Isabel guardó silencio, mientras sus manos descansaban sobre la sábana, procesando la revelación que su hija acababa de compartir. Sus ojos, que siempre parecían tener un brillo cálido incluso en los momentos más difíciles, se desviaron hacia la ventana. No es que estuviera en contra de lo que había hecho Adeline, solo se sentía sumamente culpable por los sacrificios que su hija hizo por ella, arriesgó su felicidad, su libertad, todo por salvar su vida. Para Adeline, los segundos que siguieron se sintieron eternos, cada instante de ese silencio parecía prolongar la duda y el miedo que se acumulaban en su pecho, como si el peso de la decisión que había tomado estuviera siendo juzgado por alguien que siempre había sido su ancla emocional. Su respiración se tornó más lenta,

