EL SILENCIO

1355 Words
En su mirada experimentada y atosigada de tantos alumnos en su vida, podía reflejarse la incomodidad y la intranquilidad, el desconcierto y la duda, la sospecha certera de que algún malestar concreto le estaba girando por la cabeza a Catriel. No parecía un mero dolor estomacal. No olía a un pasajero síntoma de un niño: sabía a algo estancado en la garganta. Al final del día los chicos fueron guardando sus útiles y sus pertenencias y se prepararon para el regreso a sus hogares. Bajo una salida limpia y respetuosa Amelia los fue despidiendo y detuvo prolijamente a Catriel. "¿Me das un minuto?", le pidió amablemente. Catriel no se opuso y se quedó a un costado de la hilera saliente. Despejado el establecimiento Amelia se acercó. -Catriel, ¿estás bien para irte solo a tu casa? -Sí señorita, estoy bien, no se preocupe, dijo con firmeza. - Sólo es que tengo mucho sueño, pero yo me siento bien. -Bueno Panigassi, me quedo más tranquila. Cualquier cosa, cualquier duda o lo que sea, me avisás, me llamás, ¿sí? No olvidés que tu madre tiene mi teléfono. -Está bien, señorita, pierda cuidado, dijo calmo Catriel. Llegó a su casa y tiró un saludo a su madre que se estrelló en las paredes. Pasó como un vendaval directo al baño: 'Este Catriel ¡qué atolondrado por Dios!", se dijo a sí misma Lourdes mientras terminaba de poner la mesa para el almuerzo. Se sentó a esperarlo: "Dale, Catriel que se enfría", dijo elevando su tono de voz. No sintió una respuesta concreta. Se quedó desorbitada y perdida en una imagen distorsionada del televisor, encendido y sin volumen. Mientras aguardaba casi en el límite de la desesperación sonó el teléfono. Se levantó maldiciendo el momento, como cada una de las veces que ocurría lo mismo a la hora del almuerzo. -Sí, hola, dijo con mal gusto. -Hola, ¿Lourdes? -Sí, ¿quién habla?, preguntó visiblemente contrariada. - ¿Qué tal, Lourdes?, perdone la molestia por favor, Soy Amelia, la maestra de Catriel. -Señorita Amelia, ¿cómo está usted? Disculpe la mala atención, dijo avergonzada Lourdes. -Está bien, no se aflija, disculpe usted que molesto a esta hora. -No, está bien, no es molestia por favor. Sí, dígame ¿es por Catriel? -Sí, Lourdes, es por él. -No me di... Amelia la detuvo con altura. -Quédese tranquila, Lourdes. Estoy tan segura que jamás la llamaría por algún desorden causado por su hijo ni por nada que se le parezca. -Gracias, Amelia, gracias por sus palabras. -Es la verdad, Lourdes. Y continuó. - La llamo porque desde hace un par de días vengo notando, en forma muy aislada, comportamientos en Catriel abismalmente distintos a los que él suele tener. -No la entiendo, Amelia, dijo confundida Lourdes. -Sí, Lourdes. Y no son sólo comportamientos, son actitudes, cambios de ánimo, cambios de humor, extravíos considerables que hasta hace unos días jamás noté en su hijo. Desagrado, falta de participación, silencio, mucho silencio, cuando usted bien sabe que él es un niño súper activo sin caer en la híper acción. -Me deja sin palabras Amelia, no sé qué decirle. -Lourdes, ¿él está bien en su casa? ¿No está pasando por algo que acá en la escuela no sepamos? ¿O algún otro problema de índole físico por ejemplo? -Déjeme pensar. No, Amelia. Acá está todo en orden, salvo que a él le esté sucediendo algo y que no me lo haya contado. Pero conozco a Catriel y sé que yo sería la primera en enterarme. La historia con su padre marcha sobre ruedas, más allá de la traumática separación que tuvimos hace casi cuatro años, pero bien sabe usted Amelia que el trabajo con los sicólogos y con los especialistas fue exitoso… -Usted sabe Lourdes que a mí no se me cruzó, ni por un instante, el tema de su separación. Catriel ya lo hubiera manifestado en otro tiempo. Acá hay otra cosa - ¿Cómo qué, Amelia?, preguntó asustada Lourdes. -No me animo a tirar sobre la mesa nada, pero le sugiero que trate de averiguar ya que, como usted dice y asegura, Catriel acudiría a