Asentí con la cabeza. —Lo siento, señor, pero probablemente usted también vive aquí en la ciudad, así que ya sabe lo terrible que puede ser el tráfico y salí de mi apartamento unos diez minutos antes para combatir el tráfico, pero no había mucho y le dije a la mujer de recepción que llegaba pronto, pero aun así... Levantó la mano y me silenció: —¿Estás nerviosa? Apoyé el labio inferior entre los dientes y asentí con la cabeza mientras sentía cómo un rubor se extendía por mis mejillas pecosas. —Sí, señor. Se inclinó hacia delante y cogió unos papeles: —¿Cuántos años tienes, Daisy? —21, señor—, murmuré. Se rió ligeramente: —No creo que haya nadie menor de veinticinco años trabajando en esta empresa, así que ¿qué me dices para que cambie eso por ti? Mis ojos se abrieron de par en p

