JOAQUÍN

3234 Words
La mano pesada de Joaquín cayó como un pedazo gigante de plomo sobre la campanilla del reloj que rodó hasta la pared y desapareció de la mesa de luz. De inmediato pegó un brinco en la cama y lo alzó del suelo con la parte trasera algo despegada, lo volvió a acomodar sobre la mesita y se tiró en la cama con los brazos hacia atrás - una pierna sobre el piso y otra sobre la cama - a pegar las últimas bostezadas y a hacer rechinar los huesos de la espalda. Cuando se levantó el agua lo cubrió hasta las rodillas y, de un salto monumental, se aventó de nuevo a la cama paralizado por el miedo y la incertidumbre. Se asomó seguro de hallar un monstruo colosal bajo las aguas turbias que se agitaban como si un manso remolino viniera gestando su malicia desde los confines del universo. Pensó: corro ahora o es el final. Alargó su pierna derecha y su pie se estiró como un elástico para corroborar si el suelo seguía en su lugar o, bajo la masa, la infinitud mostraría sus filosos dientes. Tomó riesgos. Apoyó el pie sin antes cerciorarse de encontrar aliados con sus dos manos y aferrarse bien para no ser atrapado y removido hacia las profundidades del barro desconocido. Halló el suelo. De a poco, no muy convencido, fue abandonando los barrotes de la cama y le dio vida a su pierna izquierda. Tierra firme. Allí descubrió que el agua lo cubría hasta la cintura. El color negruzco no le permitía ver más allá del borde de su ropa interior y eso le despertaba un pavor nunca antes experimentado. Desconocía el mundo bajo su cuerpo. Ignoraba los secretos escondidos y turbios que se relamían en las profundidades, tal vez acariciando su cuerpo sin que él lo notara; tal vez girando alrededor de sus piernas preparando la estocada para deglutirse la carne de sus extremidades escuálidas. Debía avanzar. No tenía opciones. Era él o los bichos. O el agua, que lentamente lo iba hundiendo en su laberinto. El caudal lo empelló hacia el baño y lo hizo golpear contra la pared. Se repuso, pero los tiempos no le daban tregua ni para sobarse los dolores. Sacó fuerzas de donde ya no tenía y se asió del lavabo. El río era salvaje a esa altura y le hacía flamear la cintura como si fuese un trapo cualquiera. Ahí fue cuando levantó su mirada y el espejo le devolvió la imagen más cruel de su vida. Detrás de él los barcos se agolpaban y se estrellaban unos con otros, mientras el mar se teñía de un rojo carmín intenso y los tiburones dejaban de danzarle para estropear la cena suculenta que caía de los barcos hacia el agua. Tuvo un Dios aparte. El presagiaba e horror, sabía y sentía las cosquillas de sus escamas. a milímetros de sus piernas. Volvió a verse en el reflejo y sus ojos se suspendían en el aire increíblemente, con sus dientes al descubierto, desprovisto totalmente de facciones y de cabello, con su cerebro en plena vida, latiendo al ritmo del corazón galopante. Giró repentinamente y se acordó de los tiburones. Un pequeño escualo intentaba tragar el rostro arrancado de cuajo como su madre le había enseñado tiempo atrás en alguna de sus cacerías sangrientas. No le quitaba los ojos a Joaquín, al contrario, parecía mirarlo y rogarle una ayuda para terminar de deglutir lo antes posible. Como un resorte saltó de la cama con su cuerpo bañado en transpiración y sus ojos crispados. Se acordó que tenía que planchar el pantalón y la camisa. Lo podría haber hecho la noche anterior, pero decidió levantarse más temprano y encontrar en algún rincón de la casa las ganas que antes no tenía. Fue lo primero que hizo enfundado en unas chinelas de cuero de vaca y con su clásico calzoncillo transparente y plagado de bolitas de tela. “Me olvidé de estropajear el piso anoche", pensaba mientras planchaba como un adivino. Dejó la ropa bien acomodada en una silla del comedor, puso a calentar el agua para su té y huyó raudamente hacia el baño. Abrió la puerta temeroso. Después pensó seriamente en la imposibilidad de un grupo de tiburones aguardando hambrientos en el baño, pero al abrir la puerta un soplo gélido lo atrapó entre sus brazos. La idea de Joaquín era coordinar los tiempos entre el baño y el agua de su té para no perder tantos minutos sabiendo que, en lo del doctor Pérez Arrieta, no sería el único cliente en el día de hoy, y si todo salía diagramado y articulado como lo tenía armado en su mente, una vez concluido lo del abogado, enlazaba en forma directa y se dirigía a trabajar. Acostumbrado al detalle y a la minuciosidad tuvo que armarse de coraje y velocidad para ganarle al tiempo, dejando algunos manchones imperceptibles en el final de su afeitada, descuidando el peinado, al cual le dedicaba un tiempo hermoso y prudencial. Joaquín era un hombre alto y desgarbado, con una delgadez extrema pero fibroso al mismo tiempo, pálido y con dos sombras profusas contorneando sus ojos, de mirada noble y sincera y de un andar cansino producto de su estatura y su endebles física. Su casa - modesta - era un monumento al orden y la simetría, con una entrada larga pero iluminada, un living pequeño pero confortable rodeado de algunas plantas de ricos aromas, una cocina amplia con dos arañas de madera, un baño inmaculado inserto en una exquisita gama de perfumes, y un dormitorio de un diseño vanguardista y magistralmente cuidado, con una óleo de Degás en la cabecera y con paredes alternando colores pasteles. La media mañana se asemejaba a una verdadera pérdida de tiempo párale con todo lo que tenía para hacer. Se vistió, volvió a acomodar su pelo y se preparó para desayunar. Lo hizo en una posición poco convencional y sin ortodoxia alguna, con sus ojos perdidos en el techo y el saco atravesado en su brazo izquierdo, casi sentado, pero no del todo parado. El estudio del doctor Pérez Arrieta se encontraba a unas veinte cuadras de su casa, en el sentido contrario de la garita de la ruta donde, más tarde, debía llegar para abordar su transporte que lo llevaba rumbo a Posadas. Siete clientes estaban antes que él. Suspiró profundo y se entregó a la amarga espera, con sus ojos clavados en las agujas de un reloj que parecía volar en el tiempo. Miraba por el ventanal y aspiraba el perfume inconfundible de las flores matinales. Un nuevo cliente llegó para el doctor. Era la conocida "Vieja Loca", una mujer con aspecto humilde, pero de mirada extraña, con ojos profundos y desprovista de toda vergüenza, observando y estudiando a cada uno de los clientes en clara muestra de ser la adivinadora del futuro y la auguradora del bien y del mal. Todos la conocían. Muchos le atribuían poderes especiales y hasta se comentó que le salvó la vida a un niño luego de haber estado técnicamente muerto durante dos horas y media en un pozo de cal de la familia más acaudalada del pueblo. -iBuenos días!, dijo con una voz endemoniada y pausadamente. Nadie contestó. Sólo se sintió una carraspera lejana y asordinada y el ruido de unos cuantos huesos acomodando el momento -iMal educados!, dijo en un tono más bajo, con palabras que apenas se pudieron apreciar de sus labios marchitos. Otra carraspera. Más ruidos de huesos. Se abrió la puerta del despacho de Pérez Arrieta. -¡Molina!, dijo el doctor y saludó con su mano a Joaquín. -Ya estoy con vos, le dijo amablemente. -Está bien, doctor. Espero.  Una brisa suave y algo cálida comenzaba a dar las primeras señales de que, lo que habían anunciado las noticias la noche anterior, se iba a cumplir inexorablemente: exceso de temperatura con una máxima de cuarenta grados. El cielo tenía un turquesa intenso y no se divisaba una nube a kilómetros de distancia. Joaquín tomó un ejemplar de una revista de deportes y se puso a hojearla, con su mirada extraviada en su reloj pulsera, haciendo fuerza para detener el tiempo al menos por un instante. El paso de las hojas fue tan veloz que no retuvo nada de lo que, en teoría, leyó. Los minutos pasaban. Él sabía que el doctor les dedicaba a sus clientes el tiempo que sea necesario para salir satisfechos del estudio. Y estaba bien, sólo que hoy su modorra y sus pesadillas le retrasaron los planes. Se sirvió un vaso de agua y regresó a su lugar. Una silenciosa música se podía oir en los parlantes colgados en la pared y no alcanzaba a tapar el ambiente caldeado que había propuesto la vieja loca desde su llegada Joaquín levantó su mirada porque sintió, en su fuero más íntimo, los ojos de aquella mujer puestos en él. Y su presagio fue elocuente. Ella lo miraba como queriendo introducir al demonio en su torrente sanguíneo. El esquivó su mirada. Se incorporó nuevamente y se dirigió, una vez más, a buscar otro buen vaso de agua. Volvió con el plan trazado de coger una revista y no levantar los ojos hasta no sentir su nombre salir de la boca del doctor Pérez Arrieta. Las espadas calientes del reloj parecieron colisionar en el desvencijado número doce. Un síntoma de desesperación empezó a invadir a Joaquín porque aun restaban tres clientes antes que él y, haciendo cálculos en el aire, daba la sensación de que el tiempo le jugaría una mala carta. La vieja loca seguía firme en su lugar. Todos sabían que todos los días se pasaba horas sentada en el consultorio del abogado, gesticulando en su