Javier parecía impresionante parado en la puerta de la cocina. Ella evitaba mirar directamente a sus ojos, pues había algo en su mirada que le hacía sentir una sensación desconocida. Aún no sabía identificar qué era, pero descubrirlo requeriría una aproximación que aún no tenía el valor de intentar. Decidió permanecer en silencio, tal vez así no despertaría a la fiera. Ella continuó guardando el resto de la comida sin decir nada. —Tengo hambre, Ella. ¿Puedes alimentarme? La voz de él todavía cargaba un poco de la ronquera con la que la había mandado al cuarto, pero no causó tanto miedo como antes. —Claro, ¿qué te gusta? —Como cualquier cosa que no sea amarga. Lo que pongas en mi plato, lo comeré. Ella puso patatas fritas, mandioca, arroz, berenjena y pollo frito en su plato. Observó

