La sala de espera del hospital olía a desinfectante y desesperación. El tic-tac del maldito reloj en la pared me taladraba la cabeza mientras veía a Amalia caminar de un lado a otro, con los brazos cruzados y los ojos hinchados de tanto llorar. Yo estaba sentado, tamborileando los dedos en la rodilla, tratando de mantener la calma, pero por dentro me estaba comiendo vivo. —Explícame una cosa, Amalia —dije al fin, con la voz ronca de tanto callarme—. ¿Cómo carajo que Kendra se fue? ¿A dónde coño se marchó? Ella me lanzó una mirada que quemaba más que un sol de verano. —¿Y tú crees que te lo voy a decir, Osvaldo? —me respondió con el veneno en la lengua—. No te lo mereces. Me puse de pie de golpe, sintiendo la sangre hervir en las venas. —¡Coñazo, Amalia! No me jodas con ese jueguito. Y