mudez, augurando los buenos y los malos tiempos, vaticinando el fin del mundo y anunciando las catástrofes más terribles y los nuevos santos por venir y las nuevas mujeres con visiones de todo tipo y las muertes de grandes próceres, de políticos y de gente de la alta sociedad. Era la única opción que tenía de llevar unos céntimos a su cueva y no por sus adivinanzas, sino para que deje de molestar con sus dichos demoníacos y con sus olores nauseabundos. El sol era implacable en lo alto del cielo despejado. Los pocos que quedaban en el consultorio empezaron a quitarse algunas de sus prendas, sintiendo el fulgor entrando y crujiendo la carne despaciosamente. El olor a orina vieja y descompuesta Joaquín lo sintió trepando a sus narices. Ella aplastó su humanidad en la silla de al lado y se quedó observándolo como a un ser de otro mundo. Intentó c******e como un acto reflejo, pero la pared le derrumbó toda chance. No tuvo otra opción que ladearse un poco y soportar el vaho que desprendía desde su pudrición interna la vieja loca. -No sé por qué veo tan vidriosa tu mirada, abrió con descaro la mujer. - ¿Perdón? ¿Me está hablando a mí?, preguntó sorprendido Joaquín. -Sí, a vos y a tu alma. -Disculpe señora, ¿podría dejarme leer este artículo en paz por favor? -Sí, por supuesto, buen hombre. Un espacio denso y pesado quedó flotando como un ave negra entre los dos. Ya no quedaba nadie, sólo un cliente en el despacho de Pérez Arrieta. - ¿Tienes problemas?, arremetió de nuevo la mujer. Joaquín la miró como remarcándole la molestia. -¿Por qué me mirás así? Yo no te he hecho nada. -Sí señora, me está molestando. -Si otra persona estuviera sentada en mi lugar, ¿dirías lo mismo? Joaquín levantó escasamente sus ojos y se quedó pensativo tragando una saliva larga y desigual. -Señora, con todo el respeto que me merece. Yo n creo en sus dichos, en sus cosas ni en sus pensamientos. No me gusta que alguien se siente a mi lado y me esté diciendo cosas que no existen, que nunca van a suceder. ¿Quiere dinero? Tome. Joaquín extrajo de su billetera unos cuantos pesos para que la mujer literalmente desparezca del despacho. Se los ofreció. -En algo usted tiene razón buen hombre. - ¿En qué?, preguntó Joaquín con los billetes desparramados entre sus dedos y un gesto de incredulidad marcado a fuego. -Tengo hambre, es cierto, y un buen poco de dinero no me viene mal, o poderme quitar estos harapos mugrientos, o lavarme más seguido el pelo, pero yo no me senté a su lado para robarle nada señor. -Está bien, señora, dijo contenido Joaquín. Guardó lentamente su dinero y prosiguió. - Tengo algunos problemas y necesito la soledad para pensar, por eso le ruego que me deje tranquilo, nada más que eso. La mujer sintió pena por un instante y en sus ojos plagados de lagañas pudo reflejarse ese dolor. -¿Por qué me mira así?, preguntó Joaquín. -Dios escucha cada uno de nuestros ruegos. Nuestros pedidos son órdenes para él y a veces él decide el destino más certero para nuestras penas. Joaquín observaba y callaba. Entendía las palabras pero no sabía el fin de las mismas. La mujer se levantó y se fue. Antes de cruzar la puerta del despacho del abogado se detuvo y lo observó una vez más. -Todo va a estar mejor hijo. Abrió la puerta y pareció que el viento la hubiera tomado entre sus brazos y la hubiera llevado a los confines de su dimensión desconocida. Joaquín se quedó con un trago amargo incrustado en su garganta y con una sensación de vacío calándole los huesos. El doctor abrió la puerta de su despacho y despidió a su cliente. -Joaquín, ibuen día, amigo!, perdón la demora. -Está bien doctor, dijo Joaquín mientras se relamía con las últimas palabras de la vieja loca sin quitarle los ojos a la puerta principal. - ¿Sucede algo, Joaquín?, preguntó el letrado. -No, nada, nada. Todo va a estar mejor. Joaquín venía tratando con el doctor Pérez Arrieta desde hacía unos dos meses por cuestiones contractuales ligadas a la herencia de la casa de sus padres, que habían fallecido en un accidente de aviación viajando de Estados Unidos a España hacía dos años y medio. Quince días atrás Joaquín había solicitado un turno con el letrado y éste le había presentado someramente un esquema parcial de la situación, pero hoy el abogado y Joaquín si iban a abocar más de lleno al asunto para despejar cualquier duda o posibles conflictos. Mediante un interlocutor Pérez Arrieta solicitó a su secretaria privada dos cafés para aclimatar una charla que se presentaba larga pero no menos complicada. -Bueno, mi amigo Joaquín, ¿cómo está usted?, abrió a abogado soltando aquellos preámbulos lógicos a la atención. -Bien, doctor, cansado. No tengo espacio ni para dormir con el trabajo y otras menudencias incluido esto ahora. -Me imagino, Joaquín. -Bueno, doctor - abrió el telón Joaquín - Me dijo usted la sesión pasada que íbamos a adentrarnos bien en cómo se podrían dar los pasos en esta cuestión. -Así es, mi querido Joaquín, respondió el letrado frotándose las manos. La puerta del despacho sonó. -Sí, adelante Raquel. -iPermiso, permiso! ¡iBuen día!, dijo con simpatía la secretaria y dejó las dos tazas de café sobre el escritorio. - Permiso, me retiro, prosiguió dando un saludo definitivo. Joaquín intentó disimular su gusto exacerbado por Raquel, una mujer fina y elegante, de andar felino y unos ojos poderosos de ternura y encanto. Apenas la siguió con el rabillo del ojo mientras la despedía, pero inmediatamente y con cierto disimulo, volvió su atención a Pérez Arrieta. -Hermosa, ¿no? - ¿Perdón, doctor?, preguntó Joaquín haciendo pasar una saliva grande como el mundo por su garganta. -Al fin y al cabo, la mujer es una fachada -No lo entiendo, dijo Joaquín intentando aprovechar el vuelo del doctor y salir por esa r*****a indemne y sin culpas. El letrado se echó para atrás y adoptó una posición reflexiva mientras ablandaba con sus dedos un habano importado. -Le venden al hombre lo que el hombre quiere comprar. La mujer es como una prenda de mala calidad. La comprás, te la llevàs a tu casa, la usás y cuando la lavás se te encoje toda y se llena de pelotitas. Joaquín no entendía nada. Sólo observaba al abogado con una sonrisa escasa y esperaba el final de la reflexión. - Más allá de eso, ¡qué hermosas que son!, concluyó el letrado. En el medio del silencio que provocó esta disertación apartada de Pérez Arrieta, encendió su habano y un humo grande y grueso hizo volver todo a la realidad -Bien, Joaquín, sigamos, dijo echando por la borda lo anterior. - ¿En qué habíamos quedado?, preguntó pitando largo su cigarro. -Me dijo, doctor, que me iba a explicar con detalle toda esta situación de la casa de mis padres. -iAh, si, si!, bueno, el tema es así mi querido Joaquín: una vez muertos sus padres la casa queda para usted y su hermano. Ustedes pasarían a ser los herederos naturales del inmueble, ¿me seguís? -Sí doctor, lo escucho. -Bien. De todos modos, ustedes deben hacer lo que se denomina declaratoria de herederos, para constatar que son usted y su hermano los únicos y universales dueños de este bien muertos sus padres. Pero en el medio de este trámite puede suceder que aparezcan otros interesados a los que se denominan herederos indirectos. Ellos pueden ser hijos reconocidos de cuestiones extra matrimoniales tanto de su padre como de su madre. Ahora bien, si ellos no están debidamente reconocidos, no tienen opción alguna, salvo un examen de ADN que llevaría las cosas a complicarse aún más. -Doctor - interpuso Joaquín -, Yo puedo asegurarle que eso no ha sucedido. Mi padre fue una persona inmaculada, un militar retirado con los mejores honores y con una conducta intachable. Mi madre fue un ejemplo de persona, una esposa leal y una madre inigualable. Ambos dieron su vida por nuestra crianza y por nuestro porvenir y jamás equivocaron el camino ni bebieron de donde no debían. -Entiendo todo lo que me estás diciendo, Joaquín y creeme que no dudo en absoluto de tus palabras. Mejor que nadie sabés el respeto y la admiración que mi familia y yo hemos tenido por tus padres. Nadie en este pueblo puede llenarse la boca de algo tan injusto como querer ensuciar la imagen de tu santa madre y de enchastrar gratuitamente a ese tipazo y vecino que era don Augusto Molinari. -Gracias doctor, me sorprenden sus palabras. -No deberían sorprenderte, Joaquín. Tus padres fueron un ejemplo y todo el pueblo lloró la pérdida de ellos, tan lejos de aquí, encontrando una muerte tan injusta. Pero lamentablemente amigo Joaquín la ley es la ley, y éste es un procedimiento que hay que respetar y llevar a cabo. De otra manera todo va a caer en un saco sin fondo. Si existiera una ley que abra la puerta a estos trámites respaldada en la buena conducta de la gente, todo podría ser más sencillo, pero no es así. -Está bien, doctor, lo entiendo y sé que son pasos que hay que seguir, acotó Joaquín. -Igualmente esto es un mero proceso. Vos y yo sabemos que en el medio no hay absolutamente nada. Sólo se trata de poner en conocimiento esta situación y aguardar unos sesenta días hasta que salga el veredicto final. Es nada más que cuestión de tiempo.
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