Finalmente habíamos llegado al aeropuerto y estábamos sentadas en la sala de espera, aguardando a que alguien viniera por nosotras. Podríamos intentar escapar, pero, para nuestra mala suerte, nos vigilaban de cerca, así que esa opción estaba completamente descartada. Sol, siempre observadora, me explicó que el aeropuerto era el punto de encuentro habitual porque nadie sospecharía que era el lugar para entregar a las mujeres subastadas. A simple vista, parecía una reunión normal, sin levantar sospechas. Miré a Susan, que seguía aferrada a mi brazo. No había cambiado su actitud desde que salimos del auto. —¿Estás bien? —le pregunté, sabiendo que era una pregunta inútil. ¿Quién estaría bien en una situación como esta? Susan dejó de trazar líneas imaginarias en el dorso de mi mano y levant

