Podía sentir la presión tras ella. Su calor abrasante rodeándola, se extendía por todo su cuerpo. Y luego, la presión de su mano sobre su pubis haciéndola estremecerse. - ¿Te gustó? – Su mano se deslizó suavemente, causándole una oleada de placer. - Apuesto que estás mojada – Sin poder contenerse, dejó escapar un gemido. - Contéstame, muñeca – Adriana abrió los ojos, su respiración agitada. Parpadeó varias veces hasta que la habitación comenzó a verse más nítida. Entonces se percató que era su propia mano la que se encontraba dentro de su pijama y se sintió muy avergonzada. ¡Dios! ¿Qué pasaba con ella? Cerró los ojos. La noche anterior había sido una locura. ¡Cielos! Se cubrió el rostro y recordó a la mujer desnuda que danzaba frente a Salvador y como él la miraba… Su mi

