Luis Carlos se dirigió al lugar donde mantenían al espía capturado. La finca, un sitio alejado de la ciudad, se había convertido en una especie de centro de operaciones clandestino. Al llegar, fue recibido por sus hombres, quienes le informaron sobre el estado del prisionero. —Señor García, el espía ha sido resistente, pero estamos logrando que hable —dijo uno de sus hombres. Luis Carlos asintió, su rostro tenso y sombrío. La muerte de Martín y la desaparición de Gabriel y Emilia pesaban sobre él. Necesitaba respuestas, y las necesitaba rápido. Entró en la habitación donde el espía estaba atado a una silla, visiblemente maltrecho por la tortura. Luis Carlos se acercó lentamente, sus pasos resonando en el suelo de concreto. —¿Cuál es tu nombre? —preguntó Luis Carlos con voz fría. El es

