2.

1774 Words
Dejó lentamente su sitio en la mesa y recogió los platos, la comida intacta y las copas. Empacó la comida en recipientes desechables y los guardó en la nevera. Luego recogió todo y dejó la cocina limpia y ordenada. Se movía como un autómata. Era como si su cerebro tuviera un corto circuito, como si solo necesitara ocuparse de tareas simples y rutinarias mientras procesaba lo sucedido unos minutos atrás. Dejó la cocina y se dirigió a la planta alta. Se detuvo ante la habitación de Esteban. Abrió la puerta con sigilo y se detuvo junto a su cama. El pequeño dormía profundamente, con una pequeña sonrisa en los labios, seguramente soñaba con caballos y todos los animales que había conocido en el paseo de ese día. Se inclinó para besar su frente y por un momento, su corazón comenzó a latir más fuerte. Luego pasó a la habitación de Mariana y repitió el gesto. Finalmente se dirigió a la habitación principal. Titubeó un momento antes de entrar. Miró hacia el pasillo. No se escuchaba ruido alguno. Giró el pomo y entró a la habitación sumida en semipenumbras. Se soltó el cabello. Era muy lacio y fino, le llegaba a media espalda. Se detuvo solo un instante frente al tocador para despojarse de los zarcillos y su mirada se vio atraída por la imagen reflejada en la pulida superficie del espejo que adornaba la pared. Su rostro era alargado, sus pómulos algo sobresalientes. Grandes ojos café, redondos y expresivos. En ese momento, opacos. Sus labios eran finos, ligeramente entreabiertos, y poco a poco, comenzaron a temblar. Se apartó rápidamente y se dejó caer en la cama - ¿Qué voy a hacer ahora? – susurró mientras sentía que cada vez le era más difícil respirar. -0- La sala de emergencia siempre era un caos. Gente que iba y venía, llantos, gemidos y voces que se confundían mientras desde los altavoces llamaban insistentes a los médicos. A pesar de solo tener unos meses en el hospital, Adriana se había adaptado rápidamente al caótico ambiente. Era precisa, eficiente, diligente. No la amedrentaban los gritos y amenazas de los pacientes fuera de sí o la actitud prepotente de los médicos que se creían demasiado importantes, así que sus compañeras enfermeras con frecuencia comentaban que parecía tener años de trabajar en el hospital. Regresaba luego de un breve descanso, cuando su mirada se vio atraída por una alta figura que entraba al salón. Era un hombre increíblemente apuesto, de porte distinguido. Tenía un rostro alargado, ojos oscuros y pequeños, frente amplia y el cabello castaño. Sus rasgos eran suaves, sin por ello dejar de ser masculinos. Llevaba una camisa increíblemente blanca y un pantalón de vestir azul del tipo que no consigues en una tienda de departamentos. Su apariencia era la de un hombre con don de mando, que hacía sentir su presencia en cuanto llegaba en un lugar, pero en ese momento se veía tan perdido y – podría asegurarlo – asustado, que le impresionó profundamente. De su mano, caminaba un pequeño de unos tres años que lloraba lastimero, su bracito doblado contra su pecho. En el otro brazo, el hombre cargaba a una niña, no tendría más de un año, que se movía inquieta, mientras frotaba sus ojitos con los puños fuertemente cerrados. Se había detenido en la hilera de la ventanilla de admisión, tratando de tranquilizar al niño, mientras arrullaba a la pequeña. Conmovida por la escena, Adriana se acercó y le hizo un gesto para que pasara al frente de la hilera. Era evidente que el niño sufría y tenía prioridad. Mientras el padre daba sus datos a la compañera, Adriana fijó su atención en el pequeño, trataba de tranquilizarlo, pero el dolor y el temor por el ruidoso lugar hacía difícil que atendiera a sus palabras. En cuanto acabaron con los trámites, los guio a una sala de examinación, donde padre e hijos estuvieran un poco más cómodos. El hombre se dejó caer en la silla al lado de la camilla, mientras Adriana ayudaba al niño a subir a la camilla. Se veía agotado, pero no tuvo más que un segundo de respiro, porque de inmediato, la niña comenzó a moverse, inquieta. - Debe tener hambre – dijo él, buscando en el enorme bolso que cargaba, la tensión presente en su tono – Estaba dormida, pero teníamos que venir hasta acá – sacó la fórmula y un biberón. Miró a su alrededor, sin saber qué hacer. - Déjeme ayudarle. Yo le preparo el biberón – Adriana extendió a mano. - Gracias… Realmente soy un desastre en este momento – - Lo entiendo, no se preocupe, pero estamos aquí para ayudar – Cuando volvió con el biberón ya el médico se encontraba con el pequeño, pero ella tenía otros pacientes que atender, así que no pudo permanecer con ellos. Horas habían pasado cuando vio al hombre acercarse. La niña dormía profundamente, la mejilla apoyada en su hombro, mientras el niño luchaba por dar un paso, sus ojos cerrándose sin poder evitarlo. Nuevamente batalla para lidiar con los dos pequeños, que sin duda a esa hora debían estar calientes y cómodos en sus camitas. Sin pensarlo dos veces – y aunque no era lo que se acostumbraba en el hospital – le ofreció su ayuda y cargó al niño hasta el parqueo. Una vez que ambos niños estuvieron seguros en sus sillas, se volteó a ella. Se alisó el cabello repetidamente, con un gesto nervioso y por un instante, parecía tan solo un chico. – Muchas gracias, por su ayuda – dijo al fin y su mirada se posó fija en ella. - Con todo gusto – le sonrió - Conduzca con cuidado – Él asintió y Adriana se apartó para permitirle rodear el auto y tomar su sitio tras el volante. En los siguientes días, se sorprendió a sí misma pensando en el hombre y sus pequeños. Usualmente eran las madres quienes acudían al hospital con sus hijos, así que ver a un hombre tan atractivo y elegante lidiando con dos niños tan pequeños, era memorable. Incluso algunas de las chicas en guardia esa noche habían comentado sobre el bien parecido padre que se veían tan confundido y angustiado. Para su sorpresa, tan solo un par de semanas, mientras hacía unas compras en el centro comercial se tropezó de nuevo con él y nuevamente se encontraba en un predicamento. - ¡Papá, necesito ir al baño! – exclamaba con urgencia el niño. - Solo dame un momento, Esteban – replicó él – Tengo que encargarme de tu hermana – - ¡Pero tengo que ir ahora! – protestó el niño. - Hola, Esteban – Adriana se detuvo al lado de la mesa – Tu yeso luce muy bien – Padre e hijo se voltearon a mirarla, sorprendidos. Al hombre le tomó un instante reconocerla. - Usted… es la enfermera – Asintió. - ¿Necesita ayuda? – El hombre exhaló un suspiro. - ¿Puede quedarse un momento con Mariana? – señaló a la niña – Debo llevar a Esteban al baño – - Por supuesto – - Vamos, papá, vamos – le urgió el niño. - Solo… solo será un momento – dijo volviéndose a Adriana, dudoso. - Le aseguro que no me moveré de aquí. Además, los baños están a tan solo unos pasos, no se preocupe – - Gracias – dijo algo nervioso y tomó al niño de la mano. Adriana se sentó en el sitio que él ocupara hacía tan solo un momento y sonrió a la pequeña que disfrutaba de su biberón en su silla. Tan solo les tomó unos instantes volver y pudo notar el alivio en el rostro del hombre cuando descubrió que su hija permanecía en el mismo lugar. - Gracias – dijo sentándose a su lado – No suelo dejar a mis hijos con desconocidos en medio de un centro comercial – se apresuró a explicar. - Yo misma no lo recomiendo, pero esta era una situación especial – respondió ella con una sonrisa. El hombre se alisó el cabello. - Usted siempre me encuentra en los momentos más agobiantes – le tendió la mano – Javier Santana – - Adriana Valdelomar – estrechó su mano. El apretón fue cálido y firme, lo que la impresionó muy favorablemente. - Ya conoce a Esteban – señaló al niño, que permanecía ajeno a la charla y devoraba una copa de helado – Y Mariana – La pequeña bebé le ofreció una sonrisa y Adriana no pudo evitar sonreír también. - Son unos niños hermosos – - Lo son – asintió Javier, su tono cálido – Pero es complicado estar pendientes de ambos al mismo tiempo – - ¿Mamá no está presente? – preguntó ella con cautela. Javier se limitó a negar con la cabeza. - Lo siento – - Tenía una niñera de tiempo completo, porque mi trabajo es muy demandante, pero ella estaba más preocupada por escribirse con su novio que vigilar a Esteban y por eso acabó con un brazo quebrado – comentó con algo de rabia contenida – Trató de escalar un mueble para tomar un juguete y… ella no se percató en lo absoluto. La despedí de inmediato, por supuesto, pero es difícil encontrar a alguien adecuado – - Imagino que sí – - He tratado de atenderlos lo mejor posible, pero me he ausentado de mi empresa por mucho tiempo y realmente necesito hacerme cargo de sus asuntos… De hecho, mañana tengo una reunión importante y… - se detuvo y sacudió la cabeza – Lo siento, estoy hablando sin parar – - Creo que tal vez no cuenta con personas de su confianza, que le ayuden con el cuido de los niños – dijo ella con tono dulce. - No en este momento, pero eso no justifica que la abrume con mis asuntos – - No me abruma – - Lo siento, seguramente usted está ocupada - Solo iba a comprar algo de comer, no tengo prisa – - Bien… nosotros tenemos que retirarnos pronto – comenzó a recoger sus cosas mientras Adriana los observaba en silencio. Finalmente, con todo bajo control se volvió a ella y por primera vez, le ofreció una sonrisa. Su rostro lucía completamente diferente y Adriana sintió que su corazón se detenía por un instante. - De nuevo gracias por todo, señorita Valdelomar – le extendió la mano y ella se apresuró a estrecharla, pero en ese momento, no pudo hablar. Hizo un gesto de despedida al pequeño Esteban y los miró alejarse. Sin embargo, no habían avanzado más que unos pasos, cuando se apresuró a alcanzarlos.
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