Estéfano.
ᰔᩚ ( ᜊ°-° )ᜊ .ᐟ .ᐟ
—¡¡Yo solo quería decirle la verdad, Katia!!
Le dije a mi hermana, que no solo era eso, sino mi cómplice, mi amiga y mi consejera. Aunque fuera menor que yo, era más madura, debo admitir. La voz se me quebraba en la garganta.
En ese momento nos encontrábamos en mi remolque. Después de la muerte de mi padre, ya no quise vivir más dentro de la casa. Lo tenía aparcado en el patio. El metal olía a lluvia vieja y a polvo acumulado.
—¡¡Estéfano, basta!! Deja de llorar. Nunca te había visto de este modo. Dime qué demonios hiciste con Estefy. ¿Por qué salió corriendo de la fiesta así?
Me reclamaba cruzada de brazos, con mucho enojo. Las uñas se le clavaban en los codos.
—Yo… hice una estupidez —le decía entre lágrimas a mi hermana—, pero… solo quería… ¡Ay, no! ¿Por qué, maldita sea?
—Ya cállate, grandísimo tonto. Habla de una maldita vez. ¿Qué pasó? Porque ver a Estefy de esa manera no es nada bueno. ¿Qué le hiciste?
Me agarraba con rabia la cabeza porque sabía que Estefy, mi Estefy, no me perdonaría jamás lo que le había hecho.
Estaba llorando. Yo, Estéfano, el chico que jamás había llorado por alguien y menos por una mujer. Y no una como ella. No, no me lo tomen a mal. Ella es perfecta, pero… digamos que no encajaba en los estándares que yo tenía antes de conocerla.
Las chicas malas y sin ningún compromiso, que no fueran cursis o apegadas, era mi _target_. De lo que podía llamar relación. No me gustaba el compromiso y las relaciones duraderas. Eso es para perdedores, me repetía mil veces.
Pero, ¿qué pasó al ver a esa pequeña chica? No lo sé. Un hechizo, sí, seguro fue eso.
¡Ay, por Dios! Ya estoy demente. ¿Ven de lo que les hablo? Esos ojos azules tenían un hechizo, un embrujo. Eso debía ser…
Todo empezó cuando comenzamos a cursar un nuevo año en la Universidad. Estoy estudiando el tercer año de la licenciatura como diseñador de animaciones y dibujos animados.
Sí, es una carrera prácticamente nueva, pero es mi pasión. Aparte de mi moto y hacer apuestas. Malditas apuestas. Todo comenzó con esa estúpida apuesta.
Vivo con mi hermana y con Olivia, la viuda de mi padre. Al morir mamá, cuando yo tenía 15 años y Katia, mi hermana, 13.
Después de unos años, papá rehízo su vida con esta gran mujer. Era buena con nosotros y se había quedado con nosotros, aunque no tenía por qué hacerlo, ya que pues no era su obligación estar ahí.
Mi padre murió en un accidente automovilístico cuando fue a buscarme a las carreras.
Eso pasó solo hace un año. Aún siento tanto su pérdida que no logro hablarlo con nadie. Sé que debo hacerlo, pero solo hago como si no sintiera nada. El pecho se me cierra cada vez que paso por esa curva.
Creo que eso desencadenó más mi desapego con el amor. No creo, o más bien, no creía en el amor. Vi cómo papá sufrió la pérdida de mamá, pero también vi cómo resurgió gracias a Olivia. Es una buena mujer.
En fin, en mi vida no cabía el amor. No era posible. Yo solo quería divertirme y disfrutar la vida, que era muy corta, a decir verdad. Las chicas que salían conmigo sabían perfecto mis reglas.
Regla 1: no enamorarse.
Regla 2: no compromiso.
Regla 3: nada de apegos tontos.
Pero yo solo quebranté mis propias reglas.
Yo y solo yo. ¿Es válido, no?
Yo las creo, yo las rompo. O es una manera de reconfortar mi corazón roto.
Mi alma herida y mi conciencia más sucia que solo un estúpido podría tener.
Seis meses antes...
Llego a la Universidad como de costumbre en un inicio de año. Ya conozco a todos, así que voy directo con mis amigos. Hoy vine en mi moto, después de casi tres meses de no usarla por un pequeño accidente en las carreras que hacemos. Cada fin de semana organizamos carreras donde apostamos. No es por presumir o ser ególatra, pero eso me ha dado una popularidad muy grande entre las chicas. No es que necesite el dinero, pero siempre gano. Así que muchos apuestan por mí, ya que soy seguro para sus ganancias. Todos me conocen como _Estef_, el chico malo de la Harley.
