“… Y si el mendigo pide en las calles, ¿Por qué el que goza de todo no puede? Nunca abuses de quien clama por el hambre, o el siguiente en clamar lo necesitado serás tú”
Aquel extraño pasajero :
El barrio presentaba calles llenas de barro y charcos de lodo debido a la lluvia, lo que causó que varias casas quedaran sin techo y sus láminas oxidadas fueran arrastradas por el fuerte viento.
La familia Rivaldo fue una de las muchas afectadas por la lluvia. Por un momento, pensaron que sus vidas estaban en peligro y temían que su humilde casa fuera arrastrada por una corriente de agua que sacudía sus débiles paredes. La casa quedó con una piscina llena de renacuajos saltarines.
Catalina se asustó al ver cómo los renacuajos salpicaban agua hacia ella y expresó su disgusto. Su padre intentó calmarla diciéndole que eran animales indefensos. Catalina se mostró grosera con su padre y expresó su odio hacia el lugar y la situación que se presentaba en cada lluvia. No quería que sus amigos de la universidad vieran su miserable vivienda.
Ante la reacción de su hija, el padre le pidió que se calmara y le recordó todo lo que hacían por darle lo mejor. La madre también estaba cansada y le pidió ayuda a Catalina, pero ella se negó y se marchó del lugar, insultándolos.
Los padres, ancianos ya, no podían soportar el peso emocional que la hija les imponía con sus palabras hirientes. Además, su situación económica era difícil, con alimentos cada vez más caros y un ingreso limitado. Ver marchar triste a su hija los hacía derramar lágrimas.
Elena se arrepentía de no haberle dado una lección a su hija y se sentía como una mala madre. A pesar de las dificultades, ella era una mujer fuerte y nunca se rendía. Realizaba trabajos de lavado o venta de comida para subsistir, aunque su hija siempre la menospreciara. Aunque no sabía leer ni escribir, Elena tenía conocimientos de matemáticas.
-No digas eso, mi amada esposa. Nuestra hija es rebelde y nos menosprecia por ser pobres, pero sigue siendo nuestra hija. Tengo la esperanza de que pronto cambie. Eres la mujer más valiente que he conocido y te amo, Elena. No dejemos que su falta de conciencia nos afecte emocionalmente -dijo el esposo con una sonrisa, abrazándola y dándole un beso en las mejillas ya secas.
Amadeo era un hombre muy trabajador, recolectando cartón, botellas y otros materiales para ganarse un modesto salario. Aunque no ganaba mucho, se sentía feliz de poder brindar a su esposa e hija la posibilidad de irse a la cama con algo en el estómago. A pesar de los malos modales y las decepciones de su hija, él siempre la amaba y creía que su comportamiento era solo una etapa de la adolescencia, confiando en que pronto cambiaría.
Después del abrazo, ambos se pusieron manos a la obra para sacar el agua de su hogar, mientras Catalina caminaba sin rumbo fijo por las calles, observando de manera despectiva a las personas que, al igual que sus padres, limpiaban sus casas inundadas.
-¡Qué horror! -pensó Catalina en su mente.
Horas más tarde, después de haber sacado toda el agua, Elena y Amadeo estaban terminando de cenar, preocupados por su hija que no había regresado desde que se fue sin decir hacia dónde iba.
-Voy a recoger los platos -dijo Amadeo y, mientras lo hacía, alguien tocó la puerta.
-¡Ya voy! -gritó Elena.
Mientras se levantaba de la mesa, llevando un trapo sucio en sus manos para limpiar sus dudosas heridas por el trabajo, el trapo cayó al suelo. Al agacharse para recogerlo, abrió la puerta justo cuando su hija la miraba sorprendida desde el exterior, con tanta decepción que deseaba no haber estado nunca en su vientre.
-Yo no tengo madre, solo tengo a una trapeadora de pisos -le dijo groseramente.
En ese momento, Elena se levantó y le dio una fuerte bofetada.
-Me respetas, Catalina -le dijo su madre con calma.
-Nunca me habías golpeado. ¡Te odio! ¡Te odio, mamá! ¡Te odio! -le gritó enfurecida.
Llorando, Corrió hasta su habitación, gritando que odiaba ser pobre. Su padre acariciaba a su amada Elena, quien lloraba de dolor por el momento desagradable que había pasado, ya que nunca había pegado a su hija. "Perdón, perdón Amadeo, yo no quería, no quería golpearla", le decía. Su esposo le dijo que no se preocupara, que al día siguiente sería otro día y que tal vez todo estuviera más tranquilo, dejando el incómodo momento atrás.
Al día siguiente, los tres desayunaban arepas de huevo. Catalina no quería comer y un silencio pesado reinaba en la mesa debido a lo ocurrido la noche anterior. Parecía que nada se había olvidado, a pesar de las palabras de Amadeo. Los ojos furiosos de su hija eran la evidencia de eso. La señora Elena quería romper el silencio con algunas palabras, pero no fue ella quien lo rompió, sino alguien que tocó la puerta, dando siete golpes suaves.
-¿Quién será? -se preguntó Amadeo al escuchar los siete golpes.
-Yo voy -dijo Catalina sin ganas y se levantó de la mesa.
Al abrir la puerta, se asustó y miró cuidadosamente al mendigo que, con una cesta en la mano, le pedía pan.
-Mi estómago clama por alimento, mi estómago ruge -le dijo de manera educada.
El hombre tenía el cabello largo, una gran barba que cubría sus mejillas, vestía de n***o con botas de cuero y tenía un sombrero gigante que parecía una sombrilla para cinco personas.
-Nosotros no damos limosnas, por favor señor, lárguese, vaya a pedir a otro lugar -le dijo Catalina mirándolo con desprecio.
El hombre la miró fijamente a los ojos sin parpadear. Catalina sintió escalofríos y una extraña sensación en su cuerpo, que le hizo perder el equilibrio frente a ese individuo al que ella consideraba un pobre vagabundo.
-¿No me ha oído señor? ¿No me escuchó? -le preguntó valientemente, ignorando la extraña sensación.
-¡Lárguese! -le gritó con fuerza, empujándolo y haciéndolo caer al suelo.
-Vendré por ti y por tu familia y los arrastraré a mi mundo -le dijo con una voz escalofriante mientras se levantaba y se marchaba.
Ignorando las palabras del extraño, Catalina cerró la puerta y volvió a sentarse para desayunar. Sus padres no se enteraron de lo que había sucedido con el hombre, solo escucharon un golpe que resonó en el suelo.
-¡Esto es una porquería! -les gritó Catalina después de probar un bocado y arrojó el plato al suelo.
-¡Ya basta, hija! ¡A nosotros nos respetas! -le gritó su padre enfadado.
Al no saber qué decir, Catalina corrió enfadada hacia su habitación, gritando que odiaba el lugar en el que se encontraba. Al despertarse al día siguiente, luego de un profundo sueño, escuchó llantos y gritos provenientes de la sala. Al ver a su padre llorando con su madre entre sus brazos, se tiró al suelo en estado de shock, sin creer lo que veía: de la noche a la mañana, Elena había fallecido.
Después de enterrar a su madre de manera repentina y extraña, Catalina permanecía en silencio en su habitación, pensando en la manera en que había tratado mal a quien le había dado la vida. Amadeo no paraba de llorar, y desde entonces no volvió a dirigirle la palabra a su hija.
A la mañana siguiente, cansada por tanto llorar por la triste partida de su madre, Catalina se dirigió a la cocina a buscar un poco de agua para calmar su sed. En ese momento, alguien llamó a la puerta. Sin imaginar quién podía ser, se acercó y al abrir la puerta, se encontró con el hombre que le había pedido pan.
-Siete veces y contando -le dijo el hombre con una sonrisa.
Sorprendida por sus palabras, Catalina cerró la puerta con fuerza, asustada. Al abrirla nuevamente para comprobar si el hombre seguía allí, se llenó de miedo al darse cuenta de que no había nadie. "¡Papá! ¡Papá!", gritaba angustiada. Preocupada, decidió ir al cuarto de su padre, y lo encontró tendido en el suelo, rodeado de su propia sangre.
-¡No! ¡Papá! ¡Papá! ¡Papito! -lloraba mientras se abrazaba a él.
Después de enterrar a su padre, Catalina, atemorizada de estar sola en casa, lloraba como nunca antes a quien había despreciado. Viejos recuerdos le arrancaron una sonrisa, recordando las veces que su padre la llevaba a un parque cuando era niña. Mientras se secaba las lágrimas, volvieron a llamar a la puerta.
-Toc-toc -sonaba el golpeteo.
Temblando, se acercó lentamente a la puerta y la abrió suavemente, encontrándose nuevamente con el extraño hombre.
-¡No! -gritó y, en ese momento, despertó. Todo había sido solo un sueño que tuvo cuando se enfadó y corrió a su habitación después de que su padre le gritara.
Desesperada, corrió y abrazó a sus padres, pidiéndoles perdón. Ellos se miraron, sin entender la reacción de su hija. Se llenaron de alegría y nostalgia al verla emocionada mientras les ayudaba a preparar la masa para las arepas que ella una vez había tirado al suelo. En ese instante, volvieron a llamar a la puerta, y Catalina, recordando su pesadilla, le pidió a su madre que le diera unas arepas a quien la tocaba, sin tener idea de quién era. Creyendo que era el mendigo de su sueño, Catalina estaba emocionada y no quería que todo se repitiera. Cuando su madre abrió la puerta, le entregó a la persona un plato con siete arepas. Luego, se sentó y su hija preguntó: "¿El señor se puso feliz?". Su madre respondió: "¿Qué señor?". Catalina, asustada, preguntó: "¿Quién tocó la puerta?". "El hijo de la vecina. Me llena de alegría ese gesto que tuviste. Estoy orgullosa de ti, hija", contestó la señora Elena.
-¿Qué? -expresó Catalina sorprendida.
-Toc-toc -volvieron a tocar la puerta.
Catalina se levantó y caminó lentamente hacia la puerta. Al abrirla, vio al extraño pasajero de nuevo.