Cuando llegaron a casa, Helena estaba temblando. Había hecho un acuerdo con su marido y lo cumpliría, pero no podía negar que tenía miedo; su mente había registrado sus palabras en el estacionamiento del restaurante: ninguna mujer volvía a su cama. Cuando Estefano la abrazó por detrás, percibió su miedo. —Estás temblando, pequeña, sabes que a pesar de lo que dije en el coche, puedes decirme que pare en cualquier momento, ¿no lo sabes? —Me dijeron que después de que empiezas, nada te hace parar, ¿es verdad? Ella pudo sentir la tensión inmediata de él en cuanto procesó sus palabras. —¿Quién te dijo eso, demonios? Y no te atrevas a mentirme. —No lo diré. Prometí que no lo contaría. —¿Por eso tienes tanto miedo de dejarme llegar hasta el final, porque crees que empezaré y no permitiré q