—Hola, cariño, ¿cómo te fue en las vacaciones? —era Brenda, la que preguntaba con voz chillona para llamar mi atención. Llega y me da un beso. El perfume dulce me golpea la nariz.
—Hola, Brenda, bien. ¿Y tú? ¿Qué me cuentas? ¿Cuántos novios conociste ahora?
Se volteó con cara de enojo y yo reí a mis adentros. No solía ser así, pero ella era una chica caprichosa que estaba siendo ya muy molesta. Simplemente no entendía que nunca seríamos novios.
¡Yo no tendría nunca novia, por favor!
—Hola, Estef. ¿Vas a ir a la fiesta de Rolando esta noche? Es para festejar el inicio del ciclo.
—Ja, ja, ja, ja… cualquier pretexto para una fiesta nunca está de más… ¿verdad?
—Ya sabes, así son las cosas con los chicos, ja, ja, ja, ja.
—Claro que voy a ir… no me la perdería por nada del mundo.
—Sí, claro, más porque sabes que habrá chicas nuevas, ¿verdad? Porque a nuestro amigo querido se le ocurrió la genial idea de invitar a las chicas del primer año. Puso papeles por todos lados para que ellas se enteraran.
—Qué modernidad la suya.
Hablaba con Sandro, mi mejor amigo. Era un tanto loco y solía ser un poco excéntrico. Pero súper buen tipo.
Caminamos hacia las aulas de la clase que nos tocaba. Cuando vimos venir a todas esas chicas guapas, sexys y extravagantes de primer año, que sabemos que venían vestidas cual pasarela de moda, para ver quién tenía su mejor guardarropa. Sandro me codeó al ver a todas esas chicas que babeaban al vernos pasar. Ok, sí, no quiero sonar narcisista, pero sé que no soy nada feo. Un joven de 21 años, alto y con cuerpo atlético, nunca pasa desapercibido. Que era lo que más alimentaba mi ego.
Solo sonreí, ya que Sandro tampoco era feo, y las chicas susurraban al vernos pasar. Aunque él tenía a su linda novia: Raquel.
Pero… de pronto vi a una que ni el mundo nos hacía. Andaba vestida con un pantalón enorme y unos zapatos pasados de moda. No eran tendencia para las chicas universitarias que desean ser vistas.
Delgada, pequeña y con un cabello largo, rubio. Supongo que hasta las rodillas, no lo distinguí tan bien ya que llevaba una coleta alta y esos lentes enormes, que no se veían mal, pero tampoco bien.
Estaba totalmente fuera de moda, dirían las chicas. No tomé más atención a esa pequeña, que por cierto iba súper distraída. Chocó con un poste. Me reí de ella, ya que solo hizo como si no pasara nada y siguió con su papel en la mano. Supongo que estaba buscando su salón.
En fin, una chica nueva más que solo llamó mi atención porque no encajaba con las chicas guapas y sexys de primer año.
—Ahora te alcanzo, Sandro. Se me olvidó algo.
—Ok, voy a empezar bien este ciclo. Papá ya me advirtió que me quitaría su apoyo si no elevo mis calificaciones.
—Ay, por favor, las apuestas, ¿qué?
—Oye, eso es un extra. Tengo muchos gastos, ja, ja, ja.
—Eres un cínico.
Sonreímos. Sandro entró al salón y yo… bueno, volví a pasar cerca de esa pequeña que era obvio andaba perdida, sin saber a dónde ir.
—Hola —le sonreí al tenerla de frente… vi esos ojos azules que guardaba tras unos lentes enormes que cubrían casi la mitad de su rostro.
Confundida, volteó a verme. Pero no era esa mirada de querer coquetear, no. Era una mirada simple, sin ninguna emoción. O sea, ¿qué le pasa a esta chica? ¿Acaso no sabe que el chico más guapo de la Universidad le está hablando?
—¿Estás perdida? Puedo ayudarte.
—Ah, sí. Busco el salón 115 del edificio B. Es que no vine a la visita guiada la semana pasada y no lo encuentro.
—Puedo llevarte. Ven.
Tal vez ella no me había visto bien, así que por eso lo hice. Este ego mío no me dejaba ver que no todas querían conmigo. Ah, no, pero esta chiquilla no iba a ser la primera en ignorarme.
Íbamos caminando rumbo a su salón y todas las demás chicas nos veían y susurraban a nuestro paso.
Oí algunas decir que era una afortunada al estar a mi lado, pero ella ni por enterada. Ok, es caso perdido.
—Es aquí.
Le dije, mostrándole el salón enfrente de nosotros.
Solo me dio un gracias y se metió al salón.
¡Perdón!… lo digo y lo repito, ¿qué le pasa a esta chiquilla tonta?
