Muchas mujeres gruñeron, pero todas sincronizaron sus relojes. Miré a mi alrededor con nerviosismo, sin tener las agallas para hablarle a Phoenix nuevamente. Le pregunté a Molly en su lugar. Le dio unas palmaditas en el hombro y se volvió hacia mí: —Uf, tengo que ir en bicicleta. Abuchea a mí y a mi gordo trasero—. Me reí entre dientes, pero me retorcí los dedos nerviosamente. —No tengo un... wah -mira.— Ella frunció. —¡Oh! ¡Puedes entrar al gimnasio y hay un casillero lleno de ellos! Entra por esas puertas dobles y luego ve a la segunda puerta a la derecha. ¡Es el cuarto de almacenamiento!— —¡Cinco minutos señoras!— Phoenix estalló. —¡Despertar!— —Oh, está bien, gracias, Molly—. Sonreí tímidamente. Ella asintió y continuó estirando las extremidades. Mientras me alejaba, pude escucha

