El Encuentro del Poder

996 Words
El Encuentro del Poder La noche de Vancouver estaba teñida de luces doradas y neón, y el penthouse de Osvaldo Lombardi se erguía como un faro de lujo sobre la ciudad. Los invitados llegaban, impecables y brillantes, pero ninguno de ellos importaba realmente. Osvaldo solo tenía ojos para una persona: Kendra Rodríguez. Cuando ella entró, el murmullo de la sala se apagó ante su presencia. El vestido n***o de lentejuelas abrazaba su figura con audacia, y sus ojos ámbar brillaban con desafío. Cada paso que daba sobre la alfombra persa era un recordatorio silencioso de que no era fácil de domar. Osvaldo la observaba desde el otro extremo de la sala, apoyado contra la barandilla de cristal de su penthouse. La música de jazz suave envolvía el ambiente, pero para él, solo existía la tensión que emanaba Kendra. —Llegaste —dijo, con voz profunda, mientras se acercaba con pasos calculados. Kendra cruzó los brazos, levantando una ceja. —¿Tú eres Lombardi? —preguntó, fría, evaluando cada movimiento suyo. Él sonrió, con la seguridad que solo alguien que controla todo puede mostrar. —Sí. Y tú eres la bailarina que todos llaman peligrosa. Parece que la realidad supera los rumores. Kendra mantuvo la mirada firme. —Solo soy yo misma. No me interesa que nadie me controle. Osvaldo se acercó un poco más, y su aroma a madera y cuero mezclado con un toque de colonia masculina la hizo tensarse. —Me gusta eso. —Su voz era casi un susurro, pero llenaba la distancia entre ellos—. Pero debo advertirte: en mi mundo, la libertad tiene un precio. Kendra no retrocedió. —He pagado precios más altos antes. No me intimidas. Una sonrisa ladeada apareció en el rostro de Osvaldo. —Eso espero… porque este fin de semana solo será el comienzo. Mientras los invitados seguían charlando, él y Kendra permanecieron en un duelo silencioso de miradas y tensión. La música, los copas de champaña y los murmullos parecían desaparecer alrededor de ellos. Solo existían el desafío de ella y la obsesión de él. —Quiero ver cómo manejas el control —dijo Osvaldo, acercándose aún más, y Kendra sintió un escalofrío que no era de miedo—. La noche es larga, y mis reglas son simples: quien juega conmigo, aprende rápido. Kendra giró sobre sus tacones, dejando escapar una risita contenida. —Entonces asegúrate de que sea un juego digno. El ambiente se cargó de electricidad, un choque de voluntades donde ninguno estaba dispuesto a ceder. Osvaldo percibió la fuerza de ella, la rebeldía que otros jamás se atreverían a desafiar. Kendra comprendió que, frente a él, la noche no sería solo una velada, sino un campo de batalla silencioso donde ambos medían su poder. Mientras la velada continuaba, cada movimiento, cada mirada y cada palabra eran un recordatorio: ni ella ni él serían fáciles de poseer. Y eso los hacía peligrosamente irresistibles. Juego de Voluntades La noche continuaba en el penthouse de Osvaldo Lombardi. Las luces de la ciudad parpadeaban a través de los ventanales, y la música de jazz seguía flotando en el aire como un velo elegante que apenas lograba ocultar la electricidad que corría entre ellos. Kendra se movía entre los invitados con gracia, pero cada mirada, cada gesto, estaba calculado. Sabía que Osvaldo la observaba y sentía el peso de su atención sobre ella, como si cada respiración que tomara estuviera siendo medida. Él, por su parte, no podía disimular el interés voraz que le provocaba la forma en que ella dominaba la sala sin esfuerzo. Cada paso de Kendra, cada sonrisa sutil que lanzaba a los demás invitados, era un recordatorio de que la quería para sí mismo, pero no estaba dispuesto a ceder ni un centímetro de control. —Me alegra verte aquí —dijo Osvaldo, apareciendo a su lado sin que ella lo notara. Su voz era un murmullo cargado de intención. Kendra giró, encontrando su mirada intensa y penetrante. —¿De verdad? Porque yo diría que todo esto es un juego para ti. —Puede que sí —admitió él, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—, pero también puedo ser muy persuasivo cuando quiero algo. Ella arqueó una ceja, sin dejarse intimidar. —Si quieres algo, tendrás que ganártelo. Eso provocó una chispa en Osvaldo, un desafío que solo alimentaba su obsesión. Sin apartar la vista de ella, se inclinó ligeramente, acercando su rostro al suyo. —Me gustan los desafíos —susurró—. Y tú, Kendra, eres el más interesante que he tenido frente a mí en años. Kendra sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero mantuvo la compostura. —Entonces prepárate para perder. Él sonrió, aceptando el reto implícito. La tensión entre ellos era casi tangible, una danza silenciosa donde ninguno cedía, pero ambos se atraían irremediablemente. En ese momento, Osvaldo extendió la mano y la invitó a un baile, no en el escenario ni ante los invitados, sino allí mismo, entre susurros y miradas, donde la distancia se convertía en intimidad. Kendra dudó solo un instante antes de tomar su mano, consciente de que cada movimiento estaba cargado de riesgos. Mientras se movían al ritmo suave del jazz, sus cuerpos se rozaban sutilmente, midiendo fuerzas, marcando territorio sin palabras. —Eres más fuerte de lo que imaginé —murmuró Osvaldo, apenas rozando sus labios contra su oído. —Y tú eres más peligroso de lo que aparentas —respondió Kendra, con un tono que mezclaba desafío y curiosidad. El baile terminó sin que ninguno de los dos cediera del todo, pero con la certeza de que ese juego apenas comenzaba. La noche se extendía ante ellos como un tablero en el que cada mirada, cada palabra y cada roce eran movimientos estratégicos. Y aunque aún no lo admitieran, ambos sabían que ese encuentro no sería el último. La atracción, la obsesión y el deseo de poder estaban encendiendo una llama imposible de ignorar.
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