Adeline llevaba casi una hora esperando en la recepción de la empresa de su padre, un espacioso vestíbulo donde los pisos de mármol refulgían con la luz que entraba por los enormes ventanales, y el eco de pasos y murmullos de ejecutivos apresurados daba la sensación de un lugar siempre al borde del ajetreo. Sentada en uno de los elegantes sillones de cuero, con el bolso sobre su regazo, Adeline no podía evitar mirar una y otra vez el reloj de pared, observando impaciente cómo los minutos transcurrían sin que nadie viniera a buscarla ni le diera noticias de su padre. El tiempo se le hacía interminable. Había acudido allí con un único propósito y ese era agradecerle que hubiera cubierto los gastos del hospital e informarle que los médicos ya habían iniciado el tratamient

