El sonido de la sirena de la ambulancia cortaba el aire denso de Londres, pero para Jandey, el ruido era un eco lejano comparado con los latidos desbocados de su propio corazón. Dentro del vehículo, Chloé yacía con una máscara de oxígeno, su rostro pálido contrastando con el rojo vibrante de la remera del nuevo uniforme. Arthur iba en el asiento del copiloto, mudo, con la mandíbula apretada hasta el dolor. —¡Chloé, mírame! ¡Papá está aquí! —suplicaba Jandey, apretando la mano fría de su hija. Sergi, sentado al otro lado, no podía dejar de temblar. Al llegar al Hospital St. Jude, la realidad los golpeó como un muro de concreto. Una horda de fotógrafos y reporteros, alertados por las r************* , rodeaba la entrada de emergencias. Los flashes empezaron a estallar antes de que la camill

