Al día siguiente, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Amalia entró radiante, con esa sonrisa boba que solo el amor podía dibujarle. Se notaba que había pasado la noche entre brazos y besos de Robert; su pelo aún olía a sal y a pasión. —Ken… —llamó suavemente, dejando la maleta a un lado—. ¿Dónde estás? No hubo respuesta. Caminó despacio hasta la terraza privada de la suite y allí la encontró: Kendra, hundida en la piscina, con los ojos rojos, el maquillaje corrido y el cuerpo temblando. El agua no era agua, era un mar de lágrimas. Amalia se quedó helada. Dio un par de pasos apresurados y se arrodilló en la orilla. —¡Kendra! Por Dios, ¿qué te pasó? Ella levantó la vista, y lo único que salió de su garganta fue un sollozo roto. —Mali… —susurró, con la voz hecha trizas—. No pu

