De repente su mano se acercó y ahuecó mi codo bueno. El fuego de su toque hizo que un grito ahogado saliera de mis labios. Me alejó de la multitud y me llevó por los jardines. Una vez en la empacadora, me soltó y me estremecí ante la sensación de vacío que dejó. Lo seguí hasta su oficina y me sonrojé cuando me abrió la puerta. Se cerró suavemente detrás de mí antes de que él la cerrara. Ahora no había ningún ruido más que el suave paso de sus pies acercándose a mí. Se detuvo a mi lado y me miró con una expresión extraña en su rostro. Casi como si estuviera desconcertado, pero... ¿enojado? —Kilua...— Suspiró, su mano llegó a sostener un lado de mi cara. Fui a morderme el labio otra vez. El corte ya se había curado a medias, así que no me irritó, pero estaba un manojo de nervios. Sus ojo

