CAPÍTULO UNO

2177 Words
CAPÍTULO UNO Rea estaba sentada sobre su cama, sudando, despertada por los gritos que atravesaban la noche. Su corazón latía fuertemente en la oscuridad deseando que no fuera nada, que fuera solo otra de sus pesadillas que la habían estado plagando. Se aferró a la orilla de su colchón barato de paja, orando, deseando que la noche se mantuviera en silencio. Pero se escuchó otro grito, y Rea se estremeció. Después otro. Se volvían cada vez más frecuentes; y se acercaban. Congelada por el miedo, Rea se quedó sentada escuchándolos acercarse. Por encima del sonido de la lluvia también se escuchaba el sonido de caballos, ténue al principio, y después el sonido distintivo de espadas siendo desenvainadas. Pero nada más fuerte que los gritos. Después se escuchó un nuevo sonido, uno que, posiblemente, era peor: el rugir de las llamas. El corazón de Rea se desplomó al darse cuenta de que su aldea estaba siendo incendiada. Eso solo podía significar una cosa: los nobles habían llegado. Rea saltó de la cama golpeándose la rodilla contra el morillo, su única posesión en su cabaña de un solo cuarto, y salió corriendo de la casa. Salió hacia la calle enlodada bajo la tibia lluvia de primavera y quedó empapada inmediatamente. Pero esto no le importó. Miró entre la oscuridad todavía tratando de recuperarse de su pesadilla. Todo a su alrededor había ventanas y puertas abiertas y los otros aldeanos salían temerosamente de sus cabañas. Todos estaban de pie mirando hacia la única calle que iba hasta la ciudad. Rea miraba junto con ellos y, en la distancia, vio un resplandor. Su corazón se detuvo. Era una flama que crecía. El vivir en la parte más pobre de la ciudad y escondida detrás de los retorcidos laberintos que iban hasta la plaza principal de la ciudad era, en tiempos como estos, una bendición: al menos ahí estaba segura. Nadie nunca se molestaba en ir a la parte más pobre de la ciudad, a las cabañas destartaladas en donde solo vivían los sirvientes, en donde el hedor de las calles hacía que la gente se mantuviera a raya. Rea siempre había sentido que era un vecindario del que no podía escapar. Ahora, al ver las flamas iluminando la noche, Rea por primera vez se sintió aliviada de vivir escondida en este lugar. Los nobles nunca se molestarían en navegar los laberintos de las calles y callejones que iban hasta ahí. Después de todo, no tenían nada que se pudiera saquear. Rea sabía que esta era la razón por la que sus pobres vecinos tan solo observaban desde sus cabañas sin entrar en pánico. Esta también era la razón por la que nadie se atrevió a ir a ayudar a los aldeanos del centro de la ciudad, personas ricas que los habían menospreciado desde siempre. No les debían nada. Al menos aquí los pobres estaban a salvo, y no arriesgarían sus vidas para salvar a los que los habían tratado como si no valieran nada. Aun así, mientras Rea analizaba la noche, se sorprendió al ver que las llamas se acercaban y su luz se hacía más fuerte. Claramente el resplandor se extendía y se dirigía hacia ella. Cerró los ojos preguntándose si estaba confundida. No tenía sentido: los intrusos parecían dirigirse hacia donde ella estaba. Estaba segura de que los gritos se escuchaban más fuerte y se estremeció al ver que las llamas aparecían apenas a unos cien pies de distancia, saliendo del laberinto de las calles. Se quedó aturdida: venían en su dirección. ¿Pero por qué? Apenas había terminado de pensarlo cuando un caballo de guerra galopante llegó hasta la plaza, cabalgado por un fiero caballero portando una armadura negra. Su visera estaba bajada y su casto era siniestro. Sostenía una alabarda y parecía ser un mensajero de la muerte. Apenas había llegado a la plaza cuando ya estaba bajando su alabarda sobre un pobre hombre que trató de correr. El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar mientras la alabarda le abría la cabeza. El cielo se llenó de rayos y truenos y la lluvía se intensificó mientras otra docena más de caballeros llegaban a la plaza. Uno de ellos traía un estandarte. Relumbraba con la luz de las antorchas, pero Rea no alcanzaba a ver la