A pesar de la protesta, Helena se vio arrastrada al tapete. Al principio, Estefano siempre buscaba una cama para estar con ella, pero cuando se dio cuenta de que a ella no le importaba ser poseída por él en otros lugares, dejó de preocuparse por eso. Si existía un alma gemela, Helena era la suya. —Estefano, ¿y la sangre? —¿Qué tiene? —¿No sientes repugnancia? —Si supieras lo que realmente quiero hacer en este momento, correrías, pequeña. Ella no se atrevió a preguntar. —Vas a ensuciar el tapete y a ti. —No soy un idiota, sé bien que la sangre menstrual no es sucia. Si no quieres que te toque, solo dilo. Nunca te obligué a recibirme. Él estaba herido. Helena lo sabía. —¿Estefano? —Tengo órdenes del jefe que cumplir. Él movió su m*****o, estaba excitado y adolorido, pero no la pr

