La sensación de que su padre la consideraba la mala de la historia era un trago amargo, casi insoportable. En su fuero interno, entendía que no había nada más que explicar; aquel hombre había cerrado su corazón a cualquier posibilidad de reconciliación. Era un dardo directo al corazón, un golpe bajo que pretendía anularla por completo, y Adeline lo sentía palpitar como un moretón fresco en su autoestima. El nudo que se formaba en su garganta se hacía más grande a cada segundo, tensando su mandíbula con furia y conteniendo unas lágrimas que se negaba a soltar allí, a la vista del señor que tenía al frente. Para ella, resultaba casi inconcebible que un hombre al que había llamado “papá” tuviera tan poca confianza en su palabra, a tal grado de preferir creer ciegamente en

