El hombre frente a mí se acomodó en su asiento, pero esa mirada suya, ardiente y silenciosa, seguía clavada en mí.
—¿Todo bien aquí? —preguntó, mirándome primero a mí y luego a su padre.
—Perfecto —respondí con una sonrisa que apenas me salió natural.
—Me alegra —dijo James, aunque pude ver la tensión en su mandíbula.
Su padre solo sonrió.
La convivencia prometía ser caótica.
James me guio por el pasillo hasta la habitación que sería nuestra. La casa era enorme, de techos altos y decoración impecable. Me costaba no quedarme mirando cada detalle: los cuadros familiares, los jarrones llenos de flores frescas, el brillo de los muebles que parecían recién pulidos.
—Puedes ponerte cómoda —dijo James cuando entramos al dormitorio—. Si quieres, puedes ducharte y descansar un rato. Yo iré a ayudar a mi madre a terminar la cena.
Asentí, agradecida de que pensara en mí.
—Sí… lo necesito —admití en voz baja.
James me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal y luego, antes de salir, giró la llave en la cerradura. El seguro hizo un pequeño ruido. Me quedé quieta, extrañada.
—¿Por qué…? —alcancé a preguntar, pero él solo frunció el ceño.
—Para que nadie te moleste —dijo, y salió del cuarto.
Escuché sus pasos alejarse por el pasillo. Me quedé mirando la puerta cerrada, un poco confundida. No era común que un hombre hiciera eso, pero supuse que lo hacía para que no huyera, o para que me sintiera segura.
Solté un largo suspiro. La verdad, sí necesitaba una ducha. El viaje había sido largo y el cansancio me estaba ganando. Me quité los zapatos, estiré los dedos de los pies y caminé hasta el baño. El mármol brillante y las toallas perfectamente dobladas me hicieron sentir como si estuviera en un hotel de lujo.
Estaba por entrar en la ducha cuando mi teléfono empezó a sonar.
—¿Quién…? —murmuré mientras lo buscaba en el bolso.
La pantalla mostró un nombre que me hizo apretar los labios. Margareth.
Respiré hondo antes de contestar.
—¿Sí?
—Bree —su voz sonó tan aguda que tuve que alejar el teléfono de mi oído—, más te vale comportarte. No estás en cualquier casa, ¿me entiendes? Esta es la familia de James. Si metes la pata, si haces algo que los incomode, puedes perderlo todo.
Rodé los ojos, aunque ella no podía verme.
—Margareth, apenas llegué, ni siquiera hemos cenado —dije cansada—. Déjame respirar, por favor.
—No te relajes demasiado —continuó ella, sin piedad—. Recuerda por qué estás ahí. No olvides lo que está en juego. Ni siquiera pienses en hacer tonterías.
Me dejé caer sentada en la cama.
—No estoy olvidando nada —dije en un susurro—. Voy a hacer bien mi trabajo.
—Más te vale —replicó con frialdad—. James es el cliente más importante que hemos tenido, y si su familia sospecha algo, si su reputación se ve manchada, adiós contrato.
Cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo la presión me apretaba el pecho.
—Margareth, necesito ducharme y cambiarme, ¿podemos hablar después?
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.
—Bien —dijo al fin—. Pero mantén la cabeza fría, Bree. No olvides quién eres.
Colgué y dejé el teléfono a un lado. Me quedé mirando la puerta del baño, como si de repente ya no tuviera tantas ganas de ducharme.
"No olvides quién eres…" resonó en mi cabeza.
Me puse de pie, decidida. Tal vez era el momento de recordarme a mí misma por qué había aceptado venir. Porque aunque mi papel en esta casa fuera solo una actuación, en la vida real necesitaba conseguir todo el dinero que Mateo requería para curarse.
Entré en la ducha, dejando que el agua caliente se llevara el sudor del viaje y, con suerte, un poco de esa sensación de estar atrapada.
Estaba terminando de vestirme cuando escuché el sonido de la llave en la cerradura. James entró sin golpear.
—¿Lista? —preguntó, pero antes de que pudiera responder, cerró la puerta y se apoyó en ella, observándome en silencio.
—Sí… casi —contesté mientras me pasaba una toalla por el cabello húmedo.
Él se cruzó de brazos, serio.
—Tenemos que parecer más cercanos —dijo de repente.
Fruncí el ceño.
—¿Más cercanos? ¿Qué se supone que significa eso?
James no respondió de inmediato. Caminó hacia el tocador, tomó el secador de cabello y lo encendió.
—Significa que, si vamos a convencer a mi familia de que esto es real, no podemos comportarnos como extraños —dijo mientras me hacía una seña para que me sentara.
—¿Quieres… secarme el cabello? —pregunté, incrédula.
—Sí —respondió con total naturalidad, aunque en su rostro podía ver la incomodidad—. Nunca lo he hecho, pero, ¿qué tan difícil puede ser?
Me senté, todavía sin entender del todo qué estaba pasando. James se colocó detrás de mí, tomó el secador con torpeza y empezó a pasar sus dedos entre mi cabello húmedo.
—No es tan complicado —dijo en voz baja, aunque pude notar que estaba batallando con la dirección del aire caliente y con no enredarme el pelo.
Me mordí el labio para no reírme. Era increíble verlo hacer algo que no dominaba.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
—¡Oh! —la voz dulce de Susana llenó la habitación—. ¡Qué hermoso, hijo! Tan caballero como siempre.
Ambos la miramos. James no se movió, pero pude notar la tensión en sus hombros.
—Solo quería decirles que ya los estamos esperando en la mesa —continuó ella, sonriendo satisfecha.
—Gracias, mamá —respondió James, apagando el secador.
Susana salió cerrando la puerta con suavidad.
Yo lo miré y le sonreí.
—Gracias por ser tan especial —solté y pocos segundos después me arrepentí.
El silencio que quedó fue pesado. James de repente tiró al suelo el secador con fastidio.
—¿Qué te pasa? —pregunté, sorprendida.
Él se giró hacia mí con esa mirada oscura que tantas veces me había puesto los nervios de punta.
—No te confundas —dijo con voz fría—. Esto es un acuerdo, nada más. Todo lo que yo haga por ti, será fingido.
Me quedé inmóvil, todavía con la sonrisa tonta en los labios.
—Tengo todo claro —admití, apenas en un susurro.
—Nunca pasará nada entre nosotros, Bree —continuó él, como si necesitara aplastarme con esas palabras—. Sé lo que eres. Y no eres lo que quiero para mi vida.
Sentí que me apretaban el pecho. Tragué saliva y me puse de pie.
—Entiendo —respondí, aunque no entendía su cambio repentino. Ese hombre era un rompecabezas imposible de armar.
James salió primero de la habitación. Lo seguí, intentando recomponerme.
Cuando entramos al comedor, todos estaban sentados. Ibrahim fue el primero en levantarse.
—¡Viniste, hermano! —dijo, abrazándolo con fuerza.
James asintió y le dio unas palmadas en la espalda. La prometida de Ibrahim se levantó sonriente para saludar a James con un beso en la mejilla, pero él la detuvo ofreciéndole la mano.
—Un placer verte, Emma —dijo en tono correcto.
Ella sonrió, un poco confundida, y volvió a sentarse.
Entonces James me hizo un gesto para que me acercara.
—Quiero presentarles a Bree —anunció con voz firme—. Llevamos tres meses y medio juntos, y decidimos empezar algo serio.
Hubo un murmullo en la mesa. Algunas caras mostraron incredulidad, otras sonrisas de satisfacción, como la de Susana, que parecía a punto de llorar de felicidad.
Yo solo respiré hondo y traté de sostener la mirada de todos, como si realmente estuviera complacida de estar en ese lugar.