La noche se arrastraba con una lentitud cruel, convirtiéndose en un enemigo silencioso para Adeline, cada rincón del apartamento parecía conspirar contra ella, amplificando su soledad y ansiedad. El tictac del reloj era un martilleo constante, un recordatorio despiadado del tiempo que se escapaba entre sus dedos, las sombras que las farolas proyectaban sobre las paredes danzaban con una intención casi burlona, como si se deleitaran en su sufrimiento. Se revolvía en la cama, las sábanas enredándose a su alrededor como una trampa que la retenía, atrapándola en su tormento, sus ojos, enrojecidos y ardientes, se fijaban en el techo mientras su mente le jugaba una cruel repetición de las palabras del doctor: "Necesitamos comenzar el tratamiento lo antes posible." El nudo en su estómago se ha

