Esa misma noche en el club, ya estaba en el camerino con mi amiga de la barra. Llegamos súper temprano para poder hablar con Ismael sobre lo que había pasado con Osvaldo. Mientras esperaba, empecé a arreglarme; no podía perder el tiempo. Salí a buscarlo a su oficina y, al empujar la puerta sin tocar, me llevé una sorpresa que casi me deja sin aire: Ismael estaba de pie, de frente a su escritorio, con los pantalones a medio bajar, y un tipo moreno, fuerte y robusto, dándole por atrás sin pudor alguno. Salí de ahí como pude, temblando, con el corazón a mil. Jamás pensé que a Ismael, con todo su carácter y fama de hombre rudo, le gustaran los hombres. Me encerré en el camerino de la impresión, intentando asimilar lo que había visto. No habían pasado ni treinta minutos cuando Ismael entró d

