Jamás pensé que Miami pudiera ser tan inmenso y agotador. Había pasado toda la mañana recorriendo calles, respirando un aire mezclado entre el mar y el humo de los autos, preguntando en oficinas y academias si buscaban personal. Nada me detenía. Yo tenía que sobrevivir. Una hora después, en mi andar casi sin rumbo, me encontré con una escuela de artes. Sus paredes blancas estaban llenas de carteles de música, canto, ballet y baile contemporáneo. Al bajar las escaleras, un anuncio me robó el aliento: "Concurso de baile. Primer lugar: 100,000 dólares. Segundo lugar: 50,000. Tercer lugar: 25,000." Sentí que la sangre me hervía. —Esto es para mí —susurré. Entré con paso firme y pedí hablar con la directora. Una mujer seria, con lentes redondos y un moño ajustado, me recibió. —Las clases