insignia. Se desató el caos. Los aldeanos se dieron la vuelta y corrieron en pánico, gritando, algunos regresando por instinto a sus cabañas, otros resbalando en el lodo, y otros más corriendo por los callejones. Pero ni siquiera estos llegaron lejos antes de que las lanzas se encajaran en sus espaldas. Sabía que la muerte no perdonaría a nadie esta noche. Rea no intentó correr. Simplemente dio un paso hacia atrás en calma, metió su mano detrás de la puerta en su caballa y sacó una espada, una espada larga que le habían dado hacía muchos años, una hermosa obra de artesanía. El sonido que hizo al sacarla de su vaina hizo que su corazón lariera más rápido. Era una hobra maestra, un arma que ella no tenía el derecho a poseer y que le había dejado su padre. No estaba segura de cómo él la había conseguido. Rea caminó lentamente y con resolución hacia el centro de la plaza, siendo la única aldeana lo suficientemente valiente para defenderse y enfrentarse a estos hombres. Ella, una frágil chica de diecisiete años, y sola, tuvo el valor de pelear encarando al temor. No sabía de dónde le había venido el valor. Deseaba correr, pero algo dentro de ella no se lo permitía. Algo dentro de ella siempre la había hecho enfrentarse a sus miedos sin importar el peligro. No era que no sintiera terror, pues sí lo sentía. Era que otra parte de ella le permitía actuar a pesar de sentirlo; algo la hacía ser más fuerte que el miedo. Rea estaba de pie con manos temblorosas pero obligándose a mantenerse enfocada. Y cuando el primer caballo galopó hacia ella ella levantó la espada, dio un paso hacia adelante, se agachó, y cortó las patas del caballo. Le dolió el lastimar a este hermoso animal; después de todo, ella había pasado la mayor parte de su vida cuidando caballos. Pero el hombre levantaba su lanza y sabía que su supervivencia estaba en juego. El caballo gimió con un sonido horrible que ella recordaría por el resto de su vida. Cayó al suelo boca abajo y derribando a su jinete. Los caballos que venían detrás tropezaron con este, cayendo y creando una pila a su alrededor. Entre una nube de polvo y caos, Rea giró y los enfrentó a todos, lista para morir. Un solo caballero portando una armadura blanca y cabalgando un caballo blanco diferente a los demás de repente avanzó directo hacia ella. Ella levantó la espada para a****r de nuevo, pero este caballero era muy rápido. Se movía como el rayo. Ella apenas estaba levantando su espada cuando él ya la detenía con su alabarda y la desarmaba con un movimiento circular. Un sentimiento de impotencia bajó por su brazo al verse despojada de su preciosa arma y al verla volar por aire hasta caer en el lodo del otro lado de la plaza. Hubiera sido igual que hubiera caído del otro lado del planeta. Rea se quedó sorprendida al encontrarse indefensa, pero más que nada confundida. El ataque del caballero no había tenido la intención de matarla. ¿Por qué? Antes de que terminara de pensarlo, el caballero, todavía cabalgando, se agachó y la tomó; sintió los guantes de metal tomándola de la camisa con ambas manos y, en un solo movimiento, la subió al caballo y la sentó frente a él. Ella gritó al verse sorprendida y al caer en el caballo en movimiento plantada enfrente de él y sintiendo que la sostenía con fuerza con sus brazos metálicos. Apenas tuvo tiempo de pensar y mucho menos de respirar mientras él la atrapaba. Rea se sacudió y retorció hacia todos lados, pero era inútil; él era muy fuerte. Él entonces cabalgó atravesando la aldea por las calles tortuosas y alejándose cada vez más de su hogar. Salieron de la aldea hacia el campo y, de repente, todo estaba quieto. Se alejaron más y más del caos, del saqueo, de los gritos, y Rea no pudo evitar sentirse culpable por su sensación momentánea de alivio al ver el mundo en paz de nuevo. Sintió que debía haber muerto allá atrás con su gente. Pero mientras él la sostenía más y más fuerte, se dio cuenta de que su destino podría ser peor. “Por favor,” dijo ella con dificultad y apenas pudiendo hablar. Pero él tan solo la apretó más y cabalgó más rápido por el campo abierto, subiendo y bajando colinas bajo la lluvia hasta que llegaron a un lugar completamente callado. Tanto silencio y paz se sentía extraño, como si nunca hubiera pasado nada malo en el mundo. Finalmente se detuvo en una ancha meseta muy por encima del campo y debajo de un antiguo árbol, uno que ella reconoció inmediatamente. Ella se había sentado muchas veces antes bajo este. Él desmontó en un solo movimiento ágil, sin soltarla y llevándola con él. Cayeron rodando y tropezando sobre el pasto húmedo, y Rea perdió el aliento al caer. Se dio cuenta al caer que él podría haber caído sobre ella lastimándola seriamente, pero eligió no hacerlo. De hecho, él cayó de tal manera que suavizó la caída de ella. El caballero rodó y se puso encima de ella, atrapándola, y ella lo miró tratando con desesperación de ver su rostro. Pero estaba cubierto con la visera y solo veía ojos amenazantes por entre la rejilla del casco. Vio que el caballo también tenía un estandarte, y esta vez pudo ver bien la insignia: dos serpientes alrededor de una luna con una daga entre ellas y encerradas en un círculo de oro. Rea se agitó golpeando su armadura. Pero era inútil. Se trataba de manos frágiles golpeando un traje de metal. Daría igual que estuviera golpeando una roca. “¿Quién eres?” ordenó ella. “¿Qué quieres de mí?” No obtuvo una respuesta. En vez de eso, él la tomó con su guante y, los siguiente que supo, fue que le daba vuelta dejándola boca abajo sobre el pasto y le levantaba el vestido con la mano. Rea gritó al darse cuenta de lo que estaba por pasar. Apenas tenía diecisiete. Se había estado guardando para el hombre perfecto. No quería que pasara de esta manera. “¡No!” gritó ella. “Por favor. Todo menos eso. ¡Mátame primero!” Pero el caballero no la escuchó y ella sabía que no podría detenerlo. Rea cerró los ojos con fuerza tratando de no pensar en lo que pasaba, tratando de transportarse a otro lugar y otro tiempo, a cualquier lugar menos aquí. Recordó su pesadilla, la que había tenido antes de ser despertada, la que había estado teniendo por muchas lunas. Se dio cuenta con pavor de que esto era lo que había estado soñando. Esta misma escena. Este árbol, este pasto, esta meseta. Esta tormenta. De alguna manera lo había previsto. Rea cerró los ojos con más fuerza y trató de imaginarse que esto no estaba pasando. Trató de determinar si era peor en el sueño o en la vida real. Pronto, todo terminó. Él dejó de moverse y se quedó encima de ella, y ella estaba aturdida. Escuchó un sonido metálico, sintió que el peso dejaba de aplastarla, y se preparó esperando que ahora él la matara. Anticipó el impacto de la espada. Ella lo recibiría con alivio. “Vamos,” dijo ella. “Hazlo.” Pero para su sorpresa no escuchó el sonido de la espada, y en su lugar escuchó el suave sonido de una cadena delicada. Sintió algo frío y ligero que era colocado en su palma y ella lo miró, confundida. Miró por entre la lluvia y se sorprendió al ver que él había puesto un collar de oro en su mano, con un pendiente en forma de dos serpientes alrededor de la luna y una daga en medio. Finalmente habló sus primeras palabras. “Cuando nazca,” dijo una voz oscura y misteriosa, una voz de autoridad, “dale esto a él. Después envíalo a verme.” Escuchó al caballero subiéndose a su caballo y apenas estaba consciente al escuchar que se alejaba galopando. Los ojos de Rea se volvieron pesados. Estaba muy cansada como para moverse y se quedó bajo la lluvia. Con el corazón destrozado, sintió que un suave sueño caía sobre ella y ella se dejó llevar. Tal vez al menos ahora la pesadilla desaparecería. Antes de cerrar los ojos le dio una mirada al collar, al emblema. Lo apretó sintiendo el grosor del oro en la mano, lo suficiente como para alimentar a toda su aldea de por vida. ¿Por qué se lo había dado? ¿Por qué no la había matado? Él, había dicho. No ella. Él sabía que ella quedaría embarazada, y también sabía que sería niño. Pero ¿cómo? De repente y antes de quedarse dormida, lo recordó todo. La última parte de su sueño. Un niño. Había dado a luz a un niño. Uno nacido de furia; de violencia. Un niño destinado a ser rey.
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