2.

1753 Words
Algo no se sentía bien en el auto. Tal vez eran los frenos. Lo mejor sería pedirle a su padre que le diera una ojeada, solo para estar tranquila. Era un modelo ya bastante antiguo, pero Alexander siempre lo mantuvo en muy buen estado y ahora que era suyo, su padre se encargaba de darle mantenimiento y asegurarse que fuera seguro para ella y para Alexis. Sonrió ante la escena que se desplegaba frente a sus ojos, en cuanto llegó a casa de su padre. Sus hermanos, Erick y Esmeralda jugaban videojuegos en la sala. En la cocina, Maya y Alexis - cómodamente sentada en la encimera - parecían muy ocupadas preparando la cena. En cuanto le cedió el paso, Eduardo se unió con ellas en la cocina. - Hola, chicos - saludó al pasar al lado de sus hermanos. Erick era un joven de catorce años, cabello n***o que llegaba hasta la barbilla y que cubría la mitad de su rostro. Sus ojos eran de un hermoso color café. Era más bien tímido, callado y algo solitario. Por su parte, Esmeralda tenía doce años. De piel morena y cabello oscuro, profundos ojos negros almendrados. Era alegre y extrovertida, como su madre. Erick respondió el saludo de Tonya con un gesto, mientras Esmeralda le devolvía una amplia sonrisa. - ¡Vaya! Veo que están muy ocupados - - ¡Mami! - el rostro de la niña se iluminó y le tendió los brazos. - Huele delicioso. ¿Te portaste bien con Tito Eduardo? - - Sí, cocinamos - dijo ella con orgullo - Yo ayudé - - Me alegra que te divirtieras - - La cena estará lista en unos minutos - dijo Maya - ¿Te quedas? - - Por favor, mamá. Prueba mi comida - dijo la niña con un dulce puchero. - Claro que sí, no me lo perdería por nada - se volvió a Eduardo - El auto no anda bien, ¿podrías revisarlo? - - Por supuesto. Lo veré mañana temprano - - Gracias - Disfrutaron de una agradable cena, Tonya les compartió algunas anécdotas de su viaje a la hacienda de la abuela Dafne y convinieron verse el domingo en casa de Franco. De regreso a casa, a Alexis no le tomó más que unos minutos para quedarse dormida. Entró al apartamento sin encender la luz. Había vivido en ese lugar por más de diez años y lo conocía como la palma de su mano. Solo iluminó la habitación con una pequeña lámpara que se encontraba junto a la cama de la niña, la cambió la ropa por un pijama, sin que ella apenas se moviera y la arropó bien. Depositó un dulce beso en su frente y se contentó con observarla por un momento antes de pasar a su habitación y dar fin a su día. Uno de los placeres que más disfrutaba era poder dormir hasta tarde los fines de semana. Alexander y ella habían establecido una cómoda rutina: si no tenían planes dormían hasta tarde o simplemente se quedaban en la cama, disfrutando de la compañía del otro. Luego que nació Alexis, eso cambió y aunque su esposo procuraba hacerse cargo de la niña para darle unas horas más de descanso, una vez que Alexis despertaba, era difícil volver a conciliar el sueño. Pero su esposo ya no estaba a su lado y las posibilidades de disfrutar esas horas de sueño habían desaparecido. Alexis se despertaba a eso de las siete, se escurría a su habitación, saltaba a la cama y daba un entusiasta saludo de buenos días a su madre. A tientas, Tonya tomaba el control remoto, ponía el canal favorito de la niña y cerraba los ojos por un rato más, sin llegar a dormirse de nuevo. Luego de unos minutos, se obligaba a volver a la realidad y disfrutaba de contemplar a su pequeña. Cuando su barriguita comenzaba a rugir, ambas se dirigían a la cocina para preparar el desayuno. Los sábados eran días de quehaceres domésticos. Entre semana, con el trabajo y el cuido de Alexis, hacía solo unos quehaceres imprescindibles y el sábado lo tomaba con algo más de dedicación. Esa mañana, sabía que su padre no tardaría en llegar para revisar el auto, así que ambas tomaron una rápida ducha y dejó que la niña se entretuviera con sus juguetes mientras limpiaba la casa y colocaba una tanda de ropa en la lavadora. A eso de las nueve, Eduardo estacionó junto a su auto y de inmediato Alexis corrió a recibirlo. Luego de un caluroso abrazo y un dulce beso de su nieta, Eduardo se acercó a su hija. - ¿Cómo estás? - - Todo bien - dijo ella con una débil sonrisa. La miró un instante, pero algo en actitud de su hija le hizo cambiar de opinión sobre lo que iba a decir. - ¿Las llaves del auto? - - ¡Oh! - Tonya miró a su alrededor - Deben estar en mi bolso - Buscó rápidamente y se las entregó. A Eduardo le tomó un par de horas encontrar el problema y mientras iba con Alexis a comprar un repuesto, Tonya preparó algo ligero para cuando regresaran. - Tito, ¿juegas conmigo? - preguntó Alexis mientras acababan de disfrutar de un delicioso almuerzo. - No puedo quedarme, debo volver a casa, pero nos veremos mañana, ¿verdad? - aunque hablaba con la niña, su mirada estaba fija en Tonya. - ¿Iremos de paseo? - - Iremos a visitar al tío Franco - dijo Tonya a su hija. La niña dejó escapar un agudo grito de alegría. - ¡Sí, sí! - palmoteó - Quiero ver al tío Franco - - Entonces te veré mañana - dijo el hombre besando su cabello. -0- Alexis era la reina en casa de Franco y Lidia. Cada vez que estaba allí, el mundo giraba a su alrededor. La pareja no tuvo hijos por decisión propia, pero habían abierto su corazón para amar y cuidar de los hijos de Eduardo y Maya y tiempo después, de la pequeña Alexis. Ya todo el grupo estaba reunido en el patio, la parrilla encendida y las primeras piezas ya expedían un delicioso aroma. Tonya se encontraba en la cocina, terminando de preparar la ensalada cuando vio de reojo una figura pasar. - ¡Hey, chicos! - exclamó Franco - Miren lo que trajeron los reyes magos - La joven tomó el bol y se dirigió al patio. Se detuvo para mirar la causa de tanta conmoción: solo había una figura desconocida al fondo del patio, conversando con Jose y Luis. Estaba de espaldas, una espalda ancha de músculos muy bien definidos que se marcaban con cada movimiento bajo el jersey de un equipo de fútbol italiano. Sus bíceps también eran gruesos y aunque el jogger ocultaba la verdadera dimensión de sus piernas, era evidente que se trataba de un hombre que practicaba mucho ejercicio. Cuando él se volteó para tomar la bebida que Franco le ofrecía, su perfil se iluminó. Llevaba una barba corta y oscura que aunque suavizaba sus rasgos, no disimulaba la mandíbula cuadrada. Era el hombre más atractivo que había visto en su vida. Sus labios se curvaron en una semisonrisa y ella sintió un escalofrío que le recorría el cuerpo entero y los músculos de su vientre se contrajeron dolorosamente. Exhaló el aire que había contenido por unos segundos y se dirigió a la mesa de bocadillos. Luego de dejar el bol, decidió dar una mirada más atenta al desconocido. Titubeó un instante y cuando él al fin se volteó, no pudo reaccionar. Había algo vagamente familiar… pero no podía precisar… ¿Acaso se conocían de antes? El grupo de amigos era muy cerrado y se conocían de muchos años atrás. En el momento que sus ojos se encontraron, ella se paralizó. ¿Michael? ¿Era Michael? Un líquido caliente y ácido subió hasta su garganta y debió reflejarse en su rostro, porque él bajo la mirada y se volteó de nuevo a los chicos. Se acomodó a lado de su padre y fingió seguir el partido de futbol. Ocasionalmente se aseguraba que Alexis estuviera bien, aunque por momento se perdía en sus pensamientos. Tenía que hacer un gran esfuerzo para no mirarlo. Lo mejor era ignorarlo. Ella estaba enojada, muy enojada y no debía olvidarlo. No debía permitir que la sorpresa de verlo allí, en ese espacio donde se conocieron, donde compartieron tantas tardes, le hiciera olvidar cuán enfadada estaba. Avanzada la tarde, Michael se dirigió a la cocina para rellenar la hielera. Se encontraba vaciando la bolsa cuando sintió que algo tiraba de su pantalón. Se volteó sorprendido y una pequeña de dulce sonrisa le miraba con grandes ojos azul verdoso. - Hola, princesa - se inclinó hacia ella - ¿Qué sucede? - La niña señaló la alacena tras ellos. - ¿Necesitas algo? - - Galletas - murmuró con si fuera un gran secreto. - ¡Oh! Ya veo - le tendió los brazos - Ven, te ayudaré - Con una risa divertida se sujetó de su cuello y Michael la tomó en sus brazos. Con gran familiaridad, la niña abrió la alacena y sus ojos se iluminaron al ver el recipiente que tomó con algo de dificultad. Michael le ayudó a quitarle la tapa y la niña se apresuró a tomar todas las galletas que su mano le permitía. - ¿Alexis? ¿Qué estás haciendo? - La voz femenina hizo que la niña se sobresaltara. Al voltearse, ambos se encontraron con Tonya que los observaba con rostro severo. - Galletas - dijo la niña mostrando las dos que sostenía, pues la tercera ya estaba en su boca. - Te dije que no más galletas - replicó la mujer cruzándose de brazos, aunque parecía hacer un esfuerzo para no sonreír. Alexis lanzó una mirada a Michael y él la colocó con delicadeza en el piso. - Ve con Tita Maya - dijo Tonya y la niña se apresuró a salir de la cocina. Michael no estaba seguro de qué hacer. La actitud de Tonya desde que había llegado había sido bastante clara: no le alegraba verlo y no había hecho ningún movimiento para acercarse a saludar. Él tampoco lo había hecho. Más aún, lo había evitado, pero ahora, era inevitable que al menos cruzaran unas palabras. Y por la forma en que ella se había apoyado en la isla, era evidente que esperaba que fuera él quien diera el primer paso.
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