Quedé parado afuera y me volví al otro lado, disimulando la pequeña humillación que sentí al ser rechazado e ignorado por esta pequeña que, ya viéndola de cerca, no era nada fea. Estaba muy desarreglada, pero era muy guapa. Sus ojos azules, cabello claro, muy delgada, a decir verdad.
Digo, no es que sea imperfecto no serlo, pero para las chicas es un tema especial.
Lo que más llamó mi atención al tenerla cerca era su olor. Un olor cítrico mezclado con rosas, o qué sé yo, pero era exquisito ese aroma. Se me quedó pegado en la ropa.
Al dar la vuelta vi a Brenda que venía hacia mí.
—¿Dónde te metiste? La clase ya empezó, pero quiero ir a otro lado más interesante —me dijo coqueteando, tomándome del cuello y dándome un beso en la mejilla.
—Lo siento, Brenda, voy a tener que rechazar tu invitación. Tengo un tema con esa clase, así que será para otro día.
Ni siquiera era verdad, pero como les dije antes, esta chica ya me resulta muy molesta. Tan caprichosa, al ser hija única de una familia bastante adinerada, le hacía ser un tanto insoportable. No aceptaba un no jamás.
—¿Sabías que te estás volviendo un aburrido de lo peor? Ya no te soporto. Solo te digo algo, Estéfano: nadie nunca me ha rechazado, jamás nadie me ha dicho que no, y créeme, no vas a ser el primero.
Se volteó, aventando su cabello en mi cara y meneándose cual pasarela. Pero bueno, eso no me importó en lo más mínimo.
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Al terminar el día estábamos los chicos y yo en el estacionamiento de la universidad, riendo y haciendo planes. Estaban: Sandro, su novia Raquel; Rolando, Brenda, Marcus y su novia Flavia; Richi y el loco más loco, Darío, que no era tanto de nuestro grupo, pero que era parte de las apuestas. Así que siempre se juntaba con nosotros.
Le gustaba fumar yerba. En ese momento lo estaba haciendo y compartía su cigarrillo con Brenda y Richi. A mí eso no me agradaba. No juzgo, pero no era para mí. El humo picaba en la garganta.
—¿Ya vieron a las chicas de primer año? —nos dijo Rolando.
—¡Ay, ustedes siempre conformándose con puras simplonas, muy poco agraciadas y santurronas! —dijo Brenda volteando los ojos. Solo porque siempre quería ser el centro de atención.
—No te pongas celosa, hermosa. Sabes que tú eres especial —le dijo Rolando, agarrándola de la cintura y atrayéndola hacia él. Estaba bromeando, solo para molestarla, ya que sabía que era una caprichosa.
—Cálmate, tarado —se soltó de su agarre y fue hacia mí. Contoneando todas sus curvas muy bien formadas, para que la volteara a ver.
—Yo solo soy de Estef, ¿o no, cariño? —me dijo abrazándose de mi cuello y casi colgarse de mí.
—Bueno, ya basta de tonterías. ¿A qué hora nos vamos para preparar la fiesta? —comentó Rolando.
—Es verdad, chicos. Vamos antes de que nos agarren las prisas, porque tenemos que comprar varias cosas para divertirnos, ja, ja, ja —dijo Flavia riendo con malicia. Era una chica divertida y sí tenía una relación ya más formal, por así decirlo, con Marcus.
Todos nos dirigimos a la casa de Rolando. Ese día ya no volví a ver a esa pequeña distraída de ojos azules. A decir verdad, ya no me importó en lo más mínimo, ya que no iba, a estas alturas, a jugar al conquistador con una niña tonta, distraída y simplona.
Pero… para ser sincero, me daba curiosidad su enigmática personalidad, su angelical aura.
Estábamos en la fiesta y chicas pasaban, iban y venían, llamando la atención de los chicos, bailando música sugestiva que incitaba al deseo s****l. El bajo retumbaba en el pecho.
Richi, Rolando y Darío ese día tuvieron suerte, ya que se conquistaron a unas chicas para la noche. Solo para eso eran esas fiestas.
Regresé a casa temprano porque no sé por qué no tenía ganas de nada. Brenda se enojó mucho conmigo porque no quise subir a una habitación con ella.
Cada vez me resultaba más difícil persuadir sus intenciones. No es que no fuera hermosa. Lo era, y mucho. Alta, curvilínea, cabello pelirrojo y unas pecas que resaltaban sus ojos verdes. Pero no era la chica más noble, que digamos. Era tan caprichosa que me resultaba tan irritante en casi todas las ocasiones. Sus ganas de querer ser siempre la única era desgastante.
Esa noche quedé rendido. No había tomado nada, pero me sentía extraño. No sé qué pasaba.
Ya mañana sería otro día. Uno mejor que este, eso espero.