9 DE ABRIL DE 2015 Ha pasado una semana y no sé nada de Charles. No puedo soportar el dolor en mi corazón por su ausencia. No salgo del apartamento por si él regresa; mantengo la línea telefónica desocupada, esperando alguna noticia, pero estoy por volverme loca. No creo que pueda seguir así. Mi móvil suena y reconozco el número de la aerolínea. El corazón quiere hablar por mí, al latirme tan descontrolado. Tomo una bocanada de aire y respondo. —Buenos días —hablo, con la voz cortada. —¿Elizabeth McColl? —Sí, soy yo —Estoy de pie, frente a la encimera de la cocina, y decido tomar asiento en un taburete. —Necesitamos que venga al aeropuerto. —¿Apareció Charles? ¿Me podría decir si saben algo de él? —No lo sé, señorita McColl. El señor Wells me pidió que la llamara. Tiene que

