La noche en el departamento de Melina Melinton se había vuelto pesada, cargada con el silencio artificial de un sueño inducido. Arthur Gerard observaba a la mujer tendida en el sofá; su respiración era lenta y rítmica, ajena al desmoronamiento de su chantaje. Sin perder un segundo, Arthur tomó su teléfono y envió un mensaje rápido a Sergi Sergueth, quien aguardaba en la planta baja con el motor encendido y los nervios a flor de piel."Sube ya. Piso 12. La puerta está abierta".Apenas dos minutos después, Sergi entró en el apartamento. Su rostro estaba pálido, contrastando con la oscuridad de su chaqueta. No hubo saludos; la urgencia los unía en una coreografía precisa. Arthur señaló el escritorio donde la computadora personal de Melina brillaba con el protector de pantalla activado.—Los docu