sus brazos como primera medida. Lourdes se quedó pensativa. Y miraba hacia la puerta del baño. Catriel seguía adentro. -Amelia, ¿drogas dice usted?, preguntó Lourdes como intentando atinar en algo. -No nos apresuremos, Lourdes, dijo tanteando con su pie derecho la arena movediza. - Hable con él, prosiguió. Veamos a través suyo que novedades podemos recabar, ¿sí? -Sí, Amelia, despreocúpese que yo desde mi sitio haré todo lo que pueda. -Bueno, Lourdes, perdón por esta molestia, pero creo que hacía falta, dijo con tono tranquilizador. -Si, por supuesto, Amelia. No sabe cuánto le estoy agradecida. -Bueno, gracias Lourdes. Hasta luego y descanse. -Hasta luego, Amelia, lo mismo para usted. Lourdes se quedó con el tubo en la mano. Sólo el ruido lejano pidiendo ser colgado la trajo del centro de la puerta del baño. Se acercó como si viviera con un monstruo de repente y, amagando tocar la puerta, preguntó: -Catriel, ¿te falta mucho hijo? ¿Estás bien amor mío? Silencio total. - ¡Catriel!, insistió con su mano a milímetros del picaporte. La nada absoluta. Entró presa de un pánico repentino esperando, íntimamente, encontrarse con un panorama desolador. - iCatriel! ¡ihijo!, gritó aterrada al ver al niño desparramado en el inodoro, a medio sentar y con la cabeza pegada a la pared, sus ropas abajo y sus brazos cayendo derrotados a los costados. -iHijo! ¡iHijo!, vociferaba una y otra vez, con un llanto apagado quemándole las entrañas. Lo zamarreaba con cierta b********d y se arrepentía en el proceso. Le palpaba la frente buscando signos de temperatura elevada y recorría su rostro intentando encontrar la respuesta que estaba buscando y volvía a agitarlo, ya de los hombros y Catriel permanecía en su mudez y en su estatismo y los auxilios brotaban de su boca, a la par de las salivas calientes que se escapaban como presos hacia la libertad por la comisura de sus labios y vomitaba su llanto, desgarrada y arrodillada sobre el piso mojado del baño y empezaba de nuevo la serie interminable de movimientos, ciega del mundo, viendo que Catriel no experimentaba reacción alguna, tirado, ahí, como una bolsa vieja y abandonada a su suerte, con su boca entreabierta, sus ojos agotados y circundados por una gruesa estela morada, y su respiración dificultosa con un leve sonido de motor viejo triturándole en sus cavernas profundas. Lourdes se acordó de Amelia y decidió pensar. Sabía que la locura y la desesperación no la llevarían a ningún lugar. Se inclinó y levantó cautelosamente a Catriel. Con cuidado extremo lo llevó a su dormitorio y lo recostó en su cama: "Ya estoy con vos hijito", le dijo y se fue derecho al teléfono. - ¿Amelia?, preguntó quebrada. - ¿Lourdes? ¿Es usted?, preguntó la maestra como un presagio. -Amelia, es Catriel. No sé qué le sucede. Está muy mal. Perdone. Ayúdeme por favor… -Lourdes, escuche. Estoy saliendo para su casa. No desespere y llame a su doctor. Amelia cortó y salió volando por los aires. Lourdes miraba a los alrededores y trataba de adivinar que paso debía seguir. Colgó. Descolgó una vez más. Volvió a colgar y se fue corriendo hasta la habitación de Catriel. Le tomó al pulso. Parecía normal: ¡iCatriel, mi vida, despertá por favor!, le rogaba sin hallar respuestas en su hijo. Lo cubrió con una manta y volvió al teléfono. Descolgó, pero volvió a colgar. Rápidamente fue hasta su cuarto y logró hallar velozmente el número de teléfono del sanatorio. Regresó. Observó a Catriel por un instante. Seguía igual. Temblorosa tomó el tubo una vez más y marcó. Los operadores estaban infestados de llamadas y la desviaban constantemente: En este momento los operadores se encuentran. Reventaba el tubo sobre el teléfono. Intentaba de nuevo y otra vez la misma grabación. Colgó. Fue descarrilada hasta la habitación nuevamente: “¡Hijo, hablame por Dios iCatriel!". Nada. El silencio parecía ser el nuevo aire llenando los pulmones de su hijo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD