Antes de que ella se encogiera en el asiento como solía hacer para huir de él, Marco la atrajo hacia su regazo. Las manos de ella se dispararon inmediatamente hacia su pecho manteniendo una barrera. —Baja las manos. —¿Qué vas a hacer? —Besar a mi mujer, llegó la hora de dejar de huir de mí, no soy de piedra. —Estamos dentro del coche. —Nadie puede ver nada afuera, en nuestro cuarto encuentras excusas para mantenerte alejada. Y en los otros lugares de ese rancho siempre hay alguien cerca, casi despido a todos solo para quedarme a solas contigo. Te deseo más que a nada, ya no puedo más, cariño. ¿Todavía tienes miedo de mí? Ella se sentía querida cuando él la llamaba cariño. —No es miedo de ti. Pero no sé si estoy lista, fue horrible y... Él odiaba escucharla decir que estaba asustad

