La búsqueda de Chloé Matamba cumplía su séptima noche. Londres era un hervidero de patrullas y periodistas, pero la pequeña seguía siendo un fantasma. En el altillo del granero de los Rouge, el aire olía a heno seco. Patrick, Margaretta y Valter estaban sentados en círculo alrededor de una linterna, compartiendo galletas que la niña había contrabandeado en su abrigo. —Ya pasó una semana —susurró Chloé, abrazando sus rodillas—. Extraño a mi papá Jandey. Lloro por las noches y tengo miedo de que las ovejas me delaten. —Es peligroso, Chlo —respondió Patrick con gravedad—. Magnus Clerk me vigila en la Academia. Si le decimos a un adulto, la policía te llevará de vuelta o meterán a nuestros papás en la cárcel. Tenemos que aguantar. —Yo creo que deberíamos decirle a mi papá —intervino Valt

