Lucien Avanzábamos con cautela por el sendero, rodeados de un paisaje que oscilaba entre la belleza y la hostilidad. A un lado, los bosques verdes bullían de vida, mientras que, al otro, las montañas nevadas se alzaban, frías y desérticas. La dualidad del entorno reflejaba de alguna manera la complejidad de mi relación con Octavia, que caminaba con dificultad detrás de mí. Había insistido en que descansara hace unas horas, pero ella, con su característica terquedad, había elegido seguir caminando. Sin embargo, era evidente que su resistencia estaba llegando a su límite. —Ya es hora de descansar, cielo, —le dije con voz fuerte, intentando sobreponerme al sonido de la ventisca helada que empezaba a azotarnos. —Bien, —fue su única y breve respuesta, casi un susurro arrastrado por el vient